Nicholas.
La música del salón de baile se filtraba a través de los cristales del balcón, amortiguada, sonando como un eco de una vida lejana.
Dentro, la nobleza de Cressedent y Esdaney bebía champaña, celebraba nuestra unión y especulaba sobre el futuro. Fuera, en la penumbra de la terraza de piedra, el futuro acababa de escupirnos en la cara.
Sostuve el pergamino en mis manos. El papel era grueso, de una textura que no se fabricaba en nuestro continente, y olía a especias quemadas y hierro.
—El Este —murmuré, sintiendo cómo la palabra dejaba un sabor amargo en mi lengua—. Se suponía que eran leyendas. Cuentos para asustar a los niños en la frontera.
—Los cuentos no envían mensajeros muertos, Nick —dijo Anahía. Su voz era tranquila, pero tenía ese filo de acero que yo había aprendido a amar y a temer a partes iguales.
Ella estaba parada junto al cuerpo inerte del mensajero. No había retrocedido. Al contrario, se había agachado, sin importarle que el dobladillo de su inmaculado vestido de novia se manchara con la sangre negra que brotaba de la boca del hombre.
—Mira esto —señaló ella, apartando el cuello de la camisa del cadáver.
Me agaché a su lado, ignorando el crujido de mis rodillas y el dolor fantasma en mi espalda recién curada.
En la piel pálida del hombre, justo sobre la yugular, había un tatuaje: una serpiente devorando su propia cola. El Ouroboros.
—El Imperio de Osha —reconoció Breiden, que permanecía de pie vigilando la puerta, con la mano en la empuñadura de su espada—. Se dice que adoran a dioses antiguos. Dioses que exigen sangre para mantener el sol girando.
—La deuda de sangre sigue vigente—recité las palabras del mensaje—. ¿Qué deuda? Mi padre era un monstruo, pero sus guerras fueron contra el Sur y el Oeste. Nunca cruzó el Desierto de Sal.
—Quizás no fue tu padre —dijo Ana, poniéndose de pie y limpiándose las manos con un pañuelo de seda—. Quizás la deuda es más antigua. O quizás es solo una excusa para invadirnos ahora que creen que somos débiles por el cambio de corona.
Me incorporé y la miré. La luz de la luna se reflejaba en su corona de platino y rubíes. Se veía hermosa, etérea y absolutamente letal.
—¿Débiles? —solté una risa seca—. No tienen idea.
—Exacto. —Ana me miró a los ojos, y vi el engranaje de su mente estratega girando—. No podemos dejar que nadie vea esto. Si la corte se entera de que tenemos una amenaza de invasión la misma noche de nuestra boda, el pánico desestabilizará el reino antes de que podamos organizar las defensas.
—Breiden —ordené, asumiendo mi papel de Rey, dejando atrás al novio—. Deshazte del cuerpo. Que parezca que se emborrachó y cayó por las escaleras de servicio, o entiérralo donde nadie lo encuentre. Prefiero lo segundo.
—Consideradlo hecho, Majestad. ¿Y el pergamino?
—Ese me lo quedo yo —dijo Ana, arrebatándomelo suavemente de las manos—. Lo estudiaremos esta noche.
—¿Esta noche? —alcé una ceja—. Señora mía, técnicamente es nuestra noche de bodas. Se supone que debemos estar consumando el matrimonio, no planificando una guerra.
Ana se acercó a mí, acortando la distancia hasta que nuestros cuerpos se tocaron. Puso una mano en mi pecho, justo sobre mi corazón acelerado.
—Somos reyes, Nicholas. Multitarea es nuestro segundo nombre.
Se giró hacia el salón de baile, donde la música acababa de cambiar a un vals lento.
—Ahora, límpiate esa cara de preocupación. Vamos a entrar ahí, vamos a bailar una última pieza, vamos a sonreír hasta que nos duelan las mejillas y luego nos retiraremos a nuestra alcoba.
—Como desees, mi Reina.
Le ofrecí mi brazo. Ella lo tomó con fuerza.
Volvimos a entrar en la luz, dejando la oscuridad y la muerte cerradas en el balcón. Pero ambos sabíamos que la oscuridad siempre encuentra una manera de entrar.
Editado: 01.02.2026