Corona de Sangre

DOS.

Anahía.

En cuanto los guardias cerraron las puertas dobles de la Suite Real, el silencio cayó sobre nosotros como una manta pesada.

La habitación era obscenamente lujosa. Había pétalos de rosa esparcidos por el suelo, velas aromáticas encendidas en cada superficie y una botella de vino helado esperando junto a la cama con dosel.

Nicholas soltó un suspiro largo y se quitó la capa de armiño, lanzándola sin miramientos sobre un sillón.

—Odio esa cosa. Pesa más que mi conciencia.

Me quité la corona con cuidado y la dejé sobre la mesa de noche. Luego, me di la vuelta para que él pudiera desabrochar los infinitos botones de mi vestido.

Sentí sus dedos cálidos rozar mi piel, enviando escalofríos por mi columna vertebral. Pero no era el momento para la suavidad.

—Tenemos que llamar a Adal y a Marco mañana al amanecer —dije, mientras el vestido se deslizaba hasta el suelo, dejándome en mi ropa interior de encaje blanco—. Necesitamos saber el estado real de las tropas en la frontera Este.

Nicholas apoyó su frente contra mi hombro desnudo, sus manos descansando en mi cintura.

—Ana… —murmuró, su aliento caliente contra mi cuello—. Acabamos de casarnos. ¿Podemos, por favor, tener cinco minutos sin hablar de tropas, muerte o imperios enemigos?

Me giré entre sus brazos y rodeé su cuello con mis manos.

—Tenemos toda la vida para la paz, Nick. Pero si no resolvemos esto, nuestra vida podría ser muy corta.

Él me miró, sus ojos verdes oscureciéndose con una mezcla de deseo y frustración.

—Eres imposible.

—Soy lo que necesitas.

Nicholas gruñó y me besó. No fue un beso dulce. Fue un beso hambriento, desesperado, cargado de adrenalina y miedo reprimido. Me levantó en vilo, y yo enrosqué mis piernas alrededor de su cintura.

Caminó hacia la cama, pero en lugar de depositarme sobre las sábanas de seda, me sentó sobre el escritorio de caoba, empujando a un lado una pila de libros que cayeron al suelo con un estruendo.

—Bien —jadeó, besando mi mandíbula, mi cuello, bajando hacia mi escote—. Hablemos de estrategia.

Sacó el pergamino del Imperio de Osha de mi mano que ni siquiera me había dado cuenta de que aún lo sostenía, y lo extendió sobre el escritorio, a mi lado.

—Ellos vienen del Este —dijo, su voz ronca mientras sus manos subían por mis muslos haciéndome jadear—. Tienen que cruzar el Desierto de Sal. Eso les tomará al menos dos semanas.

—Tres, si movemos los pozos de agua —gemí cuando él mordió suavemente el lóbulo de mi oreja—. Si envenenamos los oasis exteriores… ganaremos tiempo.

Nicholas se detuvo un segundo, mirándome con una sonrisa depredadora.

—Dioses, eres terrorífica cuando planeas asesinatos masivos. Me encantas.

Volvió a besarme, y esta vez, la guerra quedó en segundo plano.

La noche se convirtió en una mezcla extraña y embriagadora de pasión y política.

Entre caricias y jadeos, trazamos líneas de defensa en el aire. Entre el placer y el sudor, decidimos qué generales eran leales y cuáles debían ser vigilados.

Hicimos el amor como si fuera la última vez, con la urgencia de dos personas que saben que la muerte está llamando a la puerta.

—Mío —le susurré, clavando mis uñas en su espalda, teniendo cuidado con sus cicatrices recientes.

—Tuyo —respondió él, colapsando sobre mí.

Cuando el sol del amanecer iluminó la habitación, la realidad regresó.

Estábamos enredados en las sábanas, rodeados de mapas que Nicholas había sacado de un cajón en algún momento de la madrugada.

Alguien llamó a la puerta con insistencia.

—¡Majestades! —era la voz de Gendry. Sonaba alarmado.

Nicholas abrió un ojo y gruñó.

—Si no es un incendio, dile que se vaya.

—Gendry no grita a menos que sea grave —dije, sentándome y cubriéndome con la sábana.

—¡Adelante! —gritó Nicholas.

La puerta se abrió. Gendry entró, seguido por Adal. Ambos se detuvieron en seco al ver el estado de la habitación: ropa tirada, mapas sobre la cama, la botella de vino volcada.

Adal se cubrió los ojos dramáticamente.

—Por los dioses, un poco de decoro. Soy tu hermano, Ana.

—Supéralo, Adal —dije, sin inmutarme—. ¿Qué pasa?

Adal bajó la mano, su rostro se puso serio.

—Un explorador acaba de llegar. Dice que ha visto humo en el horizonte Este. Mucho humo.

Nicholas se levantó de la cama, desnudo de la cintura para arriba, y caminó hacia el mapa que habíamos dejado sobre el escritorio. Su postura cambió instantáneamente de amante a rey.

—No es humo de campamento —dijo Nicholas, mirando el punto que marcaba la frontera—. Es humo de destrucción. Ya están aquí.



#2323 en Fantasía
#2728 en Otros
#508 en Acción

En el texto hay: romace, guerra

Editado: 22.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.