Corona de Sangre

TRES.

Anahía.

El castillo de Cressedent, que horas antes vibraba con música y risas, ahora se sentía como una bestia despertando de un sueño pesado.

Caminábamos por los pasillos de piedra hacia el Ala Oeste, donde se ubicaba la Sala de Estrategia. Yo había cambiado mi bata de seda por unos pantalones de montar de cuero negro y una camisa blanca sencilla, lo primero que encontré en el baúl de Nicholas. Él llevaba su uniforme militar, aunque sin las medallas ceremoniales.

—Gendry —llamó Nicholas sin detener el paso—, quiero que las puertas de la ciudad se cierren. Nadie entra, nadie sale. Di que es una medida de seguridad por la presencia de tantos nobles extranjeros. No quiero que el pánico se extienda antes de tiempo.

—Entendido, Majestad —el consejero tomaba notas frenéticamente en una libreta mientras trotaba para seguirnos el ritmo—. ¿Y los invitados de la boda?

—Que sigan bebiendo —ordené yo, ajustándome el cinturón—. Mientras tengan vino, no harán preguntas. Si alguien indaga, diles que los Reyes están… exhaustos celebrando su unión.

Gendry se puso rojo, pero asintió y se desvió hacia otro pasillo.

Al llegar a las puertas dobles de la Sala de Estrategia, los guardias golpearon sus lanzas contra el suelo y abrieron el paso.

El interior olía a tabaco rancio y pergamino viejo. Una inmensa mesa de madera ocupaba el centro, tallada con la topografía de todo el continente.

Adal ya estaba allí, junto con Marco y Breiden. Pero también estaban tres generales de Cressedent que habían sobrevivido a la purga de Nicholas: el General de Infantería Kael, el Almirante Varos y la Comandante de defensa aérea y tecnología Rina.

Todos se giraron cuando entramos. Hubo una pausa incómoda. Sus ojos pasaron de Nicholas a mí, evaluando mi ropa masculina y mi presencia en un lugar que, tradicionalmente en Cressedent, estaba reservado para hombres.

—Majestades —saludó el General Kael, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la nariz, con una reverencia rígida—. Hemos recibido informes confusos. Se habla de humo en el Este. Supongo que son bandidos aprovechando la fiesta.

Nicholas caminó hasta la cabecera de la mesa, apoyando las manos sobre el mapa.

—No son bandidos, Kael. Es una invasión.

Un murmullo recorrió la sala.

—Con todo respeto, señor —intervino la Comandante Rina—, nuestros sensores en la frontera no detectaron movimiento de tropas masivas. Si fuera una invasión, las alarmas habrían sonado.

—Sus sensores buscan metal y calor de motores—dije, acercándome a la mesa y parándome justo al lado de Nicholas—. El Imperio de Osha no usa tanques. No al principio.

Kael me miró con condescendencia.

—Reina Anahía. Entiendo que en Esdaney las historias de fantasmas sean populares, pero aquí nos basamos en hechos. Osha es un mito de salvajes al otro lado del desierto. No tienen la logística para cruzar el Desierto de Sal.

Sentí la ira burbujear, pero la mantuve fría. Nicholas abrió la boca para defenderme, pero le puse una mano en el brazo, deteniéndolo. Yo puedo con esto.

Saqué el pergamino arrugado de mi bolsillo y lo lancé sobre el mapa, justo encima de las tierras del Este.

—El hecho, General, es que un mensajero muerto llegó a mi balcón anoche con esto. Y el hecho es que el humo que ven no es de fogatas. Es de las aldeas fronterizas ardiendo.

Kael tomó el pergamino, leyó la amenaza y frunció el ceño, pero no parecía convencido.

—Un mensaje no es un ejército. Quizás sea una broma de mal gusto de algún rival político.

—Adal —llamé a mi hermano.

Adal dio un paso al frente. Su rostro estaba pálido.

—Mis exploradores de Esdaney, los que dejé en la retaguardia para vigilar el perímetro, enviaron una paloma hace una hora. No hay contacto con el Puesto de Vigilancia 4. Ni con el 5.

—¿Silencio de radio? —preguntó Rina, preocupada.

—No —respondió Adal, con la voz quebrada—. Silencio de vida. Encontraron a los guardias… o lo que quedaba de ellos. Desollados. Y clavados en estacas mirando hacia el Oeste. Hacia nosotros.

El silencio que cayó en la sala fue absoluto. El horror se instaló en los rostros de los generales de Cressedent.

—Desollados…—murmuró Varos, santiguándose.

—Es su firma —dije, aprovechando el impacto—. Osha busca el miedo antes que la conquista. Quieren que entremos en pánico. Quieren que enviemos a nuestras legiones de forma desordenada para que mueran de sed en el desierto antes de siquiera verles la cara.

Tomé una daga que estaba sobre la mesa y la clavé con fuerza en el mapa, justo en un paso estrecho entre dos cadenas montañosas rocosas, antes de llegar al gran desierto.

—La Garganta del Diablo—dije—. Es el único lugar donde pueden conseguir agua dulce después de cruzar la primera parte del desierto. Si controlamos esto, controlamos su avance.

—Eso está a dos días de marcha forzada —objetó Kael, mirando el mapa—. Y es territorio neutral.



#2323 en Fantasía
#2728 en Otros
#508 en Acción

En el texto hay: romace, guerra

Editado: 22.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.