Corona de Sangre

CUATRO.

Nicholas.

El patio de armas era un caos organizado de metal y gritos.

El rugido de los motores de los tanques Titan de Cressedent hacía vibrar el suelo bajo mis botas, compitiendo con el relinchar nervioso de los caballos de pura sangre de la caballería de Esdaney. Era una imagen extraña: la tecnología punta de mi reino mezclándose con la tradición guerrera del reino de mi esposa.

—El convoy está listo, Majestad —informó el General Kael, gritando para hacerse oír sobre el ruido—. Los drones de avanzada ya están en el aire. Llegaremos a la Garganta del Diablo en tres horas si mantenemos este ritmo.

Asentí, ajustándome los guantes tácticos.

—Mantenga a los tanques en la vanguardia, pero deje espacio en los flancos para los jinetes de Adal. No quiero que sus orugas aplasten a nuestros aliados.

—Entendido.

Kael se alejó, y yo me giré buscando a Ana.

La encontré cerca de los establos improvisados, y por un segundo, se me olvidó respirar.

La mujer que había bailado conmigo en seda blanca hacía apenas unas horas había desaparecido. En su lugar estaba una guerrera que parecía nacida de las sombras. Llevaba una armadura ligera de cuero negro reforzado, con el emblema de Cressedent y el de Esdaney entrelazados en el pecho en hilo de plata. Su cabello estaba trenzado apretado contra su cráneo, y en su espalda cargaba un carcaj lleno de flechas negras y su arco recurvo.

Estaba revisando la montura de un caballo negro inmenso, sus manos moviéndose con una destreza que ningún noble de mi corte poseía.

Caminé hacia ella, ignorando el pinchazo agudo en mi espalda que me recordaba que, aunque me sintiera invencible al mirarla, mi cuerpo seguía roto.

—Te ves… letal —dije cuando llegué a su lado.

Ana se giró, y sus ojos azules, delineados con kohl negro para evitar el reflejo del sol, me escanearon.

—Y tú te ves pálido, Nick.

No era una crítica. Era una observación clínica. Ella sabía mejor que nadie el estado de mi espalda.

—Estoy bien —mentí por inercia.

—Sube al transporte blindado —ordenó ella, ignorando mi mentira—. Yo iré a caballo con Adal hasta la salida de la ciudad para elevar la moral de las tropas, y luego te alcanzaré en el vehículo.

—Soy el Rey, Ana. Debería ir a caballo. Debería…

Ella soltó las riendas y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Puso una mano sobre mi pecho, sobre la placa de metal que protegía mi corazón.

—Eres el Rey, y por eso te necesito lúcido y sin dolor cuando lleguemos al frente. Si te agotas ahora montando un caballo durante tres horas, serás inútil cuando empiece la pelea. Deja el orgullo para los discursos.

Odiaba cuando tenía razón. Y la tenía casi siempre.

—Está bien —cedí, frustrado—. Pero en cuanto lleguemos a la Garganta, bajaré.

—Trato hecho—. La observo regalarme una sonrisa apretada antes de que se inclinara hacía mí, baje mi cabeza y la dejé besarme, dejé que este momento de contacto entre ambos nos sumergiera en una burbuja de paz absoluta.

Me separé con un suspiro para luego tomar su rostro con mis manos y volver a plantar un beso en su boca, rápido, preciso, mi forma sutil de decirle “recuerda la que hablamos”.

—Te lo juro, Nick—, susurró ella para luego rodearme con sus brazos teniendo cuidado de no apretar mi espalda. La veo separarse para luego colocar una mano sobre mi pecho, a la altura de mi corazón para decir con suavidad—. No te hagas el héroe porque yo también te necesito.

Mi corazón se agitó a la vez que las palabras se me atoraron en la garganta. Sentí como mis ojos se llenaron de lágrimas haciendo que pestañee varias veces para evitar derramar alguna. La atraje contra mí para así poder besar su frente con delicadeza.

No sé qué depare el futuro, ni como sea el final de esta guerra, lo único que tengo presente es que quemaría el mundo entero para que ella se mantenga con vida.

El viaje en el transporte blindado, una bestia de acero diseñada para resistir minas y proyectiles, fue sofocante.

Ana cumplió su palabra y se unió a mí cuando dejamos atrás los muros de la capital. El interior del vehículo estaba en penumbra, iluminado solo por las pantallas tácticas que mostraban el avance de las tropas.

Gendry iba en la parte delantera con el conductor, dejándonos la parte trasera para nosotros.

Ana se sentó frente a mí. Se quitó los guantes y sacó una pequeña jeringa de un estuche médico.

—Gírate —dijo suavemente.

—Puedo aguantar.

—Nicholas—su tono de advertencia fue suficiente.

Me giré, desabrochando la parte superior de mi uniforme. Sentí el frío del alcohol limpiando mi piel y luego el pinchazo rápido del analgésico.

El alivio fue casi instantáneo, una ola fría que adormeció el fuego que me recorría la columna vertebral.

—Gracias —murmuré, abrochándome de nuevo.



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En el texto hay: romace, guerra

Editado: 22.02.2026

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