Anahía.
El silencio que siguió al rugido de los tambores duró un segundo eterno. Fue el tipo de silencio que precede a la caída de un rayo.
Desde mi posición elevada en los riscos de la Garganta del Diablo, ajusté la mira de mi arco. El viento azotaba mi trenza contra mi espalda, pero mis manos eran piedra.
Abajo, en el paso estrecho, los tanques Titán de Cressedent parecían escarabajos de acero gigantes esperando a su presa.
—¡Fuego a discreción! —La voz de Nicholas tronó a través de los comunicadores que Adal y yo llevábamos en el oído.
El mundo estalló.
La primera línea de artillería de Cressedent abrió fuego al unísono. El sonido fue físico, un golpe en el pecho que me hizo vibrar los dientes. Vi cómo los proyectiles cruzaban la distancia en segundos, impactando contra la marea oscura que avanzaba.
Explosiones de fuego y tierra se alzaron hacia el cielo nocturno, iluminando el valle con destellos naranjas y blancos.
—¡Les dimos! —gritó uno de los arqueros de Esdaney a mi lado, alzando el puño.
Pero yo no celebré. Mantuve la vista fija en el humo.
—Espera… —murmuré.
Del muro de polvo y fuego, las bestias emergieron.
Algunas habían caído, sí. Pero las más grandes, esas moles grises cubiertas de hueso y cuerpos humanos, seguían avanzando. Las explosiones habían destrozado sus armaduras externas, pero no las habían detenido. Estaban enloquecidas, corriendo ahora con una velocidad aterradora para su tamaño.
Y debajo de ellas, como hormigas saliendo de un hormiguero pateado, miles de guerreros de Osha corrían. No llevaban armaduras pesadas, solo pieles y pintura blanca en los cuerpos. Llevaban cimitarras curvas y escudos de madera.
Eran rápidos. Demasiado rápidos para los tanques pesados.
—¡Están rompiendo la formación! —gritó la Comandante Rina por el canal de voz—. ¡Se están metiendo entre los puntos ciegos de los tanques!
—¡Adal! —grité, soltando mi primera flecha.
El proyectil voló y se clavó en el cuello de un guerrero que intentaba escalar el flanco de un tanque. Cayó hacia atrás.
—¡Arqueros! —bramó mi hermano—. ¡Cubran a la infantería! ¡Apunten a los que corren, dejen las bestias a los cañones!
Una lluvia de muerte negra cayó desde los riscos. Las flechas de Esdaney, famosas por su precisión, empezaron a diezmar a la vanguardia de Osha.
Pero eran demasiados.
Vi cómo una de las bestias gigantes embestía contra un Titán. El impacto sonó como dos trenes chocando. El tanque de cuarenta toneladas fue empujado hacia atrás, sus orugas chirriando contra la roca, hasta que se volcó de costado.
Los guerreros de Osha treparon sobre el metal caliente, buscando las escotillas para sacar a los tripulantes.
—¡Maldita sea! —escuché a Nicholas maldecir—. ¡Kael, flanco izquierdo! ¡Están rodeando a la Segunda Unidad!
Miré hacia la posición de Nicholas. Su transporte blindado estaba en la retaguardia, protegido, pero sabía que él no se quedaría allí mirando.
De repente, un grupo de guerreros de Osha se separó de la masa principal y comenzó a escalar las paredes del acantilado. Venían hacia nosotros. Hacia los arqueros.
Tenían ganchos de hueso y trepaban con una agilidad casi animal.
—¡Cambio de objetivo! —ordené, sacando una daga con mi mano izquierda mientras sostenía el arco con la derecha—. ¡Defiendan la altura!
El primer enemigo llegó a la cima. Tenía los dientes limados en punta y los ojos completamente blancos, dilatados por alguna droga de combate. Se lanzó sobre mí con un grito gutural.
Me agaché, esquivando su espada curva por milímetros, y le clavé mi daga en el costado, justo debajo de las costillas.
El hombre no gritó. Solo gruñó y trató de morderme la cara.
Lo empujé con una patada en el pecho, enviándolo de vuelta al abismo.
—¡No sienten dolor! —advertí a mis hombres—. ¡Tienen que matarlos, no solo herirlos!
La batalla se convirtió en un caos sangriento. Arriba, luchábamos cuerpo a cuerpo para mantener nuestra posición ventajosa. Abajo, los tanques disparaban a quemarropa contra las bestias.
En medio del tumulto, vi algo que me heló la sangre.
El transporte de comando de Nicholas había sido alcanzado por una roca lanzada por una catapulta enemiga que no habíamos visto. El vehículo humeaba.
La puerta trasera se abrió de una patada.
Nicholas salió.
Se tambaleó un momento, pero se enderezó. No tenía su espada ceremonial. Tenía un rifle de asalto automático en las manos. Breiden estaba a su lado, disparando con una pistola temblorosa.
Un grupo de cinco guerreros de Osha corrió hacia ellos, viendo al Rey desprotegido.
—¡Nicholas! —grité, aunque sabía que no podía oírme.
Levanté mi arco. Mis brazos ardían por el esfuerzo.
Editado: 15.03.2026