Corona de Sangre

SIETE.

Anahía.

El viaje de regreso al castillo fue un borrón silencioso de hélices girando y luces de ciudad parpadeando bajo nosotros.

Nicholas dormitaba a mi lado en el helicóptero, agotado por el dolor y el esfuerzo. Su mano, sin embargo, aferraba la mía con una fuerza desesperada, como si temiera que yo desapareciera si me soltaba.

Miré su perfil, suavizado por el sueño, y sentí una punzada de culpa.

Traidora de sangre.

Las palabras del guerrero muerto resonaban en mi cabeza una y otra vez.

¿Qué sabía él que yo ignoraba? Mi linaje estaba trazado en los tapices de Esdaney desde hacía cinco siglos.

Hatman.

Eddoumi.

Nombres de guerreros del Oeste. No había espacio para sangre del Este en mi árbol genealógico. Y, sin embargo, el odio en esos ojos blancos había sido real.

Aterrizamos en la azotea del palacio real justo antes de la medianoche.

El castillo nos recibió con un silencio sepulcral, muy diferente al bullicio de la boda de hacía apenas veinticuatro horas. Los invitados seguían en sus habitaciones o en los salones, ajenos a la sangre que habíamos derramado en la frontera.

—Gendry —llamó Nicholas en cuanto bajamos, su voz ronca pero firme—. Despeja el ala sur. No quiero guardias cerca del despacho de mi padre.

—Pero, Majestad, el protocolo de seguridad…

—El protocolo soy yo—ladró Nicholas, caminando con dificultad, pero con urgencia—. Hazlo.

Gendry asintió y corrió a cumplir la orden.

El despacho del difunto Rey estaba tal como lo había dejado el día de su muerte.

Olía a tabaco caro, cuero viejo y a esa colonia rancia que él usaba. Era un mausoleo a su ego.

Nicholas cerró la puerta con llave detrás de nosotros y se dirigió directamente a la estantería detrás del escritorio masivo.

—Nunca me dejó entrar aquí cuando era niño —murmuró, pasando los dedos por los lomos de los libros falsos—. Siempre decía que el conocimiento era poder, y que yo no era lo suficientemente fuerte para cargarlo.

Empujó un volumen titulado Historia de las Guerras de Unificación y se escuchó un clic mecánico. La estantería se deslizó hacia un lado, revelando una puerta de acero reforzado con un escáner biométrico.

Nicholas se quedó paralizado frente al escáner.

—Maldición. Requiere retina. La suya.

Me acerqué, evaluando la situación.

—La tecnología de Cressedent tiene una puerta trasera de emergencia para la sucesión, ¿no? En caso de muerte repentina del monarca.

—Sí, pero requiere el código genético del heredero y una anulación manual desde el panel de control central, que está en el búnker… tardaríamos horas.

Saqué una de mis horquillas del pelo, una larga y afilada que Marco me había regalado, hecha de una aleación que podía cortar vidrio.

—O podemos hacerlo a la manera de Esdaney—dije.

Me arrodillé frente al panel de circuitos que estaba al lado del escáner. Usé la punta de la horquilla para hacer palanca en la cubierta de plástico. Saltó con un chasquido.

—Vas a freír el sistema de seguridad —advirtió Nicholas, aunque vi una sonrisa pequeña en sus labios.

—Esa es la idea.

Corté el cable rojo y uní el azul con el verde, provocando una chispa que me quemó la yema del dedo. El escáner emitió un pitido agónico y la luz roja se volvió verde parpadeante.

Los cerrojos se abrieron con un ruido sordo.

—Después de ti, mi Rey —dije, poniéndome de pie y soplándome el dedo quemado.

—Me das miedo, Ana.

La cámara secreta era pequeña, fría y estaba llena de archivadores metálicos. No había oro ni joyas. Solo papel. Montañas de papel.

En el centro, sobre una mesa de metal, había una caja negra solitaria.

Nos acercamos a ella como si fuera una bomba.

Nicholas levantó la tapa.

Dentro había un libro encuadernado en piel humana —me estremecí al reconocer la textura— y un extraño objeto cilíndrico que brillaba con una luz azul tenue, pulsante.

—El Diario Negro —susurró Nicholas, tomando el libro con reverencia y asco—. Se rumoreaba que existía. Aquí es donde anotaba sus “verdades”.

Abrió el libro. Las páginas estaban llenas de su caligrafía apretada y angulosa.

Pasó las hojas rápidamente, buscando fechas recientes, pero se detuvo en una entrada de hace veinticinco años. El año en que yo nací.

—Dioses… —el color abandonó el rostro de Nicholas.

—¿Qué? —pregunté, acercándome para leer sobre su hombro.

Leí en voz alta:

—La expedición al Desierto de Sal fue un éxito. Encontramos el Templo del Sol Negro. Los salvajes intentaron detenernos con su magia primitiva, pero el acero de Cressedent es superior. Tomamos la Fuente. La Emperatriz lloró sangre, tal como decían las leyendas.



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En el texto hay: romace, guerra

Editado: 15.03.2026

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