Corona de Sangre

OCHO.

Anahía.

Quemamos el diario.

No fue una decisión racional, fue un instinto de supervivencia. Nicholas encendió el fuego en la chimenea de su despacho y yo arranqué las páginas encuadernadas en piel humana una por una, viendo cómo la tinta de los pecados de nuestros padres se convertía en ceniza y humo negro.

—Si Adal leyera esto… —murmuré, lanzando la cubierta al fuego.

—Si Adal leyera eso, iría al Este a entregarse para limpiar el honor de los Hatman —completó Nicholas, mirando las llamas con expresión sombría—. Y no puedo permitirme perder a mi mejor general y aliado, ni a mi cuñado.

El cilindro azul, la Fuente, descansaba sobre el escritorio. Pulsaba con un ritmo lento, hipnótico, proyectando sombras alargadas en las paredes.

Me acerqué a él. Sentía una atracción extraña, un zumbido en mis dientes, como si el objeto me reconociera.

—No podemos devolverlo —dijo Nicholas, rompiendo el silencio—. Lo he estado pensando, Ana. Si desconectamos la Fuente del núcleo de energía principal, los escudos de la ciudad caerán. Los sistemas de soporte vital de los hospitales se apagarán. Cressedent regresará a la Edad de Piedra en segundos. Moriría gente inocente.

—Pero es robado, Nick. —Pasé la mano por encima del cilindro sin tocarlo. Los vellos de mi brazo se erizaron—. Es la vida de Osha. Mi madre… mi tía Valeska… atacan porque están muriendo lentamente sin esto.

—Lo sé. —Nicholas se pasó las manos por el pelo, frustrado—. Es una elección imposible. Condenar a tu pueblo materno o condenar a mi pueblo paterno.

—Nuestro pueblo —corregí—. Ahora ambos son nuestro pueblo.

Alguien golpeó la puerta con fuerza. Tres golpes secos. La señal de Adal.

Nicholas cubrió rápidamente la Fuente con una manta de terciopelo y se sentó frente a ella, bloqueando la visión.

—Adelante —ordené, forzando a mi voz a sonar estable.

Adal entró. Llevaba su armadura todavía puesta, manchada de polvo del viaje. Parecía agitado.

—Gendry me dijo que cerraron el ala completa. ¿Qué está pasando? ¿Encontraron algo en los archivos del viejo Rey?

Miré a mi hermano. Tenía los ojos de mi padre. La misma mandíbula cuadrada. La misma fe ciega en que nuestra familia eran los buenos de la historia. Sentí una náusea repentina al mentirle, pero era necesario.

—Mapas —mintió Nicholas con fluidez—. Encontramos mapas antiguos de túneles bajo la Garganta del Diablo. Rutas de contrabando que mi padre usaba.

Adal frunció el ceño, escéptico, pero aceptando la explicación.

—Eso es útil. Pero hay noticias peores. Los exploradores informan que la Emperatriz ha sido vista.

Mi corazón se detuvo.

—¿Valeska está aquí? —pregunté.

—No en el frente, pero cerca. Ha montado su tienda negra en las dunas exteriores. Ana… —Adal se acercó a mí, preocupado—. Dicen que es una bruja. Que camina descalza sobre la arena hirviendo y que los escorpiones no la pican. Esos salvajes del Este son monstruos. Papá tenía razón al mantenerlos a raya.

Monstruos. La palabra me golpeó como una bofetada. Mi tía. Mi sangre.

—No los llames así —solté, más brusca de lo que pretendía.

Adal me miró, sorprendido.

—¿Perdón? Desollaron a nuestros hombres, Ana. Nos invaden. Son bestias. Papá siempre dijo que la civilización termina donde empieza la arena.

—Papá era un mentiroso —dije, sintiendo la ira de años y la verdad reciente burbujear.

—¡Anahía! —Adal me reprendió, ofendido—. El Rey Eddoumi es un héroe. Nos protegió. No hables mal de los nuestros.

Nicholas se puso de pie, interponiéndose entre nosotros.

—Estamos todos cansados. Adal, ve a descansar. Mañana iremos al Núcleo. Necesito ver cómo podemos reforzar la energía para los escudos perimetrales.

Adal asintió rígidamente, mirándome con decepción, y salió del despacho.

Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en un sillón, cubriéndome la cara con las manos.

—Me odiará cuando se entere.

—No se enterará—aseguró Nicholas—. No todavía.

Al amanecer, bajamos al Corazón de Hierro.

El complejo subterráneo que alimentaba Cressedent era una maravilla de ingeniería. Tuberías de cromo, cables del grosor de un tronco y pasarelas de metal suspendidas sobre un abismo de maquinaria zumbante.

En el centro de todo, protegido por un cristal blindado de diez pulgadas, estaba el receptáculo.

Actualmente estaba vacío, funcionando con las reservas de emergencia y baterías auxiliares, lo que explicaba por qué las luces del castillo parpadeaban ocasionalmente. El padre de Nicholas debía haber sacado la Fuente para estudiarla o protegerla antes de morir, sabiendo que venían por ella.

—Tenemos que ponerla de nuevo —dijo Nicholas, sacando el cilindro de una bolsa de cuero—. Los escudos de la ciudad están al 40%. Si Osha ataca con algo grande, no aguantaremos.



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En el texto hay: romace, guerra

Editado: 15.03.2026

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