Corona de Sangre

NUEVE.

Anahía.

El mensaje de humo en el cielo se disipó con el viento, pero el pánico que dejó en las calles de Cressedent era una mancha indeleble.

Estábamos reunidos en el despacho real —el lugar que ahora pertenecía a Nicholas, aunque la sombra de su padre seguía impregnada en las cortinas—. Nicholas estaba frente a la ventana, observando el caos de la ciudad con las manos en la espalda.

Lo observé desde el sillón donde me había dejado caer. Su espalda estaba rígida. Sabía que le dolía, no solo por las heridas físicas de la batalla, sino por la carga de la corona.

Y yo le estaba mintiendo.

No sobre mi linaje de Osha —eso lo habíamos descubierto juntos—, sino sobre la muerte de su padre. Nicholas creía que el destino, o tal vez la justicia divina, había detenido el corazón del viejo Rey durante la cacería. Creía que habíamos tenido suerte.

Si supiera que fui yo... si supiera que deslicé el Sombra de Zorro en esa petaca, que miré a su padre a los ojos días antes sabiendo que lo iba a matar... ¿me miraría con el mismo amor? ¿O vería al monstruo que Valeska dice que soy?

Él podía odiar a su padre, pero el parricidio era una línea que un hombre de honor como Nicholas quizás no podría perdonar. Ese secreto se iría conmigo a la tumba. Yo sería su escudo, pero también su verdugo en las sombras.

La puerta se abrió de golpe. Adal entró, y por primera vez, no traía su habitual aire de arrogancia protectora. Parecía un animal enjaulado.

—El Consejo de Esdaney ha enviado una transmisión urgente —dijo mi hermano, lanzando un comunicador sobre la mesa—. Papá quiere que regrese. Ahora.

Nicholas se giró lentamente.

—¿Y qué vas a hacer, Adal?

Adal se pasó las manos por el cabello, un gesto de frustración pura.

—Mi deber es con mi pueblo, Nicholas. Soy el Príncipe Heredero. Si Osha rompe tus defensas, Esdaney es el siguiente en la lista. Mi padre dice que debo ir al norte, fortificar nuestras propias fronteras y preparar a la caballería pesada para defender nuestras tierras, no las tuyas.

—Tiene sentido—admitió Nicholas con frialdad diplomática—. Esdaney no puede permitirse perder a su futuro Rey en una guerra extranjera.

—¡No es una guerra extranjera! —explotó Adal, golpeando la mesa—. ¡Es la guerra de mi hermana!

Me levanté y caminé hacia él.

—Adal...

—No, Ana, escúchame —me interrumpió, tomándome por los hombros—. No entiendo qué demonios está pasando. ¿Quién es la Hija de la Sangre? ¿Por qué esos salvajes te odian tanto? Hay cosas que no me están diciendo, lo veo en sus caras.

Sentí el impulso de vomitar la verdad. Decirle: Soy yo. Mamá era una de ellos. Somos mitad monstruo, Adal, y por eso vienen.

Pero si se lo decía, él se quedaría. Moriría por mí. Y yo necesitaba que viviera.

—Son tácticas de miedo, hermano—mentí, manteniendo la voz firme—. Me llaman así porque me casé con el hijo de su enemigo. Para ellos, mezclé mi sangre con la de Cressedent. Soy un símbolo de su derrota.

Adal me escudriñó con sus ojos azules, buscando la grieta en mi armadura.

—Papá dice que Cressedent es un barco hundiéndose. Dice que debo sacarte de aquí y llevarte a casa. Que podemos anular el matrimonio alegando que Nicholas no puede protegerte.

Miré a Nicholas. Él no dijo nada, pero vi cómo tensó la mandíbula. Estaba esperando mi elección.

—Este es mi hogar ahora, Adal —dije suavemente—. Y Nicholas es mi Rey. No voy a huir.

Adal soltó un suspiro tembloroso y se alejó de mí, caminando en círculos por la habitación.

—Estoy en una diatriba imposible—murmuró—. Si me quedo, traiciono las órdenes de mi Rey y pongo en riesgo la línea de sucesión de Esdaney. Si me voy... te abandono con estos... tecnócratas que ni siquiera saben sostener una espada de verdad.

—Cressedent tiene tecnología que tú no entiendes, Adal—defendió Nicholas—. Podemos protegerla.

—¡Tu tecnología falló en la Garganta del Diablo! —replicó Adal—. Si no fuera por mis arqueros y por Bruno, ahora estarías muerto.

El silencio cayó pesado entre los tres.

Adal se detuvo frente a mí de nuevo. Su expresión se suavizó.

—Te vi pelear ayer, Ana. Ya no eres la niña que corría por los jardines. Eres una reina de guerra. —Hizo una pausa, tragando grueso—. Pero sigues siendo mi hermana pequeña. Y juré protegerte cuando naciste.

—Puedes protegerme mejor desde Esdaney —le dije, poniendo una mano en su pecho—. Ve, Adal. Convence a papá de que envíe refuerzos. Prepara la segunda línea de defensa. Si Cressedent cae, necesitaremos que Esdaney sea un muro impenetrable.

Adal cerró los ojos, luchando consigo mismo. La lealtad a la sangre contra la lealtad a la corona.

Finalmente, abrió los ojos. Había una resolución de acero en ellos.

—Iré—dijo, y vi el alivio y el dolor en su rostro—. Pero no porque papá lo ordene. Iré porque tienes razón. Necesitas un ejército real, no solo una guardia de honor. Voy a movilizar a las cinco divisiones de Esdaney. Y si papá se niega... —Adal apretó el puño—. Entonces habrá un golpe de estado en mi propia casa.



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En el texto hay: romace, guerra

Editado: 05.04.2026

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