Corona de Sangre

DIEZ.

Anahía.

El salón privado de la familia real solía ser un lugar para el té y la costura. Hoy, se sentía como una sala de interrogatorios.

La Reina Madre Beatriz caminaba de un lado a otro, haciendo crujir sus faldas de seda con cada giro brusco. Su rostro, normalmente una máscara de compostura fría, estaba manchado de rojo por la histeria.

Sentada en su sillón habitual, la Reina Abuela Leticia permanecía inmóvil como una gárgola, con las manos apoyadas sobre su bastón y los ojos clavados en nosotros con una intensidad que podría perforar el acero.

Nicholas y yo estábamos de pie, uno al lado del otro, frente a ellas. Un frente unido. Un muro contra la tormenta.

—¡Es inaudito! —chilló Beatriz, deteniéndose para señalarnos con un dedo tembloroso—. ¡Humo en el cielo! ¡Amenazas de que el sol se apagará! Y ustedes dos... ustedes dos sabían que esto venía.

—No lo sabíamos con certeza, Madre —dijo Nicholas, con ese tono de calma forzada que usaba para manejarla—. Tuvimos indicios en la frontera, sí. Pero no queríamos causar pánico hasta tener un plan de defensa.

—¿Indicios? —Beatriz soltó una risa estridente—. ¡Cientos de hombres muertos en la Garganta del Diablo no son indicios, Nicholas! ¡Es una guerra! Y nos la ocultaron mientras bebíamos champán en su boda.

—Lo hicimos para proteger la estabilidad de la transición —intervine yo. Mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. Si hubiéramos anunciado una invasión el mismo día que moría el Rey, el consejo se habría fracturado.

Beatriz se giró hacia mí, sus ojos llenos de veneno.

—Tú... —susurró—. Todo esto es tu culpa. Desde que llegaste, la desgracia ha caído sobre esta casa. Mi esposo muerto. Y ahora, monstruos del Este pidiendo tu cabeza.

Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal.

—¿Quién es la Hija de la Sangre, Anahía? ¿Por qué te llaman así? ¿Qué hiciste para provocar a esos salvajes?

Sentí cómo la sangre se me helaba. Si supiera la verdad... Si supiera que soy la sobrina de la mujer que nos ataca.

Nicholas dio un paso adelante, interponiéndose físicamente entre su madre y yo. Su postura era protectora, casi amenazante.

—Basta —ordenó. No era la voz de un hijo. Era la voz del Rey—. No te permitiré que le hables así a tu Reina.

—¡Es una pregunta legítima! —insistió Beatriz, retrocediendo un paso, pero sin bajar la mirada—. ¿Por qué ella?

—Porque ella es el símbolo de la unión —mintió Nicholas con una fluidez que me asombró—. Osha odia a Cressedent. Y odia a Esdaney. Ana representa a ambos ahora. Hija de la Sangre es solo un título para asustar. Una referencia a la sangre de guerreros que corre por sus venas. Quieren dividirnos. Quieren que hagamos exactamente esto: pelear entre nosotros en lugar de mirar hacia afuera.

Beatriz pareció vacilar. La explicación tenía lógica política.

Pero entonces, el bastón de Leticia golpeó el suelo con un crack seco.

—Bonito discurso, muchacho —dijo la anciana, su voz rasposa cortando el aire—. Pero el Este no gasta magia negra para escribir poemas en el cielo solo por simbolismo.

Leticia se levantó lentamente. Caminó hacia nosotros, ignorando a Beatriz. Se detuvo frente a mí y me escrutó. Sentí que podía ver hasta el fondo de mi alma, hasta el lugar donde escondía mi linaje y el asesinato de su hijo.

—Esa gente —dijo Leticia— cree en las deudas. Tu padre, Nicholas, hizo cosas en el Este. Cosas de las que nunca habló. —Sus ojos se desviaron hacia la ventana, hacia la ciudad—. Trajo tecnología. Trajo poder. Pero todo tiene un precio.

Me tensé. ¿Cuánto sabía ella?

—El precio lo pagaremos con acero—dije, sosteniéndole la mirada—. No con sumisión.

Leticia soltó una pequeña risa seca.

—Tienes agallas, niña. Eso te lo concedo. Pero dime una cosa... ¿por qué las luces del castillo brillan más hoy? ¿Por qué los escudos de la ciudad, que han estado al 40% durante años por la degradación del núcleo, hoy zumban al 120%?

Nicholas y yo intercambiamos una mirada imperceptible. Ella se había dado cuenta.

—Encontré las reservas de emergencia de mi padre —dijo Nicholas rápidamente—. Hice ajustes en el Corazón de Hierro.

Leticia nos miró a ambos. Sabía que mentíamos. O al menos, sabía que no decíamos toda la verdad. Pero también era una mujer pragmática. Sabía que, sin esos escudos, estábamos muertos.

—Bien—dijo finalmente, volviendo a su asiento—. Guarda tus secretos, Rey. Pero asegúrate de que esos escudos aguanten. Porque si Osha entra... Beatriz no será tu mayor problema.

La tensión en la sala disminuyó un poco, pero el aire seguía cargado.

—Madre—Nicholas se dirigió a Beatriz, suavizando el tono—. Necesito que te encargues de la corte. Organiza rezos, visitas a los hospitales, lo que sea necesario para mantener la calma. Haz lo que mejor sabes hacer: ser la imagen de la realeza imperturbable.

Beatriz se secó las lágrimas, irguiéndose ante la tarea. Le gustaba sentirse útil, sentirse parte del engranaje.



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En el texto hay: romace, guerra

Editado: 05.04.2026

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