Anahía.
La Armería Real de Cressedent no se parecía en nada a las salas de armas de Esdaney, llenas de olor a cuero, grasa de caballo y madera vieja.
Este lugar era un templo de metal frío, luces halógenas y silencio clínico. Las paredes estaban forradas con rifles de plasma, trajes tácticos de polímero y cuchillas que vibraban a frecuencias ultrasónicas.
Sin embargo, en medio de toda esa tecnología letal, lo único que mis ojos podían enfocar era a Nicholas.
Se había quitado la chaqueta del uniforme, quedando solo con una camisa negra remangada hasta los codos. Estaba de espaldas a mí, manipulando algo sobre una mesa de trabajo larga. Los músculos de su espalda se movían bajo la tela, tensos, cargando el peso de un reino que parecía querer aplastarlo.
Cerré la puerta, y el chasquido del cerrojo pareció romper el hechizo.
Nicholas se giró. Sus ojos verdes estaban oscuros, cansados, pero cuando se posaron en mí, se suavizaron con esa devoción que siempre lograba dejarme sin aliento.
—Acércate —dijo, su voz ronca rebotando en las paredes metálicas—. Tengo algo para ti.
Caminé hacia él. Sobre la mesa descansaba un arco. Pero no era cualquier arco.
Era una bestia de belleza negra mate, forjado en fibra de carbono y aleaciones que probablemente costaban más que un ducado entero. No tenía cuerda visible, sino un campo de tensión magnética.
—El arco de Esdaney es lento para lo que enfrentamos —explicó Nicholas, pasando los dedos por la empuñadura ergonómica—. Este tiene un sistema de asistencia de puntería en el visor y flechas con cabezas explosivas de micro fusión.
Lo tomé. Era increíblemente ligero, casi como si no pesara nada, pero se sentía letal en mis manos. Una mezcla perfecta entre mi herencia salvaje y su herencia tecnológica.
—Es magnífico, Nick —susurré, dejando el arco de nuevo en la mesa para mirarlo a él—. Pero no me trajiste aquí solo para darme juguetes nuevos.
Nicholas negó con la cabeza y se apoyó contra la mesa, cruzando los brazos.
—No. Te traje aquí porque es el único lugar del castillo sin cámaras, sin sirvientes y sin mi madre gritando.
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
—Tengo miedo, Ana—confesó, y la vulnerabilidad en su voz me partió el alma. Él, que se había enfrentado a generales y bestias sin pestañear—. No de Valeska. No de la guerra. Tengo miedo de fallarte. Tengo miedo de que esa deuda de sangre seas tú.
Levantó una mano y acarició mi mejilla con el dorso de sus nudillos, un toque tan suave que contrastaba con la violencia que nos rodeaba.
—Si te pierdo... si algo te pasa porque no fui lo suficientemente fuerte o inteligente para detenerlos... Cressedent puede arder. No me importaría.
—No vas a perderme—le aseguré, cubriendo su mano con la mía y besando su palma—. Soy difícil de matar. Ya deberías saberlo.
—Lo sé. Eres la mujer más fuerte que he conocido—, sus ojos recorrieron mi rostro, memorizando cada facción—. Pero a veces, cuando te miro, veo esa sombra en tus ojos. Como si cargaras con un pecado que no te corresponde.
Me tensé. Si supieras que el pecado es mío, y es la sangre de tu padre en mis manos...
No podía decírselo. No ahora. Pero podía darle otra cosa. Podía darle la certeza de que era amado, deseado y necesitado.
—Cállate, Nicholas —murmuré, agarrando las solapas de su camisa y tirando de él hacia mí.
Lo besé con ferocidad. No fue un beso dulce; fue un reclamo. Fue morder su labio inferior y saborear el gemido que murió en su garganta. Fue decirle sin palabras: Estoy aquí. Estoy viva. Eres mío.
Nicholas respondió al instante, como si hubiera estado esperando una señal para romperse.
Sus brazos me rodearon, uno en mi cintura y el otro enredándose en mi cabello, inclinando mi cabeza hacia atrás para profundizar el beso. Me alzó con facilidad, sentándome sobre la mesa fría de metal, apartando el arco y los planos tácticos sin miramientos.
Me acomodé entre sus piernas, atrayéndolo más cerca hasta que no hubo espacio para el aire entre nosotros.
—Ana... —jadeó contra mi boca, sus manos bajando frenéticamente por mis caderas, subiendo la tela de mi vestido—. Dioses, te necesito. Necesito sentir que esto es real.
—Soy real —le susurré al oído, mordiendo el lóbulo—. Hazme real, Nick.
Él hundió su rostro en mi cuello, aspirando mi aroma como si fuera su oxígeno. Sentí su barba raspar mi piel sensible, una fricción deliciosa que envió corrientes eléctricas a mi vientre.
—Eres mi ruina y mi salvación —gruñó, sus manos grandes y calientes deslizándose bajo mi ropa interior, tocando mi piel desnuda con una posesividad reverente.
Arqueé la espalda, un suspiro tembloroso escapando de mis labios. El contraste entre el metal frío bajo mis muslos y el fuego de sus manos era embriagador.
Nicholas me miró. Sus pupilas estaban dilatadas, devorando la imagen de mí, deshecha y entregada a él. En ese momento no había guerra. No había Osha. Solo estábamos nosotros dos, intentando fundirnos en un solo ser para que la muerte no pudiera encontrarnos.
Editado: 05.04.2026