Nicholas.
El agua del lavabo se tiñó de negro cuando Ana se frotó las manos. No era suciedad, era residuo. Residuo de la sombra que había absorbido.
Estábamos en nuestra habitación, con las puertas cerradas y dos guardias de mi absoluta confianza; hombres que habían servido conmigo en las trincheras, no en el palacio, apostados fuera.
—No sale —murmuró Ana, frotándose la piel con desesperación, casi hasta hacerse daño—. Siento que está debajo de mis uñas, Nick. Siento su frío en mis venas.
Me acerqué a ella y le tomé las manos, deteniendo su movimiento frenético.
—Ya está limpio, Ana. Míralas. —Levanté sus manos. Estaban rojas por la fricción, pero libres de oscuridad—. Eres tú. Sigues siendo tú.
Ella levantó la vista y vi el terror puro en sus ojos azules.
—Le dije a tu madre que era hija de Osha. Se lo grité a la corte.
—Hiciste lo necesario para callarlos.
—No, Nick, no lo entiendes. —Se soltó de mi agarre y empezó a caminar por la habitación—. En el momento en que admití mi sangre, validé la historia de Valeska. Y ahora... ahora pienso en Adal y en los niños.
El nombre de sus hermanos cayó como una losa entre nosotros.
Adal estaba cabalgando —o volando— de regreso a Esdaney. Iba a pedirle un ejército a su padre. Iba a rogarle al Rey Eddoumi que salvara a su hermana.
—Él no lo sabe —dijo Ana, con la voz quebrada—. Adal cree que nuestro padre es un héroe. Cree que el Rey de Esdaney es el epítome del honor.
—Cuando llegue allá, pedirá las tropas —razoné—. Tu padre tendrá que dárselas para mantener las apariencias.
Ana se detuvo en seco y me miró como si yo fuera ingenuo.
—¿Crees que mi padre enviará un ejército para luchar contra la gente a la que robó? —Se rio, un sonido sin humor—. Nick, tu padre era un ladrón de energía, un oportunista cruel. Pero el mío... el mío es un secuestrador. Un violador de tratados y de mujeres.
Se abrazó a sí misma, como si sintiera un frío repentino.
—Secuestró a mi madre, la hermana de la Emperatriz. La mantuvo prisionera bajo la farsa de un matrimonio feliz. Si Adal llega exigiendo respuestas, si Valeska decide susurrarle la verdad en el camino... destruirá a mi hermano.
—Adal es fuerte —insistí, aunque la duda empezaba a roerme—. Es un soldado.
—Es un idealista —corrigió ella—. Su fuerza viene de su fe en nuestra familia. Si le quitas eso, si le dices que es hijo de un crimen... no sé qué hará. Podría desafiar a mi padre. Podría intentar matarlo. O peor... podría venirse abajo.
Un golpe en la puerta interrumpió nuestra espiral de pánico.
—Majestad —era la voz de Gendry—. Su abuela solicita audiencia inmediata. Dice que es sobre el Príncipe Adal.
Ana y yo intercambiamos una mirada alarmada. Abrí la puerta.
Leticia entró, apoyándose pesadamente en su bastón. Ya no había burla en su rostro, solo una gravedad pragmática. Beatriz no estaba con ella; probablemente estaba sedada en sus aposentos.
—Cierren la puerta —ordenó la anciana.
Obedecí.
—La red de comunicaciones de Cressedent ha interceptado una señal extraña —dijo Leticia, sacando una tableta de datos de su chal—. No es una transmisión de radio. Es una onda de frecuencia baja que nuestros analistas dicen que se parece a.… un canto.
Me pasó la tableta. En la pantalla había un mapa holográfico. Un punto rojo parpadeaba en la frontera entre el Desierto de Sal y las Tierras Verdes de Esdaney.
—Es la ruta de Adal —dijo Ana, acercándose rápidamente—. ¿Qué significa ese punto?
—Significa que Valeska no solo proyectó su voz en nuestro comedor —explicó Leticia—. Ha proyectado una bienvenida para el Príncipe Heredero.
—¿Lo están atacando? —pregunté, sintiendo la urgencia de llamar a las fuerzas aéreas.
—No físicamente —dijo Leticia—. Mis espías en Esdaney informan que el convoy de Adal se detuvo hace diez minutos. No hay disparos. No hay lucha. Solo... niebla negra.
Ana palideció.
—Ella le está hablando. Ahora mismo.
—Si Valeska le cuenta la verdad a tu hermano en medio del desierto... —Leticia miró a Ana con dureza—. Si le dice que su padre robó a su madre, y que tú lo sabías y no se lo dijiste... perderemos a Esdaney. Adal no volverá con un ejército para ayudarnos. Volverá para exigir cuentas. O tal vez no vuelva nunca.
—Tengo que hablar con él —dijo Ana, buscando su comunicador—. Tengo que explicarle antes de que ella envenene su mente.
—Las comunicaciones están bloqueadas por la estática de la tormenta mágica —informó Leticia—. Está solo, niña. Solo con la verdad y los demonios de arena.
Ana se dejó caer en el borde de la cama, derrotada.
—Mi padre... —susurró—. Si Adal llega a palacio después de escuchar a Valeska, confrontará al Rey. Y mi padre no es un hombre paciente. Si se siente acorralado por su propio hijo...
Editado: 26.04.2026