Corona de Sangre

CATORCE.

Anahía.

El insomnio era un animal pesado sentado sobre mi pecho.

Nicholas dormía a mi lado, o al menos fingía hacerlo, con una mano siempre tocando mi cadera, como si quisiera asegurarse de que no me desvanecería en humo negro durante la noche.

Yo miraba el techo pintado con frescos de antiguas batallas de Cressedent, pero lo que veía era el desierto. Y en el desierto, veía ojos. Ojos violetas.

De repente, una comprensión me golpeó con la fuerza de un puñetazo físico, haciéndome sentar de golpe en la cama.

—¡Los gemelos!

Nicholas se despertó al instante, su mano yendo a la pistola que guardaba bajo la almohada antes de siquiera abrir los ojos completamente.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó, escaneando la habitación en busca de amenazas.

Me giré hacia él, sintiendo que el aire me faltaba.

—Valeska dijo: Entregad a la Hija de la Sangre. Pero no especificó cuál hija. O qué hijos.

Nicholas frunció el ceño, despejándose el sueño.

—Se refería a ti, Ana. Tú tienes la Fuente. Tú eres la Reina.

—Sí, pero Adal, Aldan y Alatz... —Nombrarlos me dejó un sabor amargo en la boca—. Todos compartimos la misma madre. Todos tenemos la sangre de Osha. Si mi madre era la hermana de la Emperatriz, entonces mis hermanos pequeños también son sus sobrinos. También son robados.

Me llevé las manos a la cabeza.

—Aldan y Alatz tienen quince años, Nick. Son unos niños. Están en Esdaney, bajo el techo del hombre que secuestró a nuestra madre. Si Valeska quiere recuperar su linaje... no se detendrá conmigo. Irá por ellos.

—Tu padre los protegerá —dijo Nicholas, aunque su tono carecía de convicción—. Son sus hijos.

—Son la prueba viviente de su crimen —repliqué, saltando de la cama y buscando mi bata—. Si Adal llega exigiendo respuestas y mi padre se siente acorralado, ¿qué crees que hará con los gemelos? ¿Usarlos como escudos? ¿Esconderlos? ¿O eliminarlos para borrar el rastro?

Nicholas se levantó, entendiendo la gravedad de mi paranoia. En el juego de tronos, los herederos defectuosos o comprometedores solían tener vidas cortas.

—Vamos a comunicaciones. Intentaremos contactar con ellos directamente.

La sala de comunicaciones estaba en penumbra, iluminada solo por el brillo azul de las pantallas y el parpadeo de los servidores. El oficial de guardia se sobresaltó al vernos entrar en ropa de dormir, pero Nicholas le indicó que saliera con un gesto seco.

—Establece un enlace seguro con el Ala Este del Palacio de los Lobos en Esdaney —ordenó Nicholas, tecleando los códigos de acceso prioritario—. Frecuencia privada de los príncipes menores.

La pantalla parpadeó con estática. La tormenta mágica de Valeska estaba afectando las señales de largo alcance, pero la tecnología de Cressedent era terca.

—Vamos... contesten, pequeños demonios... —murmuré, mordiéndome la uña del pulgar.

La estática se aclaró y apareció una imagen granulada.

Dos rostros idénticos, con el cabello castaño revuelto y ojos grandes y asustados, llenaron la pantalla.

—¡Ana! —exclamaron al unísono Aldan y Alatz. Llevaban camisas de dormir y parecían estar escondidos bajo una manta, iluminados por una linterna.

—Dioses, están bien —suspiré, apoyando la frente contra la consola—. ¿Dónde están? ¿Por qué susurran?

—Estamos en la Torre del Halcón —susurró Aldan, el mayor por dos minutos—. Papá nos encerró aquí ayer por la noche. Dijo que era por seguridad, pero hay guardias en la puerta que no conocemos. No son de la guardia real habitual.

—Llevan máscaras —añadió Alatz, su voz temblorosa—. Y no nos dejan salir ni para ir al jardín. Ana, tenemos miedo. Se oyen cosas raras. Gritos en los pasillos.

Intercambié una mirada de terror con Nicholas. La Torre del Halcón era una prisión de lujo, usada históricamente para miembros de la familia que necesitaban reflexión.

Mi padre los había aislado.

—Escúchenme bien —dije, tratando de sonar como la hermana mayor autoritaria y no como la mujer aterrorizada que era—. No abran la puerta a nadie que no sea Adal. ¿Me oyen? A nadie. Ni siquiera a los consejeros de papá.

—¿Adal va a venir? —preguntó Alatz—. Papá está furioso. Lo oímos gritarle al General Hator que, si Adal cruzaba las puertas de la ciudad, debían detenerlo.

Mi sangre se congeló.

—Padre dio la orden de detener al Príncipe Heredero... —susurró Nicholas a mi lado—. Eso es traición. Tu padre ha perdido la cabeza.

—Adal ya está aquí —dijo Aldan de repente, mirando hacia algo fuera de cámara—. Oímos las trompetas hace un rato. Pero sonaron... mal. No fue el saludo real. Fue la alarma de intruso.

—Ana... —Alatz se acercó a la pantalla—. Hay una mujer en mis sueños. Tiene los ojos como los de mamá, pero dan miedo. Me dice que abra la ventana. Me dice que quiere vernos. Dice que somos cachorros perdidos.



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En el texto hay: romace, guerra

Editado: 26.04.2026

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