Corona de Sangre

QUINCE.

Anahía.

El Valkyria cortaba el cielo nocturno a velocidad supersónica, pero para mí, el mundo se movía en cámara lenta.

Estaba sentada en el asiento del copiloto, con el cinturón de seguridad clavándose en mi pecho. A mi lado, el piloto de confianza de Nicholas manejaba los controles con precisión militar. Atrás, Bruno dormía un sueño inquieto, gruñendo ocasionalmente, y dos soldados de élite limpiaban sus rifles de plasma.

Cerré los ojos, intentando encontrar a mis hermanos en la oscuridad de mi mente, pero lo único que encontré fue un ruido ensordecedor.

No era el motor de la nave. Era algo dentro de mí.

Desde que toqué la Fuente y absorbí a esa Sombra Caminante, mi cuerpo ya no se sentía mío. Mis venas zumbaban como cables de alta tensión. Podía sentir los circuitos del avión. Podía sentir el flujo de combustible en los inyectores y el pulso eléctrico de los sistemas de navegación.

Era el don de Cressedent: la tecnopatía latente despertada por la Fuente.

Pero debajo de eso, había algo más antiguo. Algo rojo y viscoso. El don de Osha.

Cierra los ojos, pequeña, susurró una voz en mi cabeza. No era Valeska. Era una voz más suave, más triste. Una voz que recordaba de canciones de cuna olvidadas. Mira lo que realmente somos.

Me dejé arrastrar. El cansancio venció al miedo, y caí en un trance que no era sueño.

De repente, ya no estaba en la nave.

Estaba flotando sobre el Desierto de Sal, pero no el de ahora. Era el desierto de hace treinta años.

Vi una tienda de campaña dorada con el estandarte del Lobo de Esdaney. Dentro, vi a un hombre joven y apuesto. Mi padre. Pero su rostro no tenía la nobleza que yo recordaba. Tenía el brillo febril de la codicia.

Frente a él estaba el padre de Nicholas, el Rey Blackjack, sosteniendo el cilindro azul, la Fuente, que acababan de robar del Templo.

—No funcionará mucho tiempo —decía Blackjack, con las manos manchadas de ceniza—. Esta tecnología es biológica. Necesita un catalizador vivo. Necesita sangre real de Osha para regular el flujo, o explotará y borrará Cressedent del mapa.

Mi padre sonrió, y fue la sonrisa más cruel que jamás había visto.

—Entonces llevémonos el catalizador.

La escena cambió violentamente.

Vi a una mujer joven, hermosa, con mis ojos y la barbilla de Adal. Lyra. Mi madre. Estaba encadenada, no con hierro, sino con collares de supresión tecnológica. Gritaba mientras la arrastraban lejos de su hermana, Valeska, quien lloraba lágrimas de sangre en las dunas.

—¡No la amaba! —grité en el sueño, la verdad golpeándome como un mazo—. ¡Nunca la amó!

Entendí el horror completo. El matrimonio de mis padres no fue una obsesión romántica de un conquistador, como decía el diario de Blackjack. Fue una necesidad logística.

Mi madre era una batería humana.

La mantuvieron viva y embarazada para asegurar que su linaje continuara. Para que, si ella fallaba, hubiera repuestos.

Adal. Yo. Los gemelos.

No éramos príncipes. Éramos piezas de recambio para mantener encendidas las luces de Cressedent y las forjas de Esdaney. Éramos ganado genético.

La bilis subió por mi garganta, sacándome de la visión del pasado y arrojándome al presente.

Ahora veía a través de otros ojos. Ojos azules inyectados en sangre.

Adal.

Sentí el volante de un vehículo todoterreno bajo mis manos. Sentí el dolor agudo en mi hombro donde una bala había rozado. Sentí el terror de Aldan y Alatz acurrucados en el asiento trasero.

Corre, corre, corre—, pensaba Adal. Su mente era un torbellino de fragmentos rotos. La imagen de nuestro padre ordenando a los guardias disparar a matar se repetía en bucle.

—Padre nos quiere muertos—, resonaba en su cabeza—. Porque sabemos. Porque si escapamos, Valeska gana.

Pude ver lo que él veía por el espejo retrovisor.

Luces. Tres vehículos de persecución blindados con el emblema del Lobo. No eran guardias normales. Eran los Limpiadores, el escuadrón de la muerte personal del Rey.

—¡Están alcanzándonos! —gritó la voz de Alatz en el sueño compartido.

Adal dio un volantazo. El vehículo derrapó sobre la grava. Estaban cerca del Punto Muerto, esa zona de nadie llena de formaciones rocosas y tormentas magnéticas.

—¡Ana! —gritó mi nombre en su mente, una súplica desesperada—. ¡Ayúdame!

—¡DESPIERTA!

Abrí los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire helado.

El piloto del Valkyria me miraba, alarmado.

—Majestad, sus ojos... están brillando. Y los instrumentos...

Miré el panel de control. Todas las pantallas parpadeaban en violeta. El avión estaba respondiendo a mi pánico.



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En el texto hay: romace, guerra

Editado: 03.05.2026

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