Corona Maldita

Encuentro Maldito

El aire de la corte olía a incienso y veneno. Entre los tapices bordados con escenas de gloria y santos martirizados, las risas de las damas flotaban como campanillas envenenadas. Todo era belleza, todo era máscara. Tras cada sonrisa había un puñal oculto; tras cada reverencia, un secreto.

Ana Bolena avanzó con la serenidad de quien sabe que está siendo observada. No tenía el resplandor dorado de otras mujeres, ni la perfección de un rostro de porcelana. Lo suyo era distinto: una belleza quebrada, como un diamante tallado con grietas, donde cada imperfección se volvía hipnótica.

Su mirada, oscura y penetrante, parecía arrancar verdades a los labios cerrados. Aquel día, entre el murmullo de las cítaras y el tintinear de copas de oro, sus ojos se cruzaron con los de Enrique VIII.

El rey, rodeado de cortesanos que lo adulaban como a un dios de carne, se detuvo. Su respiración, hasta entonces pesada y rutinaria, se quebró en un instante. Fue como si la sala entera hubiese enmudecido, como si los tapices se inclinaran, como si el tiempo mismo se arrodillara ante aquella mujer.

Ana bajó la cabeza, obedeciendo al protocolo, pero en sus labios se dibujó una sombra de sonrisa, tan leve como un soplo de viento en un campo de trigo. Enrique la vio. Enrique lo sintió. Y en ese instante, la maldición se encendió como una antorcha en la penumbra.
El rey no era un hombre de medias tintas. Era un fuego que devoraba, un océano que arrasaba costas enteras para poseerlas.

Catalina, su reina, se había convertido en un muro de hielo que no saciaba su sed. Pero Ana Ana era llama viva, era tentación prohibida. Se inclinó hacia uno de sus consejeros y murmuró con voz áspera:

—¿Quién es esa mujer?

—Ana Bolena, majestad —respondió el hombre, temblando — Hija de sir Tomás Bolena. Recién llegada de la corte de Francia.

Enrique entrecerró los ojos. Francia tierra de intrigas y lujurias, cuna de refinamientos que en Inglaterra aún parecían pecado. Claro que ella traía ese perfume, ese veneno dulce que corrompe y seduce a la vez.

El banquete continuó. Ana se mezclaba entre las damas, danzando con movimientos ligeros, dejando tras de sí el rumor de sus faldas y un eco de risas que no eran del todo inocentes.

Enrique no apartaba la vista de ella. La música crecía, los brindis estallaban, pero para él solo existía esa silueta que se deslizaba como un cisne oscuro en un lago de cristal.

Cuando la danza terminó, Enrique se levantó con la solemnidad de un rey y la ferocidad de un hombre herido por el deseo. La corte entera contuvo la respiración. Se acercó a ella.

Ana alzó la mirada. Sus ojos se encontraron. No hubo palabras. No hubo protocolo. Solo la electricidad de dos destinos que, al tocarse, incendiaron todo lo demás.

Esa noche, en la soledad de sus aposentos, Ana se miró en el espejo. El reflejo le devolvió el rostro de una mujer que había cruzado una frontera invisible. Sentía la corona arder sobre su frente, aunque aún no la llevaba. Una voz interior le susurraba:

Lo que hoy es deseo, mañana será condena.

Y, sin embargo, sonrió. Porque el deseo es una droga más fuerte que el miedo.

Enrique, por su parte, no durmió. Sus manos golpeaban la mesa como martillos sobre hierro. En su mente, Ana no era solo una mujer: era un destino. La reina Catalina se volvió un espectro, un obstáculo que pronto sería arrasado. La iglesia, un muro a derribar. El reino entero, un tablero de ajedrez donde él movería las piezas para poseerla.

Serás mía, pensó, con la furia de un dios que no admite negaciones. Serás mía, aunque deba incendiar Inglaterra hasta reducirla a cenizas.

Al amanecer, una carta llegó a las manos de Ana. No llevaba firma, solo un sello de cera roja en forma de cruz. La abrió con dedos temblorosos. El mensaje, escrito con una caligrafía desconocida, decía:

El amor del rey es un beso envenenado. Huye o muere.

Ana dejó caer la carta al suelo. Y, por primera vez, sintió que las paredes del palacio no eran de piedra, sino de barrotes invisibles.




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