Corona Maldita

Fuego y veneno

La mañana amaneció con olor a brasa húmeda. El cielo no terminaba de decidirse entre lluvia y sol, como si Dios mismo dudara del rumbo de los hombres que reinaban en Su nombre. Los patios de Whitehall destilaban un vapor tibio que se enroscaba en las columnas como serpientes somnolientas; sobre las baldosas, el barro dibujaba mapas de guerra.

Ana caminaba por la galería larga donde los retratos de antepasados la observaban con una mezcla de juicio y curiosidad. A cada paso, el collar de esmeraldas esa cadena preciosa le golpeaba el esternón con un tic opresivo, como un corazón ajeno empeñado en imponer su propio ritmo. Recordó al cuervo y el segundo mensaje: La corona que deseas es también la espada que te cortará la cabeza. Arrancó un hilo de su manga sin darse cuenta. No era miedo, se dijo; era lucidez.

En el extremo de la galería, una figura diminuta apareció como si brotara de la madera misma: Mark Smeaton, el músico, con su viola da gamba colgando del hombro como un hijo dormido. Tenía dedos de hilo y ojos asombrados. Se inclinó.

—Mi lady, me han dicho que os gustan las pavanas tristes.

—No tristes, Mark —respondió ella, con una sonrisa que borró sombras — Verdaderas.

El joven asintió. Sus cuerdas vibraron y la sala se llenó de una música que parecía hecha de agua y ceniza: un dolor que no gritaba, un juramento que no se decía. Ana cerró los ojos. Durante un instante, el palacio dejó de ser bestia y se volvió barca, pequeña, frágil, flotando en un río silencioso. Cuando terminó, abrió los ojos y descubrió a Jane Parker, su cuñada por George, recostada en un vano de la puerta: sonrisa de aguja, mirada de tijera.

—Qué sensibilidad, lady Ana —murmuró, cargando de miel cada sílaba— Es raro encontrar un oído tan… fervoroso para la música. Incluso… peligroso.

Ana respondió con una inclinación apenas perceptible. Sabía que en la corte los piropos eran trampas disfrazadas; algunas venían con veneno; otras, con precio.

—El arte nunca es peligroso, Jane —dijo—. Lo peligroso es lo que otros deciden hacer con él.
Jane dejó caer la mirada sobre Mark, como quien mide una daga.—Sobre todo cuando los reyes escuchan —replicó, y se esfumó, dejando tras de sí un olor a lavanda que parecía un rastro de incendio.

Las campanas de mediodía convocaron a un banquete pequeño con un propósito grande: agasajar a los embajadores de Francia y, sin decirlo, medir lealtades. El salón estaba vestido de granate y oro, como si la sangre ya se hubiese decidido por la realeza. Catalina ocupó el lugar a la derecha del rey, rígida y serena; su rostro, tallado por la fe, parecía prometer paciencia hasta el martirio. Enrique miraba más allá: hacia el hueco donde Ana debía aparecer.

Ella entró tarde, no por descuido sino por estrategia, dejando que su ausencia armara su silencio. Vestía negro profundo con ribetes de oro viejo; un B pequeña, apenas insinuada, colgaba a la altura del corazón como una letra de fuego. La sala se inclinó hacia ella sin moverse. Enrique se puso de pie.

—Al fin —dijo, sin molestarse en disimular el hambre.

Hubo sonrisas, hubo cuchillos bajo las sonrisas. Un embajador francés se adelantó y pidió el honor de la primera danza. Enrique aceptó con una solemnidad que no engañó a nadie. Al son de un laúd y un tambor suave, Ana dejó que el francés la guiara; el hombre olía a cuero limpio y a clavo, y tenía la cortesía de los que saben ganar sin parecer que vencen. Ana le sonrió con gratitud justo cuando la mano de un rey se interpuso.

—Mi turno —dijo Enrique, arrebatando con delicadeza violenta a su pareja.

El salón soltó un murmullo como el zumbido de un panal herido. Catalina clavó los dedos en el borde de su copa hasta que sus nudillos se volvieron cal. El laúd cambió de tono: la música comenzó a arder. Enrique apretó la cintura de Ana con una posesión que no admitía pregunta.

Ella, por un instante, quiso arrancarse de ese abrazo y huir a campo abierto, descalza, sin nombre; otro instante después, el deseo la encadenó con hierros invisibles. Bailaron como dos incendios que se reconocen. Cuando la danza terminó, él no la soltó.

—Vendrás conmigo —dijo, sin mirar a nadie más.

Y se la llevó. La cámara donde Enrique recibía a sus íntimos no estaba hecha para Dios, sino para su vanidad: mapas, armas, trofeos de caza, tapices que mostraban reyes antiguos rindiendo cuentas a un sol que tenía su rostro. Cerró la puerta con un golpe seco. La madera tembló.

—A partir de hoy —dijo—, no te sentarás lejos. No te ocultarás detrás de columnas ni damas ajenas. Te quiero a mi lado. A mi lado, ¿me oyes? — Repitió, como si la corte entera debiera grabarlo.

—Hay una reina, señor —respondió Ana, eligiendo cada palabra como se elige una piedra para cruzar un río— Hay un altar. Hay una Inglaterra católica que mira.

Enrique sonrió con una sonrisa que contenía una herejía.

—Entonces mirarán —susurró—. Y verán lo que sucede cuando un rey decide desear.Se inclinó y besó la palma de su mano. Ese gesto, tan tierno en otro mundo, se sintió en este como un sello real: cera caliente sobre piel.

—Roma me encadenó con promesas que ya no me visten —continuó—. Catalina me dio obediencia, pero no hijo. Tú… —la miró de arriba abajo con un hambre que casi era rezo— Tú me das vida.

Ana quiso hablar del mensaje, del cuervo, del relicario con sangre seca, del miedo que tenía forma de escalera al cadalso. En su lugar, dijo:

—La vida del rey es fuego, Enrique. Quema lo que toca. —Y cuando el fuego nos calienta, ¿quién desea el hielo? —contestó, ya ebrio de su propia retórica— Hoy mismo enviaré mi voluntad a Roma. Hoy mismo les diré que quiero mi libertad.

La palabra libertad cayó en la mesa como un hacha nueva. Un escalofrío le recorrió la espalda a Ana. Libertad para él significaba jaula para ella.

Esa tarde, a pedido del rey, hubo máscara. Los techos se cubrieron de telas azules salpicadas de estrellas pintadas; las damas lucieron plumas de pavo real; los caballeros se escondieron tras antifaces que parecían pecados con la forma pulida. Ana, en seda negra, llevaba un antifaz recortado como dos alas de mariposa nocturna. Enrique apareció vestido de sol: capa dorada, corona sin rubíes, una exuberancia infantil que se volvía peligrosa nada más verlo.




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