Corona Maldita

Las Voces del Palacio

La noche se había deslizado sobre Whitehall como un manto de terciopelo negro, salpicado de estrellas que parecían ojos vigilantes. En esa oscuridad suave, la corte murmuraba como un enjambre inquieto: nadie dormía realmente. Las paredes, acostumbradas a siglos de secretos, parecían tomar forma para escuchar, tragar, repetir.

Ana caminaba por la galería iluminada por antorchas con un paso más firme del que sentía. Sabía que cada sombra podía ser un oído, cada cortina un cómplice, cada sirviente un mensajero de Cromwell.

La grieta en el espejo del capítulo anterior continuaba dentro de ella: había un filo nuevo en su alma, una agudeza que le abría los sentidos. Acarició el trenzado de su cabello, ahora suelto sobre su espalda, y caminó sin mirar hacia atrás.

Era noche de intrigas y también de amor.Porque esa tarde Enrique le había enviado una nota, escrita con letras rápidas, casi desesperadas:

Ven a mí. El mundo callará cuando te tenga entre mis manos.

Ana apretó el papel contra el pecho como quien aprieta una daga y una promesa al mismo tiempo.

El rey la esperaba en la Cámara del Fénix, un salón privado cuyo techo pintado representaba un ave reencarnándose entre llamas. Ana siempre creyó que era un símbolo demasiado evidente para Enrique: moría y resurgía constantemente, pero cada vez más oscuro. Cuando entró, él estaba de espaldas, mirando por la ventana abierta. La luna bañaba su figura robusta en una luz plateada. Parecía un dios antiguo contemplando su reino.

—Has tardado —dijo sin volverse.

—No soy una criada para que me exijas puntualidad —respondió ella con un filo juguetón.

Solo entonces él se giró. Y su mirada fue como un golpe: intensa, turbia, peligrosa y ansiosa.

—Eres mi condena —susurró— Y mi única absolución.

La tomó de las muñecas, sin brusquedad pero con una fuerza que parecía un ruego. Ana sintió la mezcla abrumadora de amor, temor, poder y obsesión.

—¿Qué quieren de ti ahora? —preguntó ella, rozándole la barba con la yema de los dedos.

—Me quieren obediente, frío, imparcial —rió con amargura— No entienden que un rey también puede sangrar.

Ana lo atrajo hacia sí.

—Tu sangre es fuego, Enrique. Y yo lo llevo en la piel.

Ese fue el estallido. Él la besó con la desesperación de quien se aferra a lo único real en un mundo lleno de máscaras. La levantó entre sus brazos y la apoyó contra la pared revestida en terciopelo. Las manos de Enrique trazaron su cintura con necesidad posesiva; la respiración de ambos se mezclaba en un espiral ardiente.

—Dime que soy el único —exigió él, con la voz rota por el miedo y el deseo.

—Siempre lo fuiste —respondió Ana, deslizando sus labios por su cuello — Eres mi rey, mi cruz y mi perfume.

Él respiró hondo, tembloroso.

—Me estoy volviendo loco —admitió— No duermo. No como. Miro las cartas de Cromwell y quiero quemarlas, y sin embargo… las leo. Cada palabra me muerde. Me dice que te estoy perdiendo.

Ana tomó su rostro entre las manos.

—Mírame, Enrique. Mírame bien. ¿Ves duda en mis ojos?

Él negó con la cabeza.

—Pero veo sombra… —susurró.

—La sombra no es por otro hombre —respondió ella, y su voz se volvió un hilo de seda afilada— La sombra viene de ti. Porque me amas con violencia. Porque me deseas para ti solo, incluso cuando duermo.

Ese reconocimiento lo estremeció. La pasión volvió con una fuerza más íntima, más oscura. Enrique la tomó de la cintura, la acercó al lecho y la sostuvo entre las sábanas de brocado dorado. La noche se volvió un territorio ardiente entre ellos. Cada caricia era un pacto, cada suspiro un juramento, cada roce un incendio.

Cuando el ardor bajó a un murmullo, él ocultó el rostro en el cuello de Ana, como un niño, como un rey roto.

—Quiero creer en ti —susurró— Pero el reino me exige dudas. Me exige sospecha. Me exige un hijo.

Ana cerró los ojos. Su vientre estaba vacío, pero su corazón rebosaba.

—Solo puedo darte lo que el cielo me permita. Pero soy tuya, Enrique. Tuya más allá del miedo, del trono, incluso más allá de la muerte.

Él la miró con algo parecido al terror.

—No digas esas cosas —rogó.
Ana sonrió.

—Todo amor grande coquetea con la muerte, mi rey. Y el nuestro ya la huele a distancia.

Mientras Ana y Enrique vivían ese instante de pasión desesperada, en otra ala del palacio Cromwell cumplía su trabajo con precisión quirúrgica. La cámara del Consejo estaba llena de hombres de mirada pesada: Norfolk, Suffolk, Fitzwilliam. Todos murmuraban frases cargadas de veneno.

—La reina divide al reino.

—La reina está aislando al rey.

—La reina favorece a ciertos caballeros.

—La reina ríe demasiado con hombres jóvenes.

Cromwell no añadía nada. Solo guiaba. Preguntaba. Sonreía. Abría silencios que otros llenaban. Cuando finalmente habló, lo hizo con suavidad mortal:

—No juzgamos todavía. Observamos. Y protegemos al rey de la traición, incluso si viene del corazón más cercano.

Norfolk apretó los labios.

—Será difícil para Su Majestad enfrentar la verdad.

Cromwell bajó la mirada con fingida misericordia.

—El rey ya empieza a oírla.

Al amanecer, Ana regresó a sus aposentos. La pasión de la noche la había dejado exhausta, pero también encendida. Esa llama era peligrosa, lo sabía, pero también la única luz verdadera que le quedaba. Al entrar, encontró a Mary Wyatt llorando en silencio.

—¿Qué ocurre? —exigió Ana.
Mary se arrodilló ante ella.

—Mi lady… han arrestado al músico Mark Smeaton. Lo… lo están interrogando.

Ana sintió un golpe en el pecho, como si el aire se fracturara.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Dicen que… que él… — Mary no pudo terminar — Está confesando cosas. Cosas contra vos.

Ana retrocedió un paso.

—¿Cosas? ¿Qué cosas?

Mary tembló.

—Dicen que lo están obligando. Que si no confiesa morirá.




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