Corona Maldita

Sangre en Whitehall

La sangre todavía estaba fresca cuando Enrique VIII llegó al patio norte.

La lluvia caía lentamente sobre los cuerpos de los guardias degollados, formando pequeños ríos rojizos entre las piedras de Whitehall. Las antorchas agitadas por el viento convertían la escena en una pintura infernal: acero, agua y muerte.

Y en medio de todo, la pequeña corona de Isabel. Enrique permaneció inmóvil durante varios segundos. Demasiado inmóvil. Los soldados alrededor comenzaron a bajar lentamente la cabeza. Nadie se atrevía a respirar fuerte cerca del rey cuando tenía esa expresión. Porque ya no parecía un hombre.

Parecía una tormenta intentando tomar forma humana. Ana llegó detrás de él envuelta en una capa oscura. Apenas vio la sangre sintió que el mundo se inclinaba peligrosamente bajo sus pies.

—Dios mío…

Enrique giró lentamente hacia ella. Y Ana retrocedió un paso involuntariamente. No por miedo a que le hiciera daño. Sino porque jamás había visto tanto odio acumulado en unos ojos humanos. El rey sostuvo la coronita ensangrentada entre los dedos como si fuera un corazón arrancado.

—Querían tocar a mi hija.

La voz salió baja. Demasiado baja. Eso fue peor. Porque Ana comprendió inmediatamente que algo acababa de romperse dentro de él. La noticia recorrió el palacio antes del amanecer.

Intentaron atacar a la princesa.”

“Los enemigos de Ana quieren destruir la línea Tudor.”

“Hay asesinos dentro de Whitehall.”

“Cromwell aún mueve hilos desde las sombras.”

Los corredores comenzaron a llenarse de soldados armados. Las puertas fueron cerradas. Los criados interrogados. Las damas vigiladas. El amor del rey se transformó en paranoia. Y Whitehall comenzó a parecerse más a una prisión que a un palacio. Enrique no soltó la mano de Ana en toda la mañana. Ni siquiera durante el Consejo.

Entró al gran salón con ella a su lado mientras los nobles observaban en absoluto silencio. El rey parecía salido de una leyenda oscura: vestido completamente de negro, alto, hermoso, con los ojos encendidos por el insomnio y la furia. El sufrimiento lo había vuelto irresistible.

Incluso los embajadores extranjeros parecían incómodos ante su presencia. Había algo magnético en él ahora, algo salvaje, como si el amor y la violencia estuvieran luchando constantemente bajo su piel. Ana lo sintió apretar su mano apenas entraron. No quería que nadie la tocara. Ni siquiera con la mirada.

—Majestad — comenzó Norfolk cuidadosamente.

—Habla rápido —cortó Enrique.

El anciano tragó saliva.

—El ataque de esta noche demuestra que hay una conspiración activa dentro del palacio.

—Lo sé.

—Y quizá… —Norfolk dudó— …deberíamos trasladar a la princesa Isabel a otro lugar seguro.

El salón entero quedó en silencio. Ana sintió inmediatamente la tensión en el cuerpo del rey. Mortal. Enrique levantó lentamente la mirada.

—¿Alejar a mi hija de mí?

Norfolk palideció.

—Solo hasta que encontremos a los responsables.

—¿Y quién dice que no están también fuera de estas paredes? —rugió Enrique poniéndose de pie violentamente—. ¡No confiaré mi sangre a nadie!

El rey descendió los escalones del trono. Sus ojos estaban completamente fuera de control.

—¡Escuchadme todos! —tronó—. Quien vuelva a acercarse a Ana o a Isabel con intención de dañarlas será ejecutado sin juicio. ¡Sin importar nombre, título o sangre!

El miedo atravesó el salón entero. Ana observó a Enrique con angustia. Cada vez que intentaban tocarla él se hundía más. Aquella noche, Whitehall olía a lluvia y humo.

Enrique permanecía despierto junto al fuego mientras Ana dormía abrazada a Isabel. El rey las observaba como un hombre observando las únicas dos cosas sagradas que le quedaban en el mundo. La luz de las llamas recorría lentamente sus facciones jóvenes y hermosas. Pero ahora había algo más. Oscuridad.

La guerra interior lo estaba desgarrando. Tomó una copa de vino y la dejó inmediatamente. No quería embriagarse. Quería recordar cada segundo. Porque el miedo de perderlas lo estaba devorando vivo. Entonces Ana abrió lentamente los ojos. Lo encontró observándolas.

—¿Otra vez sin dormir?

Enrique sonrió apenas. Dios…

Incluso agotado seguía siendo hermoso. Y eso dolía. Porque Ana sabía que aquella belleza venía de la intensidad con la que amaba. Y las llamas demasiado intensas siempre terminaban consumiéndose. Ella se incorporó lentamente dejando a Isabel dormida.

—Ven aquí.

Enrique obedeció inmediatamente. Siempre obedecía cuando Ana usaba esa voz suave. Ella acarició lentamente su rostro.

—Te estás destruyendo.

Él cerró los ojos ante el contacto.

—No puedo evitarlo.

—Sí puedes.

Enrique negó lentamente.

—No cuando pienso que casi te pierdo.

Ana sintió un nudo en la garganta. El rey apoyó la cabeza contra su pecho como si necesitara escuchar los latidos de ella para seguir respirando.

—Cuando estabas en la Torre — murmuró — sentí que el mundo se vaciaba.

Ana le acarició el cabello lentamente.

—Estoy aquí.

—Pero siguen intentando arrancarte de mí.

El silencio se volvió pesado. Porque ambos sabían que era verdad. Mientras tanto…

En los sótanos de Whitehall, Thomas Cromwell sonreía en la oscuridad. Aunque seguía prisionero, ya había comprendido algo fundamental: El rey estaba perdiendo el control. Y un rey dominado por el amor era un rey vulnerable. Un guardia abrió la celda para dejar comida. Cromwell levantó lentamente la vista.

—¿Cuántos murieron esta noche?

El hombre dudó.

—Tres.

Cromwell sonrió apenas.

—Entonces el miedo ya empezó a caminar por Whitehall.

El guardia tragó saliva.

—¿Fuiste tú?

La sonrisa del ex consejero se ensanchó.

—No hace falta mover una espada cuando ya plantaste el terror dentro de las personas correctas.

Los días siguientes fueron peores. Cada noche aparecía algo nuevo. Un símbolo pintado con sangre. Una carta anónima. Un sirviente desaparecido. Un caballo degollado. Una daga escondida entre las mantas de Isabel. Whitehall se estaba convirtiendo en una pesadilla. Y Enrique…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.