Corona Maldita

La Rosa y el Hacha

Whitehall ya no dormía.

El incendio de la noche anterior había dejado el ala norte reducida a huesos negros y humo. El olor a madera quemada se mezclaba con perfume, cera y miedo. Los corredores parecían respirar paranoia. Las antorchas ardían incluso de día. Los guardias caminaban con las manos sobre las espadas.

Y en el centro de aquella tormenta Ana Bolena. La rosa que había incendiado Inglaterra. El amanecer encontró a Enrique VIII despierto junto al ventanal de los aposentos reales. La lluvia caía lentamente sobre Londres, y el rey observaba el horizonte como si quisiera encontrar allí alguna respuesta que no existía dentro del palacio.

No llevaba corona. No la necesitaba. Porque incluso destruido seguía irradiando autoridad. El amor lo había vuelto ferozmente hermoso.

Más joven.

Más intenso.

Más peligroso.

Sus ojos claros parecían consumidos por una fiebre luminosa; su cabello rojizo, apenas desordenado por noches sin dormir, caía sobre su frente con un salvajismo elegante que hacía que las damas de la corte apenas pudieran sostenerle la mirada. Ya no era el rey cómodo de los banquetes interminables.

Ahora parecía un monarca salido de una tragedia antigua. Un hombre capaz de besar… o destruir… con la misma intensidad. Y Ana lo sabía. Porque había comenzado a ver algo aterrador: El amor estaba transformándolo. Ana despertó lentamente. Lo observó desde el lecho en silencio. Enrique parecía una estatua construida con tormentas. Había sangre seca todavía en uno de sus guantes. La visión le apretó el corazón.

—Sigues despierto… —susurró.

Él giró inmediatamente hacia ella. Y aquella reacción inmediata, casi desesperada, volvió a herirla por dentro. Porque el rey ya no descansaba realmente lejos de ella. Enrique caminó hasta el lecho y se sentó a su lado. Sus dedos recorrieron lentamente el rostro de Ana como si necesitara comprobar nuevamente que seguía viva.

—Tuve otro sueño — murmuró.

Ana tragó saliva.

—¿Sobre qué?

Él sonrió apenas. Pero fue una sonrisa rota.

—Sobre el cadalso.

El silencio cayó brutalmente entre ambos. Ana sintió un frío atravesarle la espalda. Enrique apoyó lentamente la frente contra la de ella.

—Te veía vestida de blanco — susurró — Y yo llegaba demasiado tarde.

Ana cerró los ojos. La profecía seguía respirando entre ellos. Siempre. Incluso cuando se abrazaban. Incluso cuando se amaban. El destino caminaba detrás de ambos como un verdugo paciente. Más tarde, el Consejo Real se reunió nuevamente. La tensión era insoportable.

Varios nobles evitaban mirar directamente al rey. Otros observaban a Ana con una mezcla de temor y odio. Porque desde su regreso, Whitehall se había convertido en una tierra maldita. Muertes. Incendios. Amenazas. Conspiraciones. Muchos comenzaban a creer que amar a Ana Bolena atraía desgracias. Y algunos ya comenzaban a llamarla en secreto:

La Rosa Negra.

Enrique entró al salón acompañado por ella. El silencio fue inmediato. Ana sintió las miradas clavarse sobre su espalda como agujas. Entonces ocurrió algo inesperado. El embajador francés se inclinó hacia Norfolk y murmuró apenas audible:

—El rey parece más enamorado que nunca.

Y era verdad. Se notaba. Enrique caminaba como un hombre dispuesto a arrancarle la garganta al mundo entero si alguien volvía a tocar a Ana. La obsesión ya no podía ocultarse. Durante la reunión, los informes fueron peores. Más amenazas. Más rumores. Más intentos de infiltración. Y luego llegó el golpe final.

—Majestad — dijo un consejero con voz temblorosa — El pueblo comienza a inquietarse.

Enrique levantó lentamente la mirada.

—¿Inquietarse?

—Muchos creen que los incendios, las muertes y el caos comenzaron con — tragó saliva — el ascenso de la reina.

El aire se congeló. Ana permaneció inmóvil. Enrique también. Pero el salón entero sintió inmediatamente algo horrible la furia del rey creciendo.

—Continúa —ordenó él con voz baja.

El hombre palideció.

—Algunos sacerdotes… dicen que Dios castiga Inglaterra por vuestra unión.

Silencio. Absoluto. Y entonces Enrique comenzó a reír. No fue una risa alegre. Fue algo mucho peor. Una risa hermosa y aterradora. Porque sonó completamente fuera de sí. El rey se puso de pie lentamente.

—¿Dios? —repitió con suavidad peligrosa— ¿DIOS?

El consejero retrocedió apenas. Enrique descendió lentamente los escalones del trono.

—Yo destruí Roma por esta mujer. Rompí reinos. Desafié Papas. Incendié mi propio destino. —Sus ojos brillaban peligrosamente— Y volvería a hacerlo.

Ana sintió un escalofrío brutal. Porque el amor ya no estaba calmándolo. Lo estaba convirtiendo en algo impredecible. Esa noche, Whitehall celebró un baile para aparentar estabilidad. Pero nadie estaba realmente tranquilo. La música sonaba como un intento desesperado de ignorar la guerra invisible creciendo dentro del palacio.

Ana descendió las escaleras principales vestida de rojo oscuro. El salón entero quedó en silencio. Parecía una reina salida de una pintura maldita. Hermosa. Elegante. Peligrosa..Y Enrique…

Dios.

Enrique casi dejó de respirar al verla. La observó como si el resto del mundo desapareciera. Como si únicamente existiera ella. Las damas presentes sintieron una punzada de envidia feroz. Porque jamás las habían mirado así. Jamás. El rey caminó lentamente hacia Ana.

—Estás deslumbrante.

Ella sonrió apenas.

—Y tú pareces un hombre dispuesto a empezar otra guerra.

Enrique sostuvo su mirada.

—Por ti… sí.

Aquellas palabras dolieron más de lo que deberían. Porque Ana empezaba a comprender algo devastador: El rey ya no sabía dónde detenerse. La música comenzó. Enrique la tomó de la cintura y empezaron a bailar lentamente entre los nobles.

Pero no era un baile. Era una despedida anticipada. La forma en que él la miraba… la tocaba… la acercaba…




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