Lo que quema en silencio
Alaric
Maldita sea, Varya.
Aparecer justo ahora. Justo cuando todo lo que he construido está al borde del equilibrio.
No ha dicho mucho. No lo necesita. Su sola presencia es un anzuelo envenenado, un recordatorio de lo que fui… y de lo que intenté enterrar. Ella me conoce.
Sabe cómo provocar. Cómo romper sin levantar la voz.
Varya no necesita levantar garras para herir. Le basta con existir en el momento exacto.
Sabe dónde está mi punto débil.
Y esta vez, no es ella.
Es Jessed.
Y lo ha notado.
Ha notado cómo la miro.
Cómo mis ojos la siguen, aunque no lo quiera.
Ha notado cómo se me tensa la mandíbula cuando alguien más la nombra.
Cómo mi lobo ruge por dentro cada vez que ella camina con esa elegancia cruel de quien no pide perdón por ser deseo puro.
Sabe que estoy cayendo.
Y eso la devora.
A Varya no le duele perderme como hombre.
Le duele perder el control.
El lugar que creía intocable.
El poder.
Y sé lo que va a hacer.
Convertirse en tormenta.
Pero ahora no puedo ocuparme de ella.
Porque Jessed... Jessed está herida.
No dice nada.
No me mira como antes.
No necesita hacerlo.
Lo siento.
En el temblor leve de su pulso.
En el aroma más agudo de su piel.
En ese orgullo que empieza a resquebrajarse, aunque su espalda siga recta.
Y eso…
Eso me quema.
Todo en mí la quiere.
No solo como mujer.
No solo como loba.
La quiero como reina.
Como compañera.
Como igual.
Y eso me da miedo.
Quiero tocarla.
Quiero llevarla lejos.
Quiero marcarla de una vez.
Silenciar a todos, incluso a ella.
Que no haya más preguntas.
Ni dudas.
Ni distancia.
Pero si lo hago ahora…
Aquí, en este salón lleno de ojos.
Frente a su padre.
Frente a los testigos.
Frente a Varya...
Sería una declaración.
Una declaración de guerra.
Y no puedo darla.
No todavía.
Ella necesita elegirme también.
No como parte de un contrato.
No como imposición de poder.
Sino como alguien que ve al lobo y, aún así... no huye.
Cierro los ojos un instante.
Recuerdo su voz en el pasillo, la noche en que casi nos besamos.
Cómo me desafió.
Cómo me deseó.
Cómo me negó.
Y ahora está frente a mí.
Con la tinta aún fresca en el contrato.
Con el corazón cubierto de escarcha.
Con los labios sellados de orgullo.
Pero sé lo que quiere.
Lo huelo en su respiración.
Lo siento en su aura.
Jessed quiere pertenecer a algo. A alguien.
Pero no está dispuesta a rendirse sin lucha.
Y eso…
Eso la hace más mía que cualquier marca.
Así que, por ahora, respiro.
Aguanto.
Me muerdo las palabras y las garras.
Y dejo que la tinta seque.
Pero que todos lo sepan:
Cuando llegue el momento…
No voy a pedir permiso.