El Gran Salón del Palacio de la Concordia está a reventar. El ambiente es tenso; la mitad de la corte viste de azul invernal y plata, mientras que la otra mitad luce negro absoluto con detalles dorados.
En el centro de todas las miradas está Aria Winterbourne. Su vestido azul bebé con detalles crema se mueve con una elegancia milimétrica mientras camina con las manos al frente, manteniendo la fachada perfecta que su reino exige, aunque por dentro sus nervios están a punto de congelar el suelo.
La música cambia a un vals lento y solemne. Es el momento del pacto.
Desde el lado oscuro del salón, Damian Ashcroft avanza. Su imponente estatura de casi un metro noventa y su traje completamente negro hacen que la multitud se abra a su paso. Lleva su corona de oro sobre el cabello castaño y una expresión de absoluta arrogancia en el rostro. Cuando llega frente a ella, no hace una reverencia sumisa; la mira fijamente a los ojos, desafiándola.
Damian rompe el estricto protocolo real al tomarla de la cintura con firmeza, atrayéndola hacia él más de lo permitido. El contacto físico es un choque eléctrico. Al instante, una fina capa de escarcha empieza a subir por el brazo negro del traje de Damian, mientras que el calor corporal de él amenaza con evaporar el control de Aria. Se odian, sus reinos han derramado sangre por siglos, y ahora están obligados a bailar simulando una paz que no existe. Mientras giran bajo las luces del salón, fijando sus ojos el uno en el otro, Damian le susurra al oído con voz ronca:
—Mantén tu hielo bajo control, princesita, o esta noche quemaré todo tu reino entero comenzando por ti—.