La mandíbula de Aria se tensa, pero no aparta la mirada. En lugar de intimidarse, clava sus ojos claros en las pupilas desafiantes de Damian. El vals continúa y ella desliza su mano con delicadeza pero con una fuerza helada sobre el hombro de él.
La temperatura alrededor de ambos desciende drásticamente, haciendo que el aliento de los nobles más cercanos se convierta en vapor.
—Inténtalo, Ashcroft—, responde ella en un susurro gélido que promete tormenta. «Mis ancestros congelaron imperios enteros. Tus llamas no son más que cenizas esperando ser apagadas».
Damian sonríe con arrogancia, disfrutando del fuego que acaba de provocar en el temperamento de la princesa. Sus dedos se aprietan un poco más en la cintura de Aria, rompiendo la distancia formal. El calor que emana de su cuerpo es asfixiante para ella, una energía indomable que fluye bajo la tela negra de su traje. Las chispas invisibles de su magia elemental de fuego chocan contra la barrera protectora de escarcha que Aria levanta instintivamente entre ambos.
Cuando la última nota del vals resuena en las paredes de mármol, ambos se detienen en seco, perfectamente sincronizados pero con los corazones latiendo desbocados por la rabia contenida. El público estalla en aplausos, interpretando la letal tensión como pura pasión cortesana. Damian da un paso atrás, rompiendo el contacto físico con una lentitud exasperante, y le ofrece una reverencia burlona. Aria le regala una sonrisa gélida y perfecta ante las cámaras y los ojos de los reyes. La guerra ha sido declarada en el salón de baile, y el matrimonio forzado apenas está por comenzar.