Coronas de fuego y hielo

Capítulo 3: El Pacto de las Cenizas

Al día siguiente del baile, el Consejo Real convoca a los herederos en la Sala del Trono de Obsidiana para firmar las actas del compromiso. El ambiente ya no tiene el glamour de la noche anterior; es un frío negocio de Estado. Aria se sienta a un extremo de la larga mesa de piedra, vestida con un traje formal de sastre color azul marino, con su tiara de diamantes brillando bajo la luz del día. Damian está al frente, con los brazos cruzados, la camisa negra remangada revelando sus brazos musculosos y el intrincado tatuaje que sube hasta su muñeca, justo al lado de su reloj de oro.

Los cancilleres leen las cláusulas: compartir territorios, unificar los ejércitos elementales y, lo más difícil, la residencia compartida en el Castillo Neutral de la Frontera durante el año de compromiso. Aria firma el pergamino con una pluma de plata, dejando un rastro de escarcha en el papel que se desvanece de inmediato. Cuando es el turno de Damian, él toma la pluma, pero antes de firmar, clava su mirada arrogante en ella.

—Un año entero encerrados en el mismo castillo, Winterbourne. ¿Crees que tu preciado autocontrol dure tanto tiempo antes de que lo derrita por completo?—, provoca él con una sonrisa ladina.

Aria apoya los codos en la mesa y entrelaza sus manos con total elegancia.

—Me preocupa más tu supervivencia, Damian. El invierno es implacable con las cosas frágiles, y no querría que tu fuego se extinga antes de la boda—.

Damian suelta una carcajada seca, firma el documento con un trazo firme y la mesa de obsidiana vibra levemente con un destello de calor.

El pacto está sellado con sangre y magia. Ya no hay marcha atrás: están atrapados el uno con el otro, y el viaje hacia el castillo fronterizo comenzará al amanecer.




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