Aria ignora la provocación de Damian y clava sus ojos en el libro que él sostiene con fuerza. Su instinto real, entrenado para detectar amenazas políticas, se enciende de inmediato.
—¿Qué hace el heredero del Fuego leyendo textos prohibidos por la Alianza en nuestra primera noche aquí?—, inquiere ella, avanzando con paso firme mientras el suelo bajo sus pies descalzos se cubre de una fina capa de hielo brillante.
Damian se levanta del sillón, aprovechando toda su altura para quedar a escasos centímetros de ella. El calor de su presencia choca contra la ola de frío de Aria, creando una pequeña cortina de vapor entre ambos.
—Si supieras un poco más de lo que pasa fuera de tus palacios de hielo, sabrías que este libro no es una provocación, Winterbourne. Es una advertencia—, responde él, bajando la voz a un tono peligrosamente serio. Abre el manuscrito y le muestra una página iluminada con tinta dorada donde se describe una profecía: el regreso de la Sombra Elemental, una fuerza oscura que consume tanto el fuego como el hielo.
Aria observa los dibujos antiguos y siente un escalofrío que nada tiene que ver con su magia. Por primera vez, se da cuenta de que la arrogancia de Damian oculta una carga mucho más pesada.
—¿Crees que alguien está intentando usar esto contra nuestros reinos?—, pregunta ella, olvidando por un momento su hostilidad.
Damian la mira fijamente, y por primera vez en sus ojos verdes no hay burla, sino una determinación implacable.
—No lo creo, lo sé. Alguien provocó esta tregua para juntarnos aquí y eliminarnos al mismo tiempo. Así que, o aprendemos a usar nuestras magias sin matarnos entre nosotros, o este castillo será nuestra tumb—».