Coronas de fuego y hielo

Capítulo 6: El Primer Entrenamiento

El sol apenas despunta sobre las montañas de la frontera cuando Aria entra a la arena de combate subterránea del castillo. Se ha quitado el vestido real y viste ropa cómoda de entrenamiento: un corpiño de cuero reforzado color azul oscuro y calzas ajustadas que le permiten moverse con total libertad. Su cabello castaño claro está recogido en una trenza alta. No pasa ni un minuto antes de que las pesadas puertas de hierro se abran, revelando a Damian.

Él viste una camiseta negra sin mangas que deja al descubierto sus brazos musculosos, cubiertos por el intrincado tatuaje oscuro, y unos pantalones oscuros con botas de combate. En sus manos sostiene dos dagas de entrenamiento de madera reforzada. Al verla, una sonrisa arrogante vuelve a dibujarse en sus labios. «Espero que estés lista para sudar, Winterbourne. En el sur no peleamos con sutilezas cortesanas», dice, lanzándole una de las dagas.

Aria la atrapa en el aire con un movimiento limpio. «La sutileza es para los que no tienen poder real, Ashcroft. Atácame», desafía ella, plantando los pies en el suelo arenoso. Al instante, el aire de la arena se vuelve gélido y pequeños cristales de hielo comienzan a flotar a su alrededor, respondiendo a sus emociones.

Damian no se lo piensa dos veces. Se impulsa hacia el frente con una velocidad asombrosa para su tamaño. El primer choque de sus armas resuena en toda la caverna. Damian ataca con fuerza bruta y movimientos descendentes, obligando a Aria a retroceder, pero ella es más ágil. Esquiva un golpe girando sobre su propio eje y, con un movimiento rápido de su mano libre, lanza una ráfaga de estacas de hielo directo al pecho de él. Damian reacciona bloqueándolas con el antebrazo, rodeándolo al instante de una llamarada de fuego negro que evapora el ataque en un siseo de vapor.

«Buen intento», murmura Damian, apareciendo detrás de ella a través de la cortina de humo. Con un movimiento rápido, la toma por la muñeca y la hace girar, atrapándola de espaldas contra su pecho, con el filo de su daga de madera apoyado suavemente contra la garganta de ella. El calor de su cuerpo es abrumador. «Muerta», susurra él cerca de su oído, con la respiración agitada. Aria sonríe de lado, sintiendo el latido acelerado de Damian contra su espalda. «Mira hacia abajo, príncipe», responde ella. Damian baja la vista y nota que sus propias botas están completamente congeladas y pegadas al suelo. Aria se desliza fuera de su agarre con elegancia, apuntándole al corazón. «Empate».




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