El metal se estrelló contra el suelo, delatando así un fuerte sonido que podría haberse escuchado a kilómetros. El eco de su seguridad retumbó por todas las paredes, pero a nadie molestó. El sucucho no era la gran cosa, pilares de piedra y un ventanal que daba acceso a todo aquel que deseara tomar algo. Los valthanos se acercaban en multitudes, rodeados de sus pares y elevando sus voces en busca de más bebidas:
—Una ronda más para esta victoria —exclamaban. Sus barbas manchadas con extraños líquidos y los brazos magullados por los golpes. — ¡Corre por mi cuenta!
Aquel joven que atendía, sucumbía a sus deseos en silencio, sin emitir sonido alguno. Dejó de golpear sus metales y se acercó a la barra, acompañado de su viejo amigo, un hombre entrado en años que se había dedicado toda su vida a servir. Pero jamás a la guerra, jamás a la muerte.
Entre todo ese montón de hombres, efusivos mediante gritos y alabanzas entre sí, se escondía una joven de ojos rasgados y azules. Sus botas de cuero pisaron el suelo con firmeza, sin pedir disculpas ni permiso. Los caballeros se movieron, dándole espacio y procurando no chocar con su presencia.
Un par de manos la saludaron de lejos con orgullo y otros la miraron con el ceño fruncido, pero apenas llevó su puño al corazón, los demás la siguieron:
—¡Nek sholneth yö gesa, sholneth yö dralôn!
—¡Nek sholneth yö gesa, sholneth yö dralôn! ¹—su mano apuntó al cielo al igual que su vista, invocando a la Luna Roja. La manada copió sus palabras y, en segundos, la música llenó el pequeño espacio y la gente empezó a cantar y danzar, en mérito de la felicidad.
Tenía el rostro manchado con sangre, pero nada muy diferente a su estado natural. A su alrededor, la gente lucía igual de sucia o incluso peor, ¿Pero acaso importaba? Habían demostrado, otra vez, ser capaces de aniquilar a todo un pueblo con sus propias manos.
Sus piernas tocaron el taburete de la barra y, con el rostro como testigo de la guerra, se limitó a esperar. Ansiosa en ver a aquel pelirrojo que le serviría un trago dulce y fresco, perfecto para calmar su sed y las imágenes de su cabeza.
—Dijiste que solo irían a buscar comida. —le reprochó apenas se acercó. Sus ojos penetraron con el lila de los suyos, tenía el cabello tan rojo como el vino y las extremidades tan gruesas como un Dios de la mitología.
—Y así fue. —le respondió con simpleza. Él extendió una copa hacia Zephir, cargada de algún líquido espeso y oscuro. Su olor era antinatural, como si hubiera sido sacado de las mazmorras más sucias de Skarneth.
—No tenía ni idea de que los pescados sangraban de esa manera. —la pelinegra dio un suspiro, sin mostrar un ápice de contento en su oír. –Tampoco que se considerara victorioso cazar por comida; una actividad común, me atrevo a decir. –Lo ignoró. No tenía derecho a molestarse por algo de lo que no podía ser responsable.
A sus espaldas, los hombres conversaban y aleteaban sus brazos en arduas imitaciones de lo que había sucedido en aquellas noches. Golpeaban las mesas mientras soltaban carcajadas y sus voces se confundían con la ruidosa música del lugar. La soldado levantó su copa en agradecimiento con aquel chico, aunque pareció un movimiento sarcástico y finacató con un largo trago que le refrescó la garganta. Sus cejas se fruncieron mientras la observaba con atención, a pesar de tantos años, seguía sin comprender cómo era capaz de beber aquella asquerosidad sin inmutación.
—Pensé que habían despedido a los licobithas². —dijo luego de un rato. El sonido energético del salón provenía de unas pequeñas manos con uñas largas y filosas, sus pulmones nuevos disfrutaban de soplar en el pico de la gaita y el tambor marcaba un ritmo altanero que provocaba bailes típicos en medio de la pista.
—Es difícil hacerlo cuando no escuchan a nadie. Además, aceptaron trabajar sin paga.
—¿Acaso soplar una gaita es trabajo? —se quejó ella, mirando sus manos mientras quitaba de ella sus guantes y otras prendas incómodas de su traje. —Yo podría hacerlo.
—Podrías. —le sirvió otra copa. —¿Pero entonces quién iría en busca de comida y volvería con una guerra?
—Terminamos con una guerra. —lo corrigió. —Ellos nos atacaron, de ninguna manera podría un ombri³ sangrar de este modo.
—¿Y qué sucedió realmente?
—No estoy segura. —respondió, bebiendo de su trago más relajada. —Estaba ayudando a pescar cuando se acercaron a nosotros con armas y disfraces.
—¿Quiénes fueron?
—Algunos dicen que nalgeritas, otros piensan que fueron cambiaformas haciéndose pasar por ellos.
—¿Mapeds⁴? —asintió—¿Y tú cuál crees que es la verdad?
—Bueno... —ella rebuscó entre sus ropas. Llevaba protección por todo el cuerpo, los colores oscuros combinaban con el terrible olor de la sangre y otras manchas desconocidas. —¿Los mapeds no pueden solo mantener sus figuras durante cuarenta estrellas? —él afirmó con la cabeza. Su pueblo había estado fuera durante al menos dos lunas grises, de ser mapeds, no habrían sido capaces de luchar ni siquiera una entera. —Y ellos siempre tienen una falla.
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Editado: 26.08.2026