El piso de la taberna se encontraba reluciente. Los niños con pulmones sanos, sus manos filosas y delgadas terminaban de limpiar su desastre luego de derramar botellas enteras de umo¹.
Zephir caminó cerca de ellos. Los pequeños y redondos ojos de los menores se perdieron entre sus caderas, fascinados por las armas que colgaban de ella y las manchas que descansaban en su traje. Emanaba un olor espantoso, algunos llegaron a distinguir carbón, otros barro, humo, incluso sangre. Resultaba asqueroso, pero al mismo tiempo, era una clara señal de poder. En Valtoran, un soldado con mal olor era un claro indicio de estatus y experiencia.
Apoyó ambos codos en la barra, esperando a ver al pelirrojo. Los jóvenes susurraron entre sí al verla de cerca. No se trataba de una leyenda, sino de algo más grande: de Zephir gui Valtoran, una de las únicas mujeres en el ejército valthano y, sobre todo, la primer soldado en asesinar a más de doscientos enemigos en una luna gris.
Con las Ruv Logîas se había convertido en un arma humana, lista para atacar cuando su reino lo necesitara. No había ganado fama solo en su región, todo Skarneth sabía de ella y su triunfo.
Uno de los niños corrió hacia su lugar. Sin decir palabra alguna, dejó una pequeña fruta sobre el mostrador y se acercó nuevamente hacia su manada. La ojiazul lo observó con desinterés, pero de inmediato entendió sus intenciones.
En su reino, se acostumbraba a dejar pequeñas muestras de respeto a los mayores monstruos, a los más temidos de su tierra. Era un pequeño cuento que se recitaba para licobithas: "Una manzana. Una manzana será suficiente para que no te conviertas en su víctima." Aunque normalmente era dirigido especialmente a seres mitológicos, como dragones con cinco cabezas, pescados con la habilidad de memorizar frases humanas, aves capaces de lanzar fuego o caninos con fuerzas inhumanas, el pequeño creía que ella era mucho más temible que cualquiera de esos seres.
Su mensaje era claro: "Te tememos y te respetamos; eres poderosa".
Diez pares de pies se encontraban formados en su dirección, unos pegados junto al otro, tenían el puño sobre su corazón. Un claro simbolismo de orgullo Valtoran.
Sus botas rechinaron contra el piso de madera cuando, todavía inexpresiva y silenciosa, se dirigió hacia los pequeños.
Uno de los jóvenes dio un paso atrás, lo notó de inmediato, pero no hizo nada al respecto. Otro de ellos le dio una mirada que llegó hasta sus pies. Estudiaron con cuidado su uniforme: guantes de cuero, botas largas y ropa oscura.
Trataron de saludarla, de espetar otra muestra de respeto, pero fueron incapaces. Sus ojos saltones parecía querer salir de sus órbitas al tratar de observarla con detenimiento, sus gargantas se secaron del miedo.
—Dicen que lleva en su piel la... —Una niña comenzó a hablar, pero el golpe de la puerta la interrumpió. Los pequeños saltaron en su lugar, pero Zephir solo escuchó atenta.
—¡Niños! ¡No molesten! —otra voz trató de ayudar, era un hombre con canas y de joroba protuberante. Se trataba del dueño de la taberna.
—Sigue. —le ordenó con voz ronca. Normalmente, no acostumbraba a hablar con niños y conocer sobre ellos, pero era imposible resistirse a un minúsculo ejército formado por su admiración. —¿Qué se dice de mí?
La niña titubeó un poco, sentía las miradas sobre su presencia y los nervios empezaron a escalar por sus pies. Su rostro se transformó poco a poco de color carmesí y, por primera vez, trató de observar sin temor a Zephir. Inclinó su cabeza, en busca de sus ojos azules y rasgados, pero no ayudó en absoluto.
Lucía más intimidante de lo que las historias decían, su cuello delataba algunas cicatrices y su mirada helada como el hielo congelaba la sangre de sus venas.
—¡Niños! —volvió a intentar el dueño de la taberna, pero tampoco se animaba a acercarse.
La pelinegra flexionó las rodillas hasta quedar a su altura, los niños ahora la observaban con más asombro.
Podremos decir que fuimos los primeros en tener a Zephir de cerca y salir con vida. Pensaron. Se arrodilló a nuestra altura, como si fuéramos un igual.
Sus ojos eran más opacos y oscuros de cerca, como si las heridas y la guerra le hubieran quitado el brillo natural de los infantes. Su rostro era delgado y contrastaba con los músculos de su anatomía.
No era una mujer demasiado delgada, pero era ágil y fuerte. La figura perfecta para combatir ejércitos por sí sola.
—¡Niños, vengan aquí! —aquel que en un principio se había alejado de ella, dio un paso adelante.
—Mi madre dice que usted en realidad es un orgullo, que es buena. ¿Usted cree en eso? —el hombre balbuceó un par de cosas entre dientes y se alejó, en busca de su empleador. No era un caballero de guerra, mucho menos uno capaz de acercarse a una mujer como Zephir.
—¿Qué razones tengo para creer que soy un orgullo?— esta vez la niña se acercó. La única muchacha de entre los hombres.
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Editado: 26.08.2026