Esa misma tarde Zephir se encontró en la enfermería oficial del ejército valtoran, revisando la herida en su cadera. Era profunda, pero nada importante para mantenerla demasiado preocupada.
En los entrenamientos, una de las primeras capacitaciones que reciben los soldados, está basada en anatomía. Las preguntas que debían hacerse constantemente eran: ¿Qué zonas son letales, dolorosas o, simplemente poco relevantes? Saber dónde y cómo atacar era una de las herramientas más poderosas que podían tener como miembros de sus tierras.
Para cuando la noche llegó, ya había preparado sus armas y raciones de comida para el viaje. Pasaría casi cien constelaciones navegando hasta llegar a Ilareia, debía mantenerse fuerte para cuando pisara esas tierras, y, sin comida no podría hacerlo. Tenía preparado un plan lo suficientemente eficaz para acabar con esta traición.
El muelle estaba desolado. En espera de la pelinegra solo habitaba una nave de aspecto escurridizo y fácil de ocupar.
Era uno de los barcos que ocupaban para misiones de encubierto. No contaban con banderas, ni siquiera escudos que facilitaran su identificación. Sería un simple náufrago por el océano skarnithano.
Tiró de una cuerda, tratando de lanzarla hasta la orilla de este para trepar por él, sin embargo, una navaja recorrió el costado de su rostro, atrapandose entre las maderas del vehículo.
Observó con detenimiento el arma, fue rápida, porque lo identificó de inmediato: Se trataba del cuchillo con el que Ruan la había apuñalado esa misma mañana. Apenas giró su torso, en busca del pelirrojo.
—Dijiste que ibas en busca de un arma. —La voz de Ruan no sonó ronca como esperaba, al contrario, estaba más espabilada que la de ella, como si llevara constelaciones enteras despierto.
—Ya tengo un puñal. —Respondió, pero él se rió.
—Esta es especialmente fabricada por mí. —se acercó hasta quedar frente, tirando del artefacto al lado de su rostro. Puso el material frente a sus ojos para facilitar su observación. —Es más ligero que el metal, pero mucho más filoso que la obsidiana. —Lo dio vuelta, mostrándole un hermoso grabado con figuras y escenas de guerras valthanas. —Su agarre es igual o más práctico de lo que deseaste siempre.
Era cierto, su principio era algo curvo, lo que hacía que sus golpes con la culata fueran más dolorosos. Zephir y Ruan siempre habían tenido la extraña manía de agarrar las dagas señalando hacia abajo. Aunque jamás se preocuparon en cambiar su costumbre, aquel arma estaba confeccionada especialmente para un agarre como ese.
Algo que solo ellos dos podrían ser capaces de manejar.
—El arma con el que me apuñalaste. —le respondió. Él asintió, lento.
—Ocho Luv Rogîas luego de que tú lo hicieras. —Zephir copió su acción y de manera perezosa asintió para su compañero.
—No creo que una nueva daga me sea de mucha ayuda. —espetó. —Sabes que ese no es el tipo de arma que iba a buscar.
Hubo un pequeño silencio, en el fondo, le gustaba regodearse un poco en los pedidos de la pelinegra. No tardó en identificarlo bajo su sonrisa.
—Lo sé, por eso estoy aquí. —tiró de la cuerda que Zephir había colocado sobre el barco, y lanzó su mochila con comida y armas dentro. La luz de la luna hacía que sus ojos brillaran más de lo que Zephir recordaba, o tal vez era un reflejo de lo emocionado que estaba. —¿No es mejor que partamos ya? No quiero que alguien nos vea salir juntos.
Quiso decir algo más, una afirmación o sentencia que le hiciera entender que estaba agradecida. Que, en realidad, una parte de ella estaba feliz de tenerlo a su lado. Pero su boca se secó, incapaz de espetar algo sensato ante la situación; entonces solo dijo:
—Varen gruven shoelneth.
—Varen gruven shoelneth.¹ — y repitió él.
En estrellas, ambos ya iban en dirección a Ilareia, dispuestos a derramar sangre por su reino.
Los primeros metros los recorrieron con Zephir tripulando el barco. Ruan estaba tan concentrado en observar sus alrededores que memorizó la tenue luz del amanecer en su mente para siempre.
En Valtoran, los viajes al exterior estaban mayormente limitados para cazadores y soldados, ¿Para qué querría, un civil normal, salir de su reino?
El pueblo y las tierras eran preciosas, tanto como su exterior. Los más fuertes se encargaban de traer comida y defender el pueblo, salir no era una necesidad. El pelirrojo había olvidado lo refrescante que resultaba ver un contexto totalmente distinto a lo que estaba acostumbrado en su día a día.
#1130 en Fantasía
#119 en Ciencia ficción
fantasiaepica, magia bikremly misterio mundos magicos, worldbuilding
Editado: 26.08.2026