Mientras ella estaba perdida entre sus memorias, continuaron su camino por el bosque. No solo era gigante, también era tan verde como oscuro. Los árboles a su alrededor lucían exageradamente altos, evitando que la luz de la luna amarilla bajara hasta el suelo.
La cacería estaba resultando patéticamente desconcertante, Dunbin era de los principales terrenos llenos de animales, pero aquella mañana parecían estar alejados de la suerte de la Luv Rogîa, porque no habían más que pequeñas lagartijas.
—¿Recuerdas la vez que Kieran nos intoxicó con una ria¹? —Ruan dejó escapar una pequeña risa nasal.
«¿Cómo olvidarlo?» Pensó. «¿Cómo olvidar
la primera vez que noté el monstruo con el que tratábamos?» Pero no lo dijo, creyó que no era momento para repetirlo.
—Estaba muy asustado. Pensé que ibas a morir.
—Bueno... en mi mente pasamos los primeros días muertos. —respondió con cuidado. Sus pasos eran silenciosos a comparación de los de Ruan, el metal en su pierna rechinaba ante cada pequeño movimiento.
Tal vez debería arreglar eso antes de llegar a Ilareia. Él aún no era parte de la estratégia, pero cuando lo fuera, aquel sonido no sería de ayuda en absoluto.
—Claro, estabas demasiado absorta en alucinaciones como para ver la realidad. —asintió. Un arbusto se removió a su lado, oyó la velocidad con la que el pelirrojo disparó la flecha y un pequeño chillido escapó de allí.
Sonaba como un pequeño conejo.
Ambos caminaron hasta él, pero, a diferencia, solo se toparon con un pequeño charco de sangre en su lugar. Había escapado.
—Parece que estoy algo oxidado, ¿Eh? —era cierto, Ruan mantenía una habilidad increíble con el arco, podía cazar animales a kilómetros de distancia y jamás fallaría, pero lo odiaba para la guerra.
Tal vez, en el fondo, lo hacía porque era su única excusa para fallar ante la muerte.
Antes de poder responder, un feroz animal saltó sobre ellos, sus garras atacaron el rostro de la pelinegra de inmediato y el líquido rojo escupió el pecho de su compañero. Trató de atacar con el arco, pero fue inútil, la distancia era escasa, una flecha sin fuerza resultaba en vano.
La muchacha rodó sobre el suelo, tratando de escapar de las enormes patas de la bestia, sin embargo, mientras colocaba su hacha entre medio de ambos, el canino desnudó sus dientes ante sus ojos opacos. Mordió sin dudarlo un segundo y, en instantes, el arma resultó gravemente dañada.
Ahora era un simple pedazo de madera dividido a la mitad.
El pelirrojo golpeó con su mejor pierna el lomo del animal, sin resultados. Seguía concentrado en devorar a la joven de pelos negros.
Los erutanes; aquellos seres mitológicos devastadores y con rostros traumatizantes, se caracterizaban principalmente por su manera despiadada de asesinar; despellejaban trozo por trozo a sus víctimas, preocupados en priorizar un estado de locura antes que una muerte rápida. Algunas leyendas citan que hasta oír ruegos no son capaces de parar, pero Zephir había visto erutanes antes.
Nada los frenaba. Ni siquiera gritos o llantos desalmados de niños, sedientos de piedad o de algo que termine con su dolor.
Volvió a desempuñar su boca sobre ella, cada vez más cerca de su rostro. El gran hocico desprendía un terrible olor, tan ácido que respirar cerca quemaba su garganta. Trató de observarlo directamente a los ojos, pero fue imposible, lo único capaz de encontrar era su reflejo en el blanco de los dientes.
Entonces Zephir entendió que, muy en el fondo, tal vez el reflejo iba más allá de sus feroces dientes. Era igual o más terrorífica que una de aquellas bestias. Ella también arrancaba cuerpos humanos con sus extremidades, sonsa ante suplicios.
Sin mucho esfuerzo, cerró su mandíbula entre el cuello del canino. Un espantoso chillido salió de su cuerpo y Ruan, asqueado, tomó distancia.
Otro mordisco bastó para que el animal tratara de escapar, pero era demasiado tarde. Ahora la muchacha estaba sobre sus carnes, presionando con más fuerza y encontrando un nuevo lugar para morder.
«Disgustado» Esa era la palabra exacta para describir al espectador de la escena, pero no se veía sorprendido.
Otro movimiento. El animal intentó alejarse, pero ella no lo dejó. Su cuello ya salpicaba demasiada sangre para cuando Zephir corroboró que había dejado de respirar.
El ADN de ambos se fusionó en su masillado rostro, los cortes de la pelinegra combinaron con el rojo que brotaba de sus labios. Existió por un momento un pequeño silencio en el lugar, donde solo se escuchaba el pequeño murmullo de los pájaros y su respiración agitada. Los quejidos del canino iban apagándose a medida que su cuerpo perdía el compás de los latidos y, en menos de treinta estrellas, estaba prendiendo una fogata mientras Ruan quitaba la piel del animal, dispuesta a devorarlo.
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Editado: 26.08.2026