«Albor», una sola palabra, un solo apodo cargado de sarcasmo, e ironía que resbalaba por su lengua hasta caer en sus labios.
«—Dentro de la luz del alba, en pleno amanecer, no eres más que la oscuridad del Albor, querida Zephir» Su mente no podía dejar de atormentarla con recuerdos.
Sin embargo, antes de aquellas memorias, estaba corriendo en temor de una traición. Antes de esa pizca de confianza, sus piernas se movían a toda velocidad insegura de su lealtad.
—Mapeds— respondió. Ruan estaba recostado sobre una gran piedra, sus manos cargaban un xifis¹ entre ellas y sus ojos la seguían con atención. —Hay mapeds cerca. Uno trató de atacarme mientras te buscaba.
Su mentira pareció real, porque el hacha en sus manos estaba sucio por la tierra y los árboles golpeados en el camino. El joven asintió, con una sonrisa comprensiva.
—Dunbin no es tan seguro como parece ¿Cierto?
Pero, en lugar de continuar aquella charla con tranquilidad, nombró al erutan. Su voz sonó apenas audible, no solo por el temblor que aún abatía a sus piernas por correr a tanta velocidad, sino por su mente aturdida también.
¿Cómo le podría exigir confianza si ni siquiera ella era capaz de confiar en él, quien prácticamente no le había hecho nada?
Su compañero jamás había sido alguien vengativo, sí rencoroso, pero estaba deseando que lo fuera. Tal vez, si se hubiera encargado de darle su merecido hacía ocho Luv Rogîas ella podría dormir tranquila, pero no había sido el caso, y temía que eligiera la venganza ahora.
Ahora que ella estaba tratando de confiar nuevamente en él.
¿Cómo serían capaces de fingir lealtad el uno al otro si llevaban temporadas enteras sin mirarse realmente a los ojos?
La pelinegra caminó decidida hacia él. La luna gris comenzaba a helar el aire que salía de sus pulmones y, sin notarlo, su estrategia se atrasaba mientras más pensaba en el pelirrojo.
—Los mapeds nos están acechando. No fue un erutan quien nos atacó. —levantó la enorme pata del animal y la arrojó a sus pies. El reluciente azul resplandeció de su garra. La mujer terminó de envolver los huesos que había apartado y recogió la carne.
—¿Por qué...? —pero antes de terminar, Ruan ahogó su pregunta. Zephir había apagado la hoguera y, sin darse cuenta, ya caminaba en dirección al barco.
—Es tarde, Ilareia me espera.
Sin mucho tiempo, entendió la señal y agarró al pájaro dormido, quizás en el barco pudiera comerlo, estaba hambriento. Siguió sus pasos rezongando, sin saber si era por el cansancio, o porque Zephir siguiera hablando de Ilareia como si solo se tratara de su estrategia.
¿Cuándo pensaba hacerlo parte de todo esto?
Mientras el barco oscuro y disimulado emprendía viaje, Ruan desmenuzaba su ave poco a poco, alternando su atención entre las plumas y el verde de la isla.
Dunbin era precioso al igual que todo Skarneth. Los árboles altos participaban de la vegetación y los arbustos en el color. Era incapaz de olvidar las piedras junto al arroyo y el pulular de los pájaros.
El bosque se extendía como un manto interminable de verdes y grises, tan húmedo como místico. Los pinos parecían guardar secretos de universos completos. El suelo cubierto por hongos y hojas caídas obsequiaban un olor a tierra mojada intenso y penetrante.
Zephir parecía volver a esconderse entre su silencio y conversaciones internas. «Tal vez, el Maped ha logrado asustarla», pensó él, pero la pelinegra era incapaz de demostrar inseguridad.
En el fondo sabía que no se trataba de algo semejante. La mujer guardaba experiencias y recuerdos en su interior imposibles de superar; un frágil y falso erutan no corrompería su convicción, de eso podía estar seguro.
Necesitaba más que aquello, algo más fuerte, algo que realmente la desmenuzara desde lo más cercano a sus entrañas. Era de público conocimiento que Zephir cubría su corazón con una armadura más fuerte que el metal, un instrumento difícil de romper y filtrar.
A lo mejor, el daño físico podría dejarla herida, tal vez exhausta, pero seguiría luchando hasta el último suspiro capaz de escapar de sus labios.
Limpió con un sucio trapo la sangre del animal entre sus dedos. El viento soplaba con fuerza, una buena señal para llegar al Reino de Ilareia a tiempo. Seguramente estarían navegando durante tres o cuatro lunas grises, si con suerte no debían hacer alguna parada por el Imperio de Nitor o Kaelmar. En aquel instante, Ruan recordó la suerte que tuvieron al no encontrarse con algún Skarnithano en las tierras de Dunbin, indudablemente era un arduo milagro de la Ruv Logîa.
Licohe deus corno Ruv Logîa, legua, lôn in enzaûerde var denni².
Skarneth no solo poseía una cultura y creencias magníficas, sino que también profecías y leyendas incompetentes de comprender para muchas mentes. Estas mismas, han sido capaces de mantenerse durante logîas enteras.
El comienzo de un nuevo año y el final de otro, se marcaba con el nacimiento creciente de la Luna Roja. Tres días enteros donde evadía sus tonalidades tradicionales, cubriendo a las naciones unidas con su mantra oscuro y sangriento.
#1130 en Fantasía
#119 en Ciencia ficción
fantasiaepica, magia bikremly misterio mundos magicos, worldbuilding
Editado: 26.08.2026