Para cuando se alejaron del Bosque Oscuro, se enfrentaron a las últimas rocas peligrosas antes de llegar a los Imperios. A lo lejos, con un poco de ayuda, Ruan era capaz de observar la vieja muralla de Nitor. Construída con paredes de ladrillos y torres de seguridad, durante el enfrentamiento de Blanso; fueron Ferios, Sopeneci y Kaelmar, quienes unieron fuerzas para defender a su aliado de un ataque Istatu¹.
Ellos eran jóvenes para aquel entonces, pero aquella guerra resurgió como un lema de lealtad ante sus vecinos. Las voces corrieron con la crónica de inmediato y, en constelaciones, todos estaban felicitándolos y celebrando la gran victoria.
La historia dicta que, tras un largo intento de desalojo de los Skarnithanos, la raza se reveló, enterrando a cada que identificaran como enemigo. La rebelión fue violenta, ejércitos enteros de Nitharís fueron enterrados en busca de un poco de oxígeno. Para cuando la ayuda llegó, la batalla estaba perdida.
Entonces, bajo el mandato de Starring, rey de Sopeneci, una balacera de fuego fue lanzada sobre la muralla, con el fin de derribar a los dragones y exterminarlos para siempre.
Cada día estaban un poco más cerca de las tierras de Ilareia, y aunque era posible que primero tuvieran que rodear la isla antes de bajar velas, el trayecto se volvía más corto.
El pelirrojo observó con cuidado como Zephir dejaba todo tipo de armas frente a ellos. Cuchillos con grabados en el puñal, arcos junto a flechas envenenadas, espadas afiladas por piedras y, a lo lejos, su apreciado hacha.
—Agarra la navaja — su voz malevolente, fácil de identificar con tono ronco y bajo. No había logrado descansar mucho, aunque conocía a la perfección las habilidades del joven para tripular un barco, sus nervios eludían la opción de confiar completamente.
Sin protestar, hizo lo que ella le pidió. Traía puesta la bota de piel que había recibido como obsequio y una armadura de cuero. Algo cómodo para moverse pero poco útil en un enfrentamiento.
La pelinegra detestaba entrenar a la gente, en el fondo, no podía evitar pensar en lo patético que era hacerlo especialmente con él.
«Espero se sienta humillado» se dijo a sí misma, pero no lo reflexionó en voz alta. ¿Cómo se sentiría ella si fuera quien hubiera olvidado pelear? ¿Cómo reaccionaría si fuera él quien la hubiera dejado sin una pierna? ¿Cómo seguiría sus días si fuera Zephir quien estuviera fuera de forma?
Sin embargo, ninguna de estas incógnitas recorrió las paredes de su mente. En la sangre de la pelinegra, no había espacio para la empatía.
Antes de emitir sonido, Zephir golpeó el rostro del caballero. No necesitaba palabras o indicaciones, ambos fueron criados bajo las mismas teorías y las mismas prácticas, lo que Ruan necesitaba era conocer nuevos movimientos con su pierna de metal. Solo eso. Solo volver a la práctica.
Las primeras constelaciones fueron bastante difíciles, sus esquivos eran débiles y torpes, como si sus ojos se hubieran convertido en el sentido más pobre del pelirrojo. Aunque entrenaran como profesionales, estaba tan oxidado como un faro en Tierras de Siones.
—Ojos a mí. —le espetó con molestia. Ni siquiera podía devolverle el golpe, solo luchaba con sus fuerzas por evitar el contacto y, tarde o temprano, tropezaba con su contrincante y sus manos aterrizaban en el suelo. —Ojos a mí. —le repitió.
Cualquiera diría que la navaja sería de ayuda, pero el tiempo se escurría entre sus dedos cada que intentaba apuñalarla, Zephir era inagotable.
—Arriba — gruñó cuando lo vio caer por decimoquinta vez en la luna. —Ojos a mí.
La frase no huía de sus labios, estaba convencida de que su compañero estaba distraído o, de que al menos, era incapaz de luchar con todas sus fuerzas.
«¿Cómo es alguien capaz de olvidar Lôgias enteras de preparación?»
Quizás Ruan no era el mejor asesinando a sus contrincantes, algo de público conocimiento, pero había resultado hábil para la defensa.
—Ning² —el brazo de su compañero golpeó el puñetazo a su derecha. —, luslar³. —sus indicaciones mejoraron el rendimiento del hombre, lo hacía resultar útil.
—Ire⁴ — habló él. Esta vez, fue ella quien recibió una paliza. La rodilla de Ruan se encontró con el estómago de Zephir y, en estrellas, ambos luchaban con un poco más de fervor y diversión.
Pero cuando él tropezó nuevamente, un suspiró retomó la tensión.
—¡Ojos a mí! —su tono fue más alto de lo que esperaba. Ruan parecía no comprender su molestia y, sin responder, pateó con enojo sus rodillas, desestabilizándola. Su cadera chocó contra la oscura madera, su cabeza se levantó antes de recibir un golpe con el mango de la navaja y, de repente, él estaba encima de su cuerpo.
De su frente escurrió un pequeño sendero de sangre, había conseguido lastimarla. Esta vez, sus ojos lilas estaban más pendientes a ella que nunca.
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Editado: 26.08.2026