Mi mente estabas con dolor al límite, mi recuerdo solo, luce, las ramas del bosque crujiendo, el leve frío de la noche. Veía pequeño flashback; yo en el gimnasio, la captura del asesino de Lexie, esa criatura abalanzando hacia mi, yo corriendo por el bosque.
Estaba en el medio de la sala acostado en forma de feto desnudo y me sentía pegajoso, el ruido era insoportable. Me levanté con cuidado, mi cuerpo se sentía adolorido. Tenía que vestirme para ir a la comisaría; tenía que matarlo.
Camine despacio hacia arriba, dirigiendome hacia mi cuarto; cuando unas ganas de vomitar entraron a mi cuerpo, cambie de dirección y me diriji al baño.
Mientras vomitaba en el retrete, mientras me recomponía para levantarme. Ahí fue cuando lo note, mi manos estaba cubierta de sangre.
Me incorporaré rápido para mírame en el espejo mis manos manchadas de sangre seca mientras las recordaba sobre el lavamanos. No sabía si era mía o de... lo que fuera que me había atacado. Intente esforzar mi recuerdo, las imagenes de lo que había ocurrido en el gimnasio, esa criatura abalanzando hacia mi, la sensación de que mi cuello estaba siendo drenado. Luego, nada. Oscuridad. Y ahora, apareci acostado en el piso de la casa, seguía sin entender cómo seguía vivo.
Me acerqué al espejo solo para comprobar si tenía esa heridas de mis vagos recuerdos. Di un paso más cerca. Mi respiración tembló.
Estaba lleno de sangre, aunque ya estaba seca en mi piel, oscura y pegajosa, cubriéndome desde la boca hasta el pecho, bajando por mi abdomen y manchando mis manos por completo. No sabía si esa sangre de que provenía; no tenía la herida en el cuello, pero estaba ahí, descalzo frente al espejo, intentando entender qué demonios había ocurrido la noche anterior, pero lo que vi hizo que el aire se me atascara en los pulmones otra vez.
Ese no era mi cuerpo, si era mi cuerpo pero diferente.
Me quedé quieto, completamente desnudo, con las gotas de sudor y sangre marcándome la piel. Desde niño había tenido un físico normal, atlético solo por el fútbol, nada extraordinario... Pero el reflejo mostraba algo diferente. Algo que no podía reflejarse en para de hora, si no de años de trabajo duro.
Mis hombros se veían enormes, redondeados, como si alguien hubiera colocado encima de mis huesos capas nuevas de músculo. Toqué mi piel con la punta de los dedos, temblando al sentir la dureza bajo ella. No podía fingir: eso era real.
Bajé la mirada y me sorprendió ver un pecho amplio, lleno, marcado por líneas que jamás había tenido. Antes mi torso solo era delgado, normal. Ahora parecía el de alguien que hubiera entrenado durante años, pero con una definición que resultaba inquietante, casi antinatural.
El abdomen. Un six-pack profundo sobresalía como si hubiera surgido durante la noche, con sombras tan marcadas que cada músculo parecía respirar por su cuenta. Los oblicuos dibujaban una V tan nítida que daba la impresión de estar esculpida, no crecida.
Me toqué los brazos. Eran gruesos, pesados, fuertes. No tenía sentido. Ni el mejor entrenamiento del mundo podía transformar un cuerpo en tan poco tiempo. Lo que fuera pasado esa noche ¿me había transformado?
Me giré por completo. La espalda me dejó sin aire.
Estaba ancha, monstruosamente ancha, una superficie llena de relieves, sombras, surcos que parecían tallados con intención. Los dorsales se abrían como alas bajo la luz tenue, y cada fibra se marcaba al mínimo movimiento. Moví un brazo, y los músculos de la espalda ondularon como si algo vivo se moviera por dentro.
Bajé la mirada y mis ojos se detuvieron en mi cintura, mucho más estrecha, lo que hacía que la espalda pareciera aún más imponente, como si estuviera diseñada para algo más que simplemente existir.
Luego miré mis piernas. Habían sido delgadas, rápidas, de futbolista. Ahora eran gruesas, fuertes, con cuádriceps que sobresalían en líneas tensas. Las venas asomaban bajo la piel cubierta de sangre seca, pulsando como si algo nuevo latiera dentro de mí. Al flexionar apenas, los músculos se endurecieron con una fuerza que me asustó.
Mis glúteos... incluso esos habían cambiado. Firmes, redondeados, como si hubiera pasado siglos en un gimnasio. No había una sola parte de mi cuerpo que no pareciera el trabajo de otra vida de entrenamiento.
Me miré a los ojos en el espejo y por un momento sentia como si algo dentro de mí hubiera estuviera despierto, mirándome desde adentro.
Procedi a bañarme rápido y quitarme toda la sangre en mi cuerpo, mientras bajaba la cabeza y veía como el agua mezcladas se iba por el drenaje. Pude despejar mi mente.
Podía escuchar las gotas del agua caer, el movimiento de los roedores en el bosque. Pare el agua de la ducha.
Sali del baño, me dirigí al cuarto al vestirme; al hacerlo baje rápido ye quedé en el último escalón de las escaleras.
La casa estaba hecha un desastre; ese toque blanco sin suciedad y minimalista estaba con cosas destruida y manchas de sangre donde mi olfato pareciera como si yo estuviera oliendolo de cerca estando a distancia. Camine despacio hasta llegar a una gran mancha de sangre en toda la mitad de la sala donde estaba acostada.
Camine hacia la ventana y mi vista comenzó a ver atraves del cristal y podía ver las ardillas moviéndose en los árboles, las hojas caer aunque yo estaba a mile de distancia. Me aparte; que le estaba ocurriendo a mi cuerpo.
No le di vuelta y comencé a limpiar y organizar; por si llegaba mi padre y viera el desastre, no poder explicarlo.
Paso el rato y estaba con la última boludez basura, cuando mi oído comenzó a escuchar el motor del auto; me detuve. Y comencé a contar.
Podía escucharlo más fuerte, el sonido de apagado. Su paso caminando hacia la puerta, el introduciendo la llave y abriendo.
2 minutos, calculando eso. El estaba el partes de abajo de la montaña cuando lo escuché y aún así pude escucharlo.
El se detuvo en seco y me miró — ¿Te pasa algo? Que haces ahí parado —dejando la llave en la isla.
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Editado: 27.12.2025