Noté los gritos de las personas al momento de bajar del auto, pero lo que más destacaba era el aroma de las palomitas que se estaban haciendo en la entrada. Al final Ramsés convenció a Michelle y Nelly a venir a la feria, que se encontraba a las afuera del pueblo y Nelly me convenció a mí de venir.
En lo personal no me gustaban las ferias, o cualquier lugar en donde hubiera mucha gente. Además de que me hacía recordar algunas cosas.
—Vamos a la feria —dijo Nelly cuando entró a la habitación.
—No gracias, no me gustan esas cosas —dije sin despegar la vista del cuaderno.
—Vamos Andrei, te vas a divertir.
—No, prefiero quedarme a dibujar.
Ella se acercó más para ver lo que hacía. Estaba dibujando un león con un lapicero color azul.
—Sí que te gustan los leones. Vamos Andrei, después lo terminas —dijo Nelly, sonaba como una súplica.
—¿Por qué quieres que vaya? —pregunté mirándola a los ojos, ella bajó la vista.
—Porque, no quiero ir sola —dijo mientras jugaba con sus manos.
—No vas a ir sola, van a ir Michelle y Ramsés.
—Lo sé, pero no es lo mismo, vamos —dijo mientras hacía unos pucheros.
Me recordaba a Neydi cuando quería algo, era como un tipo de chantaje, siempre le funcionaba, porque cada vez que lo hacía siempre terminaba en aceptar o terminaba haciendo lo que me pedía. En esta ocasión no fue la excepción, ya que termine aceptando.
—Está bien —dije después de soltar un suspiro—, vamos a la feria.
Ella sonrió con alegría.
Michelle había ido a comprar los boletos para poder entrar y subir a los juegos, así que nos quedamos en silencio mientras esperábamos a la chica. Después de diez minutos Michelle llegó con cuatro pulseras de papel y nos dio una a cada uno.
—Con esto se pueden subir a todos los juegos, las veces que quieran.
Al momento de entrar, unos hombres nos pegaron la pulsera de papel en la muñeca. Las luces de los juegos eran muy brillantes, la música y los gritos de las personas que se encontraban en los juegos eran más fuertes al ingresar, mientras más entrabamos más sonidos y el aroma de comidas se hacían presentes.
—¿Qué hacemos primero? —Preguntó Michelle.
—Hay que subirnos a los carritos chocones —Propuso Ramsés.
—Bien, vamos —contestó su prima.
Caminamos hasta llegar a donde se encontraban. Habíamos llegado tarde, así que tuvimos que esperar a que terminara para poder subir, los chicos parecían emocionados, pero yo no tenía ganas de subir a uno. Cuando terminó, las personas bajaban de los autos, mientras que otros subían en los desocupados, Ramsés tenía razón, al ser entre semana, había menos personas.
—Yo los espero —dije, mientras que ellos se dirigían a subirse.
—No, vinimos a divertirnos —dijo Michelle mientras tiraba mi brazo izquierdo.
A regañadientes acepte, camine casi arrastrando los pies. Michelle eligió un coche de color rojo, mientras que Ramsés y Nelly uno de color verde. Para mi sorpresa, entre ellos se llevaban bien.
El juego comenzó, y con ello los golpes de las demás personas, fue una mala idea dejar a Michelle al volante. Golpeaba a todos los coches que se le ponían en el camino, al igual que Ramsés. Estaba seguro que el día siguiente amanecería con moretones en las piernas, al contrario de mí, parecía que a Nelly le gustaba eso, todo el tiempo se la pasó riendo y diciéndole al pelinegro que nos chocará cada que tenían oportunidad.
Después de eso, decidieron ir a la casa de los espantos, el lugar era oscuro, en cada momento salía alguna bruja, un zombi, una niña llorando por su mamá, y claro que no tiene que faltar algún payaso, eran muñecos viejos que en cualquier momento se romperían. El más asustado en salir fue Ramsés.
Estábamos por subir a la rueda de la fortuna cuando el celular de Michelle sonó, ella se alejó un poco de nosotros para poder hablar con tranquilidad. Después de dos minutos colgó y se acercó a nosotros.
—Era mi mamá —dijo la chica soltando un suspiro—, tenemos que buscar algunas cosas Ramsés y yo. Ustedes se pueden quedar.
—Se supone que veníamos a divertirnos, no a trabajar —se quejó el chico.
—Ya sabes que así es esto —Michelle sacó algo de sus bolsillos—, tomen, para que compren algo de comer, o lo que gusten, y les dejo mi celular, les llamaremos cuando volvamos.
Agarré el dinero y el celular de la chica, no creía que fuera buena idea que ellos se alejaran de nosotros, en especial teniendo alguien siguiéndonos.
—¿Qué pasa si nos encontramos al cazador? —Pregunté preocupado.
—No se preocupen, él no se encuentra aquí —dijo Michelle antes de despedirse.
Así que nos quedamos solos Nelly y yo, en un lugar que no conocía, expuestos a que cualquiera nos hiciera daño.
—¿Nos subimos a la rueda de la fortuna? —Preguntó Nelly, volteé a verla, sus ojos suplicaban que dijera que sí, asentí.