Corrompido

24

Cuando salió el primer rayo de sol, era momento de seguir con nuestro camino. No sabía cuánto faltaba para llegar con el dragón, era evidente que estábamos cansados Nelly y yo, mientras que César parecía que hacía esto todos los días, no era de sorprendiese, posiblemente lo había hecho en varias ocasiones.

Nelly se había enfadado de estar usando el vestido, así que decidió quitárselo. Estaba a punto de volver a preguntar por quinta vez cuanto faltaba para llegar, pero César se detuvo y nos volteó a ver.

—Hemos llegado —dijo el hombre con una sonrisa en su rostro.

Al acercarnos más, pudimos notar que estábamos en un conjunto de acantilados, se escuchaba como el agua del océano golpeaba contra las rocas que se encontraban abajo de nosotros.

—¿En dónde se supone que se encuentran los dragones? —preguntó Nelly con el ceño fruncido.

—En esa cueva —dijo César señalando con el dedo hacia abajo, lo que significaba que teníamos que bajar—. Hay diferentes tipos de dragones en la isla, pero el que necesitamos se encuentra en ese lugar.

Caminamos por un sendero para bajar, era muy complicado, era demasiado inclinado, además que nos encontrábamos al borde del acantilado. Mis manos sudaban por el miedo de saber que podíamos caer si pisábamos mal.

—Les diré que haremos —dijo César al llegar a la cueva. Colocó la mochila detrás de una roca para esconderlo—. El dragón se encontrará durmiendo así que entraremos con mucho cuidado, para no hacer ruido, yo me encargare de quitarle la escama, ustedes solo manténganse alerta por si quiere atacarnos, ¿entendido?

Nelly y yo asentimos con la cabeza, otra vez mis manos empezaron a sudar, esto iba ser más difícil que cuando bajamos por el acantilado.

Seguimos a César, al llegar a la entrada de la cueva, la adrenalina se estaba apoderando poco a poco en mi cuerpo, no era el único ya que también Nelly y César se veían nervioso al entrar a la cueva.

César fue el primero en adentrarse a la oscuridad, con ayuda de mi linterna iluminaba el camino por dónde íbamos. Solo se escuchaba el eco de nuestros pasos. En ocasiones se dividía el camino, así que César me pidió que sacara mi brújula, ya que nos guiaría por dónde ir.

Así estuvimos como por media hora, hasta que vimos unas cuantas monedas de oro regadas por el suelo, decidimos seguirlas hasta llegar a lo que estábamos buscando.

El lugar estaba iluminado por algunos orificios en el techo de la cueva, en el cual entraba suficiente luz del sol, pudimos ver a la criatura acostada arriba de un puñado de moneras de oro.

Era un dragón gris, posiblemente media más de treinta metros de largo, por su respiración tranquila, era evidente que está dormido, solo era acercarse, quitarle una escama y salir como si nada, sonaba fácil al principio, pero estaba muy equivocado.

Caminamos cuidadosamente, mirábamos el suelo para no tropezar con alguna moneda o tablón de oro. César iba delante de nosotros mientras manteníamos una sola fila, yo estaba en medio de él y Nelly. Se escuchaba el eco de nuestras pisadas al pasar sobre la montaña de monedas, algunas caían cuando pasábamos.

César se detuvo cuando llegamos a la espalda del dragón.

—Sólo necesitamos una —dijo César a punto de pasar la Katana por la escama.

Pero fue interrumpido por el grito de Nelly, volteé a verla, ella había resbalado de la montaña de monedas, bajé para ver cómo se encontraba.

—¿Estas bien? —Pregunté cuando llegué con ella.

—Sí, solo...

Fue interrumpida al escuchar el sonido de algunas monedas al caer al suelo, volteamos cuidadosamente, teníamos miedo de ver de qué se trataba. El dragón se había despertado de su siesta, estiro sus largas alas, mientras que volteo hacia nosotros, sus fosas nasales crecían con cada respiración.

Nos estaba buscando a través de olfato, era como si quería aspirar nuestras almas, César se acercó a nosotros cuidadosamente, teníamos que salir de aquel lugar, pero mis piernas no respondían, era como si estuvieran pegados al suelo. Nelly se levantó cuidadosamente, sin quitarle los ojos a la gran criatura.

El dragón se dio la vuelta, ahí estábamos tres simples humanos ante una criatura mítica, que momentos antes pensaba que solo existían en los libros, que sin pensarlo nos podía convertir en ceniza con su aliento de fuego.

—A la cuenta de tres corremos —dijo César, tragué saliva por el miedo, los dos asentimos—. Uno, dos... —no término de contar, cuando el animal soltó un rugido de molestia—. ¡Tres!

Regresamos al pasillo, Nelly estaba delante de mí, mientras que César atrás, corrimos a oscuras hasta que César prendió la linterna. Sentíamos un calor que se acercaba a nosotros, al llegar a una cámara dentro de la cueva, vimos el fuego salir por el pasillo.

Al salir de la cueva pudimos respirar el aire fresco, los tres estábamos agitados, y con evidente miedo y adrenalina. Nos dejamos caer sobre la arena.

—¿Estas bien? —Le pregunte a Nelly.

—Sí, solo... —dijo mientras pasaba sus manos alrededor de su cuello, como si buscara algo.

—¿Qué sucede? —Pregunté al ver su expresión de preocupación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.