Corrompido

29

—¡Andrei!, detente —dijo César intentando de separarme del hombre por los hombros—. Ya está muerto.

No sabía cuántas veces lo había apuñalado, la ira y la frustración se habían apoderado de mí, y sin darme cuenta lo había liberado con aquel hombre que ya se encontraba en el suelo en medio de un charco de sangre.

Solté la navaja al darme cuenta de lo que había hecho, miré mis manos manchadas de rojo, mi cuerpo empiezo a temblar por la impresión, mi respiración se volvió más pesada.

Mientras César revisaba los bolsillos del pantalón del hombre, mire a la masa negra, mi sorpresa fue al notar que no se encontraba nada, solo había una mancha negra, como si hubiera habido alguna fogata o algo parecido.

—César —llamé la atención del hombre, él me volteo a ver—. ¿Dónde está la criatura?

—Cada vez que el portador de algún Tuunich muere, el demonio que lo acompañaba, se libera y puede volver a su mundo o ir a otro lugar.

—¿Qué buscas?

—Los Tuunich que tenía, pero al parecer no los trae consigo, tal vez lo dejo en otro lugar o los escondió.

—¿Qué vamos hacer? —Pregunté con voz nerviosa.

—Yo me encargo de esto —dijo César mirándome a los ojos—. Antes de que regreses al hotel, ve a lavarte las manos.

—Bien.

La roca se encontraba a medio metro alejado de mí, así que la junté y la miré, tragué saliva al notar que se encontraba más oscura, al matar aquel hombre había puesto una cuerda alrededor de mi cuello.

César tomo al hombre y se marchó, así que yo regrese por el camino que parecía un senderó, hasta que llegue a una llave de agua, la abrí, puse mis manos en el chorro, la sangre ya se había secado un poco, así que me fue un poco más difícil en quitarlo.

El lado derecho del abdomen me empezó a doler, no sabía si era por el miedo o porque la adrenalina que se había pasado y tal vez se debía a algún golpe que me había dado el cazador, pero fue inevitable vomitar. Me enjuague la boca y regrese al hotel.

—¿A dónde fuiste Andrei? —Preguntó Nelly al momento que entre a la habitación.

—Eso no importa —contesté.

—¿No importa?, César te fue a buscar, sintió la presencia del cazador, salió a buscarte cuenta se dio que no te encontrabas...

—Eso no importa hora, el cazador está muerto.

—¿Cómo que está muerto? —Preguntó Nelly con incertidumbre.

—¡Lo mate! —Contesté molesto, en ese instante me sentía más molesto que arrepentido.

Pude ver como su rostro cambio de asombro a horror por lo que había dicho.

—¿Lo mataste?, ¿Por qué?

—Si no lo hacía, él lo haría primero.

—Tal vez había otra forma.

—Claro, tal vez hubiéramos ido a tomar una taza de café y charlaríamos acerca de la maldita roca —dije irónicamente.

—Pero no es para que me hables de esa manera.

—¿Cómo quieres que te hable?, ¡Acabo de matar a un hombre y es tu culpa!

—¿Perdón? —Preguntó frunciendo el ceño—. No es mi culpa lo que hagas.

—¡Claro que sí! —grité, en ese punto estaba enojado—. Por tu culpa perdimos el cristal, es por eso que me está pasando todo esto, casi nos mata el cazador a César y a mí, tal vez si César no hubiera dado a cambio su Katana por la escama no hubiera pasado nada de esto.

—Fue un accidente.

—Como sea, es tu culpa que se haya perdido, qué Yoali se me hubiera aparecido, de las pesadillas, de toda esta mierda en mi vida.

—No me culpes por algo que no tuve que ver.

—No sé, porque tu abuela te mando si no ibas a ayudar en nada, al contrario, lo arruinaste.

—¿No te ayude?, ¡si no hubiera sido por mí hubieras muerto semanas atrás! —gritó Nelly.

—Oh, gracias por ayudarme, espero que después de todo esto no nos volvamos a ver —dije fríamente, tome el collar que me había regalado, lo jalé hasta que se rompió, lo avente al suelo, pude notar que eso le dolió.

—Está bien, no nos volvamos a ver.

Ella salió de la habitación, cerrando la puerta con fuerza. Me quede solo, justo lo que necesitaba, estaba seguro que todo lo que me estaba pasado se debía a Yoali, me encontraba frustrado al pensar que, si Nelly no hubiera perdido el cristal, nada de eso hubiera pasado.

—Andrei —escuche decir—, despierta.

—¿Qué paso? —dije abriendo un poco los ojos.

La cabeza me dolía, no estaba seguro si se debía al golpe que me había dado o todavía seguía con resaca, puse mi mano en la zona de la herida, el ardor no se hizo esperar.

—¿Dónde está la chica? —Preguntó César, volteé a ver a su cama, la cual, se encontraba vacía.

—No lo sé, discutimos y salió, ¿Qué hora es? —Pregunté al notar que la habitación se encontraba a oscuras y solo iluminaba la lámpara de mesa.

—Las ocho de la noche —contestó, y sin avisar prendió la luz, entre abrí los ojos intentando acostumbrarme al brillo.




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