Corrompido

31

Mi respiración se hizo pesada, mi cuerpo temblaba, me encontraba en shock por lo que acababa de pasar, César abrió los ojos por la impresión llevándose las manos en la zona del abdomen. Durante el forcejeo se disparó el arma hiriendo a César.

Vuelve a disparar, ayudaras a Simón y en especial a Nelly.

Escuché decir una voz en mi cabeza, sabía que no tenía que hacerle caso, volteé a ver a ellos, era evidente que estaban perdiendo con aquellos demonios, no me quedo de otra que hacerle caso a la voz. En mis manos se encontraba el arma, la alcé y apunte directo al pecho de Cesar.

En sus ojos pude ver un poco de remordimiento, como si pidiera perdón para que no apretará el gatillo, pero no me importo, lo mire decidido por lo que estaba por hacer.

—Lo siento, pero tengo que salvarlos —dije.

Sin más, apreté el gatillo, el sonido del disparo resonó en mis oídos, el hombre cayo de rodillas, el rojo carmín empezó a pintar el suelo, alzó su cabeza para mirarme por una última vez antes de caer al suelo sin vida.

El arma cayó sobre mis pies, mi respiración seguía agitada, no podía creer lo que había hecho, mate a un hombre a sangre fría, escuché un grito desagarrado, volteo a ver hacía donde se encontraba Simón, quien había atravesado a la criatura con su Katana, Yul como Quetzalli habían desaparecido.

Miré mis manos, aunque no había nada, las sentía como si estuvieran cubiertas de sangre, me acerqué al manantial intentando de limpiar aquella sensación.

—Mierda, mierda, mierda... —repetía una y otra vez, mientras frotaba mis manos con fuerza bajo el agua con desesperación.

El lado derecho de mi abdomen me empezó a doler, haciendo que regresara lo que tenía en el estómago, como la vez que supuestamente había matado al "cazador", pero en esta ocasión, algo negro y espeso había expulsado, por un momento me asuste.

—Andrei, no tenemos tiempo —dijo Simón al acercarse—. Yoali ya se está apropiando de tu alma.

Con mis manos junte agua para enjuagarme la boca y así quitarme el sabor agrio.

—¿Te encuentras bien? —escuche preguntar a Nelly, poniéndose a mi lado.

—Sí, solo me siento un poco mal.

El miedo me invadió, aunque se podía considerar que fue por defensa propia, sabía que dentro de mi deseaba apretar el gatillo y así terminar con César. Me puse de pie con ayuda de Nelly, me sentía mareado y agotado.

Volteé a ver el cuerpo de César que se encontraba en el suelo, ya se había formado un charco de sangre debajo de él. Simón se acercó a él y empezó a esculcar entre sus bolsillos buscando algo.

—¿Qué estás haciendo? —Pregunté confundido.

—Estoy buscando las otras dos rocas, para deshacernos de ellas, pero al parecer las escondió.

—Buscare en su mochila —dije, caminé en donde la había dejado.

Me hinqué y la abrí, saque de ella algunas prendas de ropa, las dos cantimploras que habíamos llevado por si nos daba sed, unos cuadernos que tenían algunas notaciones, entre otras cosas, pero lo que más me llamo la atención era el sombreo que reconocía, y sobre todo la cajetilla de cigarros que tenía un camello con una capa, la cual Jesús le había dibujado.

Era la prueba que todo este tiempo me estuvo siguiendo, hizo que me sintiera como un estúpido y la decepción de haber confiado de él. Sacudí la mochila para que todo lo que se encontraba adentro cayera al suelo, pero no estaban las rocas, ese desgraciado las había escondido.

—No hay nada, las escondió —dije volteando a verlos.

—Andrei, es el arma de Zareb —dijo Nelly enseñando al objeto que se encontraba en el suelo.

Me puse de pie y caminé a donde se encontraba, levanté el arma para verla mejor. En el mango estaba escrito el nombre de Zareb, el enojo regresó a mí.

—Ese hijo de... —dije entre dientes, estaba molesto, en ese punto no comprendía mis emociones, al principio me sentí mal por haber matado a César, después decepcionado y ahora enojado.

—Andrei —interrumpió Simón—, ¿Cómo se encuentra la obsidiana?

Metí mi mano al bolsillo del pantalón, y la saque, pudimos notar que se encontraba más opaca y tenía más grietas, de las cuales unos pedazos se estaban desprendiendo, tragué saliva al ver eso.

—No hay más tiempo que perder, nos tenemos que ir ya —dijo Simón preocupado, agarró una de las cantimploras y le vació el agua que tenía, para llenarla con el agua del manantial.

Nelly se acercó y saco un paliacate de su mochila, tomo la roca de mis manos con cuidado, como si se tratara de algo extremadamente frágil, la envolvió y la metió a su mochila.

—¿Las otras cosas? —pregunté.

—Los tengo conmigo, aunque deje algunas en hotel —dijo sin verme. Desde la vez que la insulte, no me miraba.

Simón se acercó con nosotros, le dio la cantimplora a Nelly para que la aguardara en la mochila.

—¿Listos? —preguntó Simón.

—Si.

—Vámonos.

Tome la mochila de Nelly. Seguimos a Simón entre los árboles, volteé atrás de mí y vi el cuerpo de César acostado en el suelo, Simón le había puesto un trozo de tela en la cabeza. Caminamos por algunos minutos en silencio hasta que hable.




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