Corrompido

32

Al pasar la puerta me puse la capucha de mi sudadera para poder pasar un poco de desapercibido, estaba de vuelta a mi mundo, en el cual, era un mal amigo, la decepción como hijo y sobre todo, un asesino para la mayoría de los habitantes. Aunque ya había pasado un más de mes, era difícil que las personas se quitarán esa idea sobre mí.

—Vamos por el bosque —dijo Simón al salir del templo.

Hicimos caso, caminamos dentro del bosque, para evitar a las personas que me pudieran reconocer, nos mantuvimos callados. El miedo de ser descubierto recorría por mi cuerpo, y la sensación de que en cualquier momento alguien me descubriera y que llamara a la policía me estaba volviendo paranoico.

Siento como algo cálido tomo mi mano, al dirigir mi mirada note que se trataba de la mano de Nelly que se entrelazaba con la mía, alcé la mirada para encontrarme con esos ojos azules, me di una sonrisa, le regrese la sonrisa.

—¿A dónde vamos? —Pregunté.

—Tenemos que ir por algunas cosas a la capilla —dijo Simón.

—¿Estás loco? —Pregunté nervioso—. Hay gente en ese lugar, alguien me puede reconocer.

—No te preocupes solo entramos Nelly y yo por las cosas, y salimos.

—¿Cómo que Nelly y tú?, y yo ¿Qué?

—Andrei, como dices, hay gente y alguien te puede reconocer, además, tu alma esta corrompida y no puedes entrar a la capilla.

—Entonces, ¿esperare afuera?

—Sí.

—Lo que faltaba —dije un poco molesto—, está cerca del lugar en donde trabajaba.

—Mientras te escondas bien y no hables con nadie, no pasará nada.

Al llegar a la capilla fue inevitable no sentir miedo, algunas personas pasaban sin prestar atención de nuestra presencia en ese lugar.

—Andrei —dijo Simón, volteé a verlo—. Espéranos entre los árboles que se encuentras cerca de la cafetería.

—Bien —dije pasando saliva.

Me quité la sudadera y se la puse a Nelly, al notar que sus labios estaban temblando por el frio que ya estaba haciendo, le puse los mechones de su cabello detrás de la oreja, ella me sonrió e hice lo mismo.

—Vamos Nelly —dijo Simón.

—Sí —dijo, se volteó a verme y me dio un abrazo, yo se lo correspondí rodeando mis brazos alrededor de su cuerpo—. Todo saldrá bien —me susurró en el oído.

Nos separamos y ellos dos se alejaron, me escondí entre los árboles, en donde sabía que no me pudieran ver desde la cafetería, y donde no llamaría mucho la atención. Me abrazaba a mí mismo, aunque tenía una playera de manga larga no era lo suficiente grueso para protegerme del frio.

Saqué un cigarro de la mochila y lo encendí, esperaba que con eso me quitaría un poco el frio, después de unas caladas miré el reloj, eran las 6:00 de la tarde, aunque todavía era temprano, el cielo se oscureció por las nubes grises que anunciaban que se aproximaba la lluvia.

Tiré la colilla del cigarro al suelo para apagarla, me aleje un poco de los árboles necesitaba caminar, aunque sea un poco para que mis músculos entraran en calor, pero fue una mala idea, porque siento como alguien llegó detrás de mí y me golpeó con algo en la cabeza, haciendo que callera de rodillas, todo me daba vueltas, fue con el segundo golpe que todo se volvió oscuro.

Abrí los ojos despacio, intentaba reconocer en donde me encontraba, la cabeza me punzaba, Intenté alzar uno de mis brazos, pero fue imposible ya que estaban atadas detrás de mi espalda. Abrí más los ojos, pude ver que en el lugar había veladoras, que iluminaban un poco. Me senté en el sillón, al observar mejor el lugar pude reconocer, estaba en la cafetería.

Volteé a ver a mi alrededor, no había nadie, así que podía escapar, pero para mí mala suerte también tenía atados los tobillos. Intente de aflojar las cuerdas, provocando que mis tobillos como mis muñecas se lastimaran.

—No intentes de escapar —escuche decir detrás de mí—, o seré capaz de volverte noquear.

Deje de moverme, Jesús camino hasta llegar a la mesa y sentarse enfrente de mí, en sus ojos se notaba que no había ninguna emoción, eran fríos. Nos quedamos en silencio, solo se escuchaba la lluvia que azotaba afuera. No estaba seguro cuanto tiempo estuve inconsciente.

—¿Qué hora es? —le pregunté a Jesús.

—Las siete de la noche —contestó con tranquilidad.

—Mierda —susurré—. Déjame ir Jesús. Por favor.

—No soy idiota Andrei, Rosalio y Marco fueron a la estación de policías para decirles que te encuentras aquí, por la lluvia se fue la luz y la señal telefónica.

—Jesús, por favor, déjame ir, no puedo ir a la cárcel, mi vida corre peligro.

—¿Por qué lo hiciste? —Preguntó él ignorando lo que había dicho—. ¿Por qué la mataste?

—Yo no fui, fue un demonio.

Jesús se río con amargura.

—¿Crees que te vamos a creer eso? —preguntó molesto.

—Créeme fue un maldito demonio, y mi vida está en peligro si no me dejas ir.

Jesús golpeo la mesa con su mano, asiéndome sobre saltar, muy pocas veces lo había visto enojarse, y esa vez no era la excepción, solo baje la mirada.

—¿Sabes lo que creo? —Preguntó entre dientes—. Que eres un maldito loco, y un celoso enfermizo.

Lo volteó a ver, sonrió falsamente y niego con la cabeza.

—¿Por qué estaría celoso?

—Porque estaba con alguien mucho mejor que tú, no con un desquiciado que piensa que lo está persiguiendo un maldito demonio.

Jesús era el único que sabía que me empezaba a gustar Neydi, sus palabras fueron como una puñalada.

—Yo nunca le hubiera hecho daño —dije mirándolo a los ojos, esperaba que viera que le estaba diciendo la verdad a través de ellos.

—Pero lo hiciste, ahora vas a pagar detrás de las rejas, y creo que va ser lo que resta de tu vida, al menos que te manden a un centro psiquiátrico, si todavía sigues diciendo que todo fue por un demonio.

Sabía que eso podría pasar, que todos pensarían que era un demente.

—Si no es que me muera antes —dije, pude notar un poco de preocupación en el rostro del chico.




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