Corté el árbol

Mi última carta.

Fue bajo ese árbol donde lo conocí. ¿Cómo olvidarlo? Con sus cabellos rozando los rayos de sol que se filtraban a través de las hojas muertas. Un otoño frío. Bastó una mirada de sus ojos pardos, una sonrisa aniñada.

Sabes, fueron tus dientes torcidos los que llamaron mi atención. Recuerdo preguntarle a mamá: Mami, ese niño si es feo, ¿por qué me mira? Cuando mamá me reprendió por ser cruel, le dije: Pero, no quiero mirarlo, mami, es muy feo. Tiene los dientes así —puse dos dedos en mis labios simulando dos enormes dientes—. Creo que sus dientes quieren escapar.

Desde entonces soñé con un enorme conejo blanco con dientes similares. Por eso cada vez que me mirabas en la escuela y me sonreía, recordaba a mi amigo conejo. Eras gracioso. Pasaron años y tus hermosos frontales, que llegué apreciar, ya no estaban, los mudaste. Y con ello mi amigo conejo desapareció de mis sueños. Te odié por eso.

Tus dientes nos acercaron, nos volvimos grandes amigos por ellos. Cuando miro a nuestro bebé me pregunto si tendrá dientes como el señor conejo. Y si alguna niñita cruel se burlará de él hasta crear una amistad.

Vaya que ocurrió, y te lo eché en cara. Yo tuve razón, y tú me la dabas, siempre me la das. Es una de las cosas que amo de ti.

No sé si fue casualidad o el destino, ¿quizás la ironía? Pasábamos por el roble, el mismísimo de nuestra juventud, solo que esta vez era primavera. Las hojas no caían del árbol ni el sol se filtraba entre ellas. Justo pasábamos debajo cuando una pequeña niña arrugó la cara y señaló a nuestro hijo. Oí decirle a su madre lo feo que era mi bebé. Hizo gestos con sus dedos y con descaro le sacó la lengua antes de arrastras a su madre por el parque.

Quería gritarle a la señora que le enseñara modales a su hija. Pero me detuviste, sonreíste y preguntaste por una niña cruel que le robó el corazón.

Me quedé sin palabras. ¿Cómo lo soportó mi suegra? Le pregunté, y me entregó sus diarios. Allí encontraría lo necesario, me dijo.

Al día siguiente al llevar mi niño al colegio, descubrí a la pequeña diablilla mirando a mi retoño. Antes de que pudiera hacer nada, la niña se soltó de su madre y estiró una diminuta mano.

—Soy Emilia —dijo con vocecita suave—. ¿Podemos ser amigos?

Mi hijo, que desde el día anterior se veía decaído, le devolvió la sonrisa. Se presentó y se estrecharon la mano. Cuando mi bebé mostró sus dientes, vi a su padre en él.

Creía que era casualidad la vida similar que llevamos mi suegra y yo. Ella murió, y fue cuando comencé los diarios.

Entonces pasaron los años y mi hijito se fue a estudiar lejos. Venía en vacaciones y uno que otro cumpleaños. Me crucé a la niña, ahora mujer, un par de veces. Ella me saludaba con cariño y seguía su camino.

Nosotros estábamos emocionados por la decisión de nuestro hijo al establecerse cerca. Después de todo, ya estábamos viejos. Quería nietos, uno cinco al menos.

No regresó solo, una chica lo acompañaba. Al igual que Emilia, él siguió su vida.

Yo no dejaba de ver mi propia vida en las de ellos. Como leer un libreto repetido por tercera vez, distintos actores, misma historia.

Temía por Emilia. Si mi vida se repetía en ella, no le esperaba nada bueno. Ni a mi hijo la felicidad con esa mujer.

Mi esposo y yo no podíamos creer lo que estaba ocurriendo. Debíamos hacer algo. ¿Qué podíamos hacer?

Decidimos quedarnos como espectadores. No somos nadie para interferir. Por supuesto, en cada ocasión nombraba a Emilia, lo guapa que estaba y lo tanto que extrañaba eso viejos tiempos donde les horneaba galletas. Una inofensiva ayuda.

Ocho años pasaron, una infidelidad y un divorcio de mi hijo. No supe de Emilia desde entonces. Escuché que se fue con un hombre adinerado. La casualidad ya no lo era, sabía lo que le pasaría y no hice nada. Me sentí mal, muy mal. «No otra vez, no ella, por favor», le suplicaba a Dios todas las noches.

Nada me fracturó como lo hizo ver la muerte de un hijo a manos de su propio padre.

Vivía sin vivir, respiraba porqué lo necesitaba. Después de incontables juicios en contra de mi primer esposo, regresé a mi hogar. A mi verdadero hogar.

Ya no tenía familia, nadie que me consolara o pudiera compartir mi dolor. Fue una etapa oscura.

«Emilia, donde quieras que estés, regresa a casa, mi hijo te espera. Él está herido, necesita tu dulce manita».

Emilia regresó.

Al enterarme la busqué, temerosa.

Me miré en un espejo al verla parada en la puerta de su casa. Las profundas sombras bajo sus ojos, la mirada perdida, incluso la leve sonrisa vacía. La abracé. Ella lloró en mis brazos.

Estaba pasando, realmente estaba pasando.

La historia era parecida, con una diferencia. Su esposo la maltrataba, al igual que a mí, pero no asesinó a su hijo por llorar más de lo tolerado, cómo él se justificó en los tribunales. No, no le ocurrió lo mismo. Fue peor.

La sometió a distintos caprichos. Golpearla una de ellos, obligarla a matar la vida en pleno crecimiento en su vientre. Cuando no quiso matar a un hijo más, él la intento matar a ella. La mantuvo en cautiverio sin atenciones a su bebé. Cuando una empleada escuchó gritos, la ayudó escapar. Por desgracia, el niño nació muerto.



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En el texto hay: misterio, romance, drama familiar

Editado: 13.09.2026

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