Corvus

I

El vidrio de la cápsula se deslizó con un siseo suave de descompresión. Al mismo tiempo, un maullido bajo y ronco rompió el silencio, como si Patrick todavía tuviera hielo en la garganta.

Mara abrió los ojos con esfuerzo. La luz naranja de emergencia le golpeó las pupilas. Movió el torso lentamente y levantó al gato con ambas manos. Patrick pesaba distinto después de la criogenización: más denso, como si el frío se le hubiera metido en los huesos y no quisiera salir. Sabía que era su imaginación, pero igual lo apretó un segundo contra el pecho antes de soltarlo sobre la plataforma.

La nave estaba en silencio.

No era el silencio habitual de una travesía larga —ese zumbido constante de ventiladores y sistemas en standby, casi un latido—. Este era otro silencio. Roto. Vacío.

Puso los pies descalzos en el suelo metálico. El frío le subió por las plantas y le aclaró un poco la cabeza. Las piernas tardaron en responder, temblorosas. Patrick saltó antes que ella, aterrizó torpemente y se quedó quieto, las orejas giradas hacia las luces de emergencia que parpadeaban en naranja sucio.

No era buena señal.

Mara se pasó la mano por la cara, sintiendo la piel hinchada y fría. Los mechones negros le caían sobre la frente, pegados todavía por el sudor de la criogenia, y los apartó con un gesto automático antes de que terminaran de molestarle. Miró las otras cuatro cápsulas alineadas en la sala. Tres seguían cerradas, intactas, con sus ocupantes dormidos en un sueño que aún no había terminado. La suya estaba abierta. Y la del técnico jefe también.

Se quedó mirándola un largo momento sin moverse. El protocolo era claro: si ella despertaba segunda, era porque él había despertado primero. Porque algo había fallado y él no había podido resolverlo solo.

Entonces… ¿dónde estaba?

Tomó aire despacio, lo soltó, y buscó con la mirada el panel de diagnóstico al fondo de la sala. La pantalla parpadeaba con datos que todavía no lograba leer desde ahí. Se acercó apoyando una mano en la pared fría para no perder el equilibrio. Patrick la siguió en silencio, rozándole el tobillo con el cuerpo.

Los números tardaron unos segundos en enfocarse. Cuando lo hicieron, Mara los leyó dos veces. Después una tercera.

Cerró los ojos.

Fallo cardíaco. Once horas atrás. El jefe técnico había muerto en su litera sin que ninguna alarma llegara a tiempo a la sala de criogenia. Solo un registro frío y automático.

Se quedó ahí, con las manos apoyadas en el borde del panel, las cicatrices de taller resaltando bajo la luz naranja. Tres tripulantes más seguían dormidos. Tres personas que no sabían nada.

Por un segundo pensó en pulsar el botón de emergencia para despertarlos a todos. En explicarles lo que había pasado. En repartir la responsabilidad.

El pensamiento le provocó un nudo en el estómago.

—No todavía —murmuró, casi sin voz. No era una decisión. Era solo ganar tiempo.

Patrick maulló otra vez, más bajo, como si pidiera explicación. Mara se agachó, lo levantó con una mano y lo apretó contra su pecho. El gato ronroneó débilmente, todavía aturdido.

—Vamos a ver qué pasó primero —le dijo en voz baja, más para ella que para él.

Y empezó a caminar hacia el pasillo, con Patrick en brazos y un peso desconocido asentándosele entre los omóplatos.

El pasillo principal estaba más frío de lo normal. Las luces de emergencia seguían parpadeando en naranja, proyectando sombras largas sobre las paredes grises. Mara caminaba despacio, todavía con las piernas flojas, Patrick acurrucado contra su pecho. El gato había dejado de maullar; ahora solo respiraba rápido, como si también estuviera evaluando la situación.

Llegó a la intersección que daba a las cabinas individuales. La del jefe técnico estaba entreabierta. Una luz blanca, más fuerte que la de emergencia, se filtraba por la ranura.

Mara se detuvo un segundo. Patrick levantó la cabeza, alerta.

—No seas idiota —se dijo en voz baja—. Es solo un muerto.

Empujó la puerta con el hombro. La cabina era pequeña, funcional: una litera, un escritorio plegable y un armario estrecho. El jefe estaba acostado, medio incorporado contra la pared, como si hubiera intentado levantarse. La cara tenía un tono violáceo oscuro, los ojos entreabiertos. Un hilo de saliva seca le bajaba por la comisura. En la mano derecha todavía sostenía el comunicador portátil, la pantalla apagada.

Mara se quedó en el umbral sin entrar del todo. No sintió náuseas. Solo un cálculo frío.

Dudó medio segundo antes de acercarse. Tragó saliva y tocó el cuello del hombre con la mano libre. Frío. Rígido.

—Infarto… probablemente —murmuró.

Patrick se removió en sus brazos. Mara lo acomodó mejor y miró alrededor. La litera estaba deshecha. En el escritorio había una taza de café sintético volcada, el líquido seco formando una mancha marrón.

Entonces vio el libro. Estaba en el estante sobre la litera, con el lomo gastado de tanto abrirlo. No era el tipo de objeto que alguien llevaba a un contrato de Orbital Dynamics. Era el tipo de objeto que alguien llevaba porque no podía no llevarlo.

Mara no lo tocó. Lo miró durante un segundo más de lo que había planeado, sin saber exactamente qué estaba mirando, y después apartó los ojos.

Por un segundo pensó en los tres que seguían dormidos abajo. El nudo en el estómago apareció otra vez. La mandíbula se le tensó sin que pudiera evitarlo.

—No todavía —dijo en voz baja.

Respiró hondo, pero el aire le salió entrecortado. Se agachó, dejó a Patrick en el suelo y abrió el armario del jefe. Sacó un mono limpio de la empresa: tela gris oscuro con el logo descolorido de Orbital Dynamics en el pecho, el mismo que ella había usado durante tres años de contratos. El tejido era resistente pero ya empezaba a pelarse en los codos, típico de los modelos baratos que daban a los técnicos de segunda. Se cambió rápido, dejando el suyo sucio tirado en un rincón. Los guantes nuevos le quedaron un poco grandes.




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