El primer día lo pasó revisando cosas que no necesitaban ser revisadas.
Recorrió cada sala de la Corvus con una tablet y una linterna, anotando daños que ya conocía, midiendo temperaturas que no iban a cambiar. Era trabajo inútil y lo sabía. Lo hizo igual, despacio, con la precisión exagerada de alguien que necesita que las manos estén ocupadas. Patrick la seguía a distancia, deteniéndose cada tanto a olfatear las juntas de los paneles como si él también estuviera haciendo su propio inventario.
A media mañana pasó por la cabina del técnico jefe. La puerta seguía como la había dejado: entreabierta, la luz apagada. Se detuvo un segundo, la mano en el marco. Después la cerró del todo, fue a buscar el equipo de sellado de emergencia y pasó veinte minutos siguiendo el protocolo que ninguno de los dos habría querido que existiera. Lo registró en el sistema con la misma voz plana con que había grabado el mensaje de auxilio. Disposición de tripulante fallecido según reglamento OS sección 4, artículo 12. Abrió la escotilla de carga menor, hizo lo que había que hacer, cerró la escotilla.
No pensó en ello más de lo necesario. Esa era la única forma en que funcionaba.
A la noche se sentó frente al panel de comunicaciones y miró la pantalla. Transmitiendo. El cursor parpadeaba con una paciencia que ella no tenía.
Comió algo de las raciones de emergencia. Sabía a cartón húmedo con un vago recuerdo de tomate. Le ofreció un trozo a Patrick, que lo olió, lo consideró con seriedad filosófica y lo ignoró con una dignidad que Mara encontró personalmente ofensiva.
—Estamos juntos en esto —le dijo—. No puedes permitirte ser selectivo.
Patrick se fue a dormir a la silla del técnico jefe. Mara se quedó mirando el espacio vacío donde el hombre había estado sentado menos de dos días atrás y decidió que era hora de apagar las luces.
Antes de hacerlo se asomó a la sala de criogenia. Tres formas quietas detrás del vidrio. Davan, el técnico de sistemas de energía. Sael, la supervisora de contrato. Reeve, el piloto, con doce contratos anteriores con Orbital Dynamics y un archivo que no aclaraba si ese era su nombre o su apellido. Ninguno sabía nada. Ninguno había elegido nada.
Mañana, pensó. Si mañana no hay respuesta, los despierto.
Apagó la luz y se fue a dormir.
El segundo día no los despertó.
La lógica era simple y la repasó mientras bebía el café: despertar a tres personas en una nave sin propulsión no cambiaba nada operacional. Solo multiplicaba la ansiedad por cuatro. Ellos no podían reparar lo que ella no podía reparar.
Era una decisión racional. Se lo dijo mientras revisaba por tercera vez los mismos indicadores que había revisado el día anterior.
El tercero tampoco.
El cuarto amaneció con las piernas inquietas y la cabeza demasiado liviana, ese estado específico que no era sueño ni vigilia sino el espacio entre los dos donde los pensamientos llegaban sin que ella los hubiera invitado. Se quedó acostada mirando el techo metálico. Patrick estaba acurrucado en el hueco detrás de sus rodillas, pesado y caliente.
Pensó en los tres dormidos. ¿Tienen familia?, pensó. ¿Alguien que sepa dónde están?
Ella había dejado dirección de contacto a una vecina de su módulo en Kepler. No era familia. Era un arreglo razonable entre adultos prácticos.
No era lo mismo que tener a alguien esperando.
Se levantó antes de que el pensamiento terminara de formarse. Calentó agua, comió otra ración. Miró sus manos sobre la mesa, las cicatrices de taller que conocía de memoria, y pensó sin quererlo en otras manos, más tranquilas que las suyas, que sostenían una cinta métrica física como si fuera una herramienta más.
No siguió por ahí.
Fue a revisar los indicadores.
El quinto día encontró la caja de herramientas del técnico jefe guardada bajo la mesa de trabajo de la sala de distribución. Estaba bien organizada, cada pieza en su lugar, las llaves ordenadas por tamaño. Mara la abrió, la revisó entera, la volvió a cerrar. Después la abrió otra vez y reorganizó las llaves por tipo de cabeza en lugar de por tamaño.
Estás reorganizando lo que ya estaba bien.
La voz llegó sin aviso, con esa cadencia tranquila que tenía para decir las cosas sin que sonaran a crítica. Mara cerró la caja con más fuerza de la necesaria.
No era un recuerdo exactamente. Era más parecido a un hábito, la manera en que ciertos gestos traen consigo ciertas voces sin pedir permiso.
Eso significa que estás evitando algo.
—Ya sé —dijo en voz alta, a nadie.
Patrick levantó la cabeza desde el rincón donde estaba durmiendo y la miró con una atención que no había pedido.
—No te hablaba a ti —le dijo.
El gato volvió a cerrar los ojos.
Mara dejó la caja donde estaba y fue a preparar café. Lo bebió de pie, mirando la pared, sin pensar en nada concreto. O intentando no pensar en nada concreto, que no era lo mismo pero en la práctica producía resultados similares.
El sexto día limpió la cabina del técnico jefe.
No porque fuera necesario. Pero Mara amaneció con la idea fija y decidió no cuestionarla. Dobló la ropa que había quedado tirada. Guardó los objetos personales en una bolsa sellada: una foto impresa en papel, cosa rara y cara, que mostraba a un hombre mayor con dos niños en lo que parecía una playa de alguna colonia terrestre. Un libro de papel, todavía más raro, con el lomo gastado de tanto abrirlo. Unas monedas antiguas que probablemente no servían en ningún lugar del sistema pero que alguien había conservado de todas formas, con ese cuidado específico que la gente reserva para las cosas que no tienen uso pero tampoco pueden tirarse.
Las guardó con cuidado.
Limpió la mancha de café seco del escritorio. Cambió las sábanas de la litera, las dobló en una esquina. Cuando terminó se quedó parada en el centro de la cabina pequeña y funcional sin saber bien qué había esperado sentir.