El mensaje tenía tres días cuando Mara dejó de contarlos.
No porque hubiera perdido la noción del tiempo sino porque contar los días se había vuelto un ejercicio que no conducía a ningún lado concreto. La baliza seguía emitiendo cada quince minutos. La pantalla seguía mostrando Transmitiendo. El café seguía sabiendo a cartón. Contar no cambiaba ninguna de esas cosas.
Lo que sí hacía era revisar el panel de comunicaciones cada pocas horas con la esperanza de encontrar algo nuevo, y cada pocas horas no encontraba nada nuevo, y después volvía a hacer algo con las manos hasta que volvía a revisar. Era un ciclo poco productivo que reconocía como tal y que hacía de todas formas porque la alternativa era quedarse quieta y quedarse quieta no era algo que le saliera de manera natural.
Patrick había desarrollado la costumbre de seguirla de sala en sala con una fidelidad que Mara sospechaba tenía menos que ver con el afecto y más con el hecho de que ella era la única fuente de calor en movimiento en setenta y dos metros de metal frío. Lo aceptaba de todas formas. El pragmatismo no hacía el resultado menos real.
El quinto día después del mensaje encontró una barra de calibración de medio metro detrás del panel secundario. Era una herramienta estándar, acero sólido, con el peso correcto para su función original. Mara la limpió, la revisó, y la dejó apoyada contra la pared junto a la escotilla de acoplamiento.
No pensó demasiado en por qué lo hacía. O sí pensó, pero no en voz alta, ni siquiera para Patrick.
La tercera vez que revisó el panel sin encontrar nada nuevo, apagó la pantalla y se quedó mirando el reflejo oscuro de su cara en el vidrio. Tenía los mismos gestos de siempre cuando esperaba: los dedos tamborileando una vez sobre la consola y parando solos, como si alguien le hubiera dicho en algún momento que ese ruido molestaba y el cuerpo lo hubiera recordado aunque la cabeza no. Cal se lo había dicho. Una vez, sin énfasis, de la misma manera en que señalaba cualquier cosa que no funcionaba del todo bien.
Dejó la mano quieta sobre la consola.
El séptimo día intentó dormir una siesta después del almuerzo y en cambio se quedó acostada mirando el techo durante cuarenta minutos pensando las pocas palabras de la pantalla. ETA variable
Se levantó, fue a la sala de control, revisó el panel de comunicaciones. Nada nuevo. Fue a la ventana de observación y miró el espacio durante un rato. Negro, quieto, sin referencia. En algún lugar ahí afuera había una nave moviéndose hacia ella a una velocidad que no conocía en una dirección que no podía calcular. Podía estar a días o a semanas y no tenía forma de saberlo.
ETA variable significaba exactamente eso.
Esa tarde revisó por segunda vez los sellos de la escotilla de acoplamiento, no porque hubiera razón técnica sino porque era algo concreto que hacer con las manos. Mientras los revisaba pensó, sin quererlo, en que Cal habría tenido la lista hecha antes de que ella terminara de plantear el problema. No una lista escrita. Cal no escribía las listas, las guardaba, y las sacaba cuando hacían falta con la misma naturalidad con que se saca una llave del bolsillo. Mara siempre había escrito las suyas. Eran distintos en eso, y en casi nada más.
Patrick saltó al alféizar de la ventana y se sentó a su lado, mirando hacia afuera con esa concentración sostenida que los gatos reservan para cosas que los humanos no pueden ver.
—¿Qué estás mirando? —le preguntó Mara.
El gato movió la punta de la cola.
—Bien —dijo Mara—. Avísame si ves algo.
La baraja de cartas la había encontrado en la sala de descanso, en el cajón de abajo de la mesa, debajo de un manual técnico que nadie había abierto en años. Las cartas eran de papel real, gruesas, con los bordes levemente arqueados del uso. Las barajó sin armar ningún juego, solo por el movimiento, por el sonido específico que hacían al caer unas sobre otras. Era el tipo de cosa que Cal habría entendido sin que ella lo explicara. El tipo de cosa que no necesitaba explicación entre ellos.
Estaba en la mitad de la segunda barajada cuando el radar emitió un pitido.
Tardó menos de diez segundos en llegar a la sala de control. La pantalla mostraba una señal pequeña, clara, acercándose desde el cuadrante noreste a una velocidad constante. El sistema tardó unos segundos en clasificarla.
Nave ligera, clase transporte personal, un motor principal, capacidad estimada uno a dos tripulantes.
Mara leyó la clasificación dos veces. Después buscó la identificación de origen.
El código no correspondía a ninguna compañía registrada. Un operador independiente, de los que trabajaban fuera de las rutas comerciales principales. Legal en teoría. Común en zonas donde Orbital Dynamics no llegaba o no le interesaba llegar.
Intentó establecer comunicación en el formato de protocolo estándar. La señal salió y no volvió con nada. Lo intentó en dos formatos alternativos. Nada.
La nave seguía acercándose a la misma velocidad constante, sin acelerar ni desacelerar, como si su trayectoria fuera un hecho ya resuelto.
Mara se quedó mirando el radar durante un momento. Después fue a buscar la barra de calibración junto a la escotilla y la llevó a la sala de control. La apoyó contra la consola, al alcance de la mano, y volvió a sentarse frente al radar.
Patrick llegó cinco minutos después y se instaló en la consola central con las orejas orientadas hacia la pared del casco.
Las horas siguientes Mara las pasó entre el radar y el panel de comunicaciones, intentando establecer contacto cada treinta minutos y recibiendo el mismo silencio cada vez. La nave se acercaba con una precisión metódica, ajustando la trayectoria en intervalos regulares, calculando el ángulo de acoplamiento con una exactitud que no era de piloto automático básico. Alguien que sabía lo que hacía. Alguien que lo había hecho antes.
Cuando el sistema emitió el pitido de acoplamiento inminente, Mara tenía la barra en la mano.