Corvus

IV

La sala de descanso era pequeña con dos personas adentro.

Mara lo notó de una manera que no había notado antes, en dieciocho días de tenerla para ella sola. No era que el hombre ocupara demasiado espacio. Era que su presencia tenía un peso específico que reorganizaba el espacio a su alrededor sin que él hiciera nada para producir ese efecto.

Señaló el armario de raciones sin decir nada. El hombre lo abrió, revisó el contenido con una linterna pequeña que sacó del bolsillo, y empezó a contar en silencio. Mara se dio cuenta de que estaba leyendo las etiquetas de los paquetes que él no tocaba, inventariando lo que quedaba antes de que terminara de tomar lo que se llevaba. No había decidido hacerlo. Sus ojos lo hicieron solos.

Las manos del hombre se movían con eficiencia, separando lo que necesitaba de lo que dejaba, sin vacilación y sin codicia. No tomaba de más. Eso era lo primero que Mara notó, y notarlo la desconcertó más de lo que habría querido.

Patrick entró a la sala, evaluó la situación y se fue a sentar en la esquina opuesta.

—¿Cuánto necesitas? —preguntó Mara.

El hombre no levantó los ojos del armario.

—Lo suficiente.

—Lo suficiente no me dice nada.

El hombre se detuvo un momento. Después siguió separando paquetes.

—No voy a dejarte sin margen —dijo—. Ni aquí ni en el combustible.

No lo dijo como una promesa. Lo dijo como un dato operacional, del mismo tipo que los que Mara usaba para calcular rutas y consumos. Ella lo procesó como tal, aunque algo en el orden de las palabras, ni aquí ni en el combustible, dicho antes de que ella hubiera mencionado el combustible, le indicó que el hombre ya había hecho ese cálculo antes de entrar.

Lo había planeado. Cuánto tomar, cuánto dejar. Había entrado sabiendo exactamente eso.

Mara miró los paquetes que quedaban en el armario. Contó. Hizo el cálculo rápido que llevaba semanas haciendo de manera automática: personas, días, consumo mínimo para que los sistemas de soporte vital de las cápsulas siguieran funcionando sin drenar las reservas generales.

—Si te llevas eso nos quedamos cortos —dijo. La voz le salió plana, sin acusación, porque no era una acusación sino un hecho técnico que el hombre necesitaba tener—. Hay tres personas en criogenia que no saben que están contando con esas raciones.

El hombre la miró por primera vez desde que había abierto el armario. Fue una mirada breve, evaluativa, del tipo que no busca el estado emocional de la otra persona sino la precisión de lo que acaba de decir.

Devolvió dos paquetes al armario.

No dijo nada. Cerró la puerta, recogió lo que se llevaba y lo sostuvo bajo el brazo con la misma mano que no tenía la pistola.

—El combustible —dijo.

Hizo un gesto mínimo con la cabeza hacia el pasillo. Adelante.

Mara caminó.

Pasaron frente a la sala de criogenia. La puerta estaba entreabierta, como Mara la había dejado esa mañana al revisar los indicadores. La luz interior era tenue, azulada, el tipo de luz que los sistemas de criogenia mantenían de manera constante. Desde el pasillo se veían las cápsulas, tres formas quietas detrás del vidrio.

El hombre se detuvo.

No completamente. Fue una fracción de segundo donde el paso se hizo más lento antes de continuar, tan breve que Mara no habría podido afirmar con certeza que había pasado si no hubiera estado prestando atención a exactamente ese tipo de cosa.

Miró las cápsulas. Miró a Mara.

—¿Cuánto tiempo llevan? —preguntó.

Mara tardó un momento en responder, no porque no supiera la respuesta sino porque la pregunta no era la que esperaba.

—Desde el inicio del viaje —dijo—. Más de dos semanas.

El hombre asintió una vez, despacio, con la expresión de alguien que está procesando un dato que no había pedido pero que ahora tiene que incorporar a algún cálculo interno. Después siguió caminando.

Mara no preguntó por qué había preguntado. Tampoco dejó de pensar en ello.

La sala de distribución olía todavía a aislamiento quemado. El hombre lo registró, una inhalación breve, los ojos moviéndose hacia el convertidor fundido en la pared. Lo miró un segundo más de lo que requería simplemente notarlo, con algo que no era curiosidad técnica sino algo más quieto, algo que desapareció tan rápido que Mara no habría podido describirlo si alguien se lo hubiera pedido.

Un segundo. No más.

—Ahí —dijo Mara, señalando el depósito auxiliar.

El hombre se acercó, abrió el depósito y revisó los niveles con un medidor que también venía de su bolsillo. Tenía los bolsillos de alguien que vive lejos de los lugares donde se pueden conseguir cosas: llenos de herramientas pequeñas y precisas, cada una en su lugar.

Conectó la manguera de transferencia que había traído enrollada al hombro y abrió la válvula. La pistola la había dejado sobre la consola lateral mientras trabajaba con las dos manos, a metro y medio de él, a dos metros de Mara.

Mara lo notó en el momento exacto en que ocurrió.

No fue una decisión. Fue que sus ojos fueron ahí solos, calcularon la distancia, calcularon la posición del hombre, calcularon cuánto tiempo tomaría. Todo en menos de un segundo, con la misma automaticidad con que había inventariado las raciones. Su peso se desplazó levemente hacia adelante, el tipo de desplazamiento que precede a un paso, y entonces algo en su cabeza dijo no con una claridad que no necesitó elaborarse.

No era una opción. No con alguien que se movía como él. No cuando no sabía si tenía algo más encima además de la pistola. No cuando tres personas dormidas dependían de que nada saliera mal en los próximos minutos.

Volvió a apoyar el peso en los talones.

El hombre no levantó los ojos del medidor. Pero algo en el ángulo de sus hombros había cambiado levemente, una tensión mínima que no estaba antes, y que desapareció casi al mismo tiempo que Mara tomó su decisión.




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