Corvus

V

La escotilla llevaba diez minutos cerrada cuando Mara se movió.

Fue a la sala de control, se sentó frente al panel principal y abrió el sistema de inventario.

Primero los números. Después todo lo demás.

El combustible no alcanzaba para volver. Lo calculó dos veces porque la primera vez el resultado le pareció demasiado definitivo y quiso confirmar que no había cometido un error. No había cometido un error. Descartó esa opción con dos líneas en la tablet y pasó a la siguiente. El destino original tampoco, dirección opuesta, más lejos todavía. Otras dos líneas.

Abrió el panel de navegación y buscó cualquier cosa dentro del rango real de lo que tenían. Estaciones, puertos, colonias, cualquier punto con presencia humana y recursos básicos. El mapa respondía con silencio en la mayoría de las direcciones, ese silencio específico del espacio entre rutas comerciales donde Orbital Dynamics no llegaba y nadie más tenía razones para llegar.

Llevaba cuarenta minutos cuando el sistema marcó algo.

No era una estación ni un puerto. Era un planeta, catalogado en una exploración de hace diecisiete años con datos básicos. Atmósfera respirable, gravedad tolerable, presencia confirmada de agua en superficie. En una nota al margen alguien había añadido después de la exploración inicial: rastros de actividad humana antigua, instalación de extracción abandonada, fecha de abandono sin registrar.

Mara leyó el informe tres veces.

Calculó la trayectoria. Con cuarenta y dos por ciento de propulsión, asumiendo que el módulo funcionaba como debería, los números cerraban por poco, con un margen que no dejaba espacio para errores, pero cerraban.

Era la única opción que cerraba.

Se quedó mirando el mapa. Después pensó en lo que seguía después del planeta, en la solución que había estado construyendo en paralelo mientras hacía los cálculos: conseguir combustible, reactivar la baliza, mandar señal completa a Orbital Dynamics, entrar todos en criogenia y esperar. Semanas, meses, lo que hiciera falta. Sin consumo real, sin desgaste, sin más decisiones complicadas.

Era un buen plan. Lo desarrolló un poco más, buscando la falla, porque siempre había una falla.

La encontró en el módulo.

Lo que Kade había dejado no era un módulo certificado. Era un ensamblado de piezas de distintos orígenes con márgenes de tolerancia que Mara no habría firmado en ningún documento oficial. Dejarlo sin monitoreo durante semanas o meses mientras todos dormían era confiarle cuatro vidas a un debería. Y el sistema ya había fallado una vez en cascada. Un pico de voltaje, una reacción en cadena, el convertidor fundido en segundos.

Si algo similar ocurría con todos dormidos no habría nadie.

El buen plan colapsó con la misma limpieza con que habían colapsado los otros. Alguien tenía que quedarse despierto. Y una persona despierta consumía raciones reales cada día. Y si había turnos, que era lo único razonable, el consumo se duplicaba. Las raciones que quedaban después de que Kade se llevara su parte no alcanzaban para eso.

Necesitaba lo que hubiera en esa instalación abandonada.

No había plan B.

Patrick saltó a la consola y se sentó a su lado, mirando la pantalla con una atención que Mara encontró reconfortante de una manera que prefirió no examinar demasiado.

—Sí —le dijo—. Eso pienso yo también.

Fue a buscar el módulo.

Lo puso sobre la mesa de trabajo de la sala de distribución y lo examinó bajo la luz, girándolo despacio, siguiendo con los dedos las juntas entre piezas de distinto origen. Ya lo conocía. Sabía dónde estaban las juntas no estándar, sabía qué dependía de qué. Lo que no sabía, lo que ningún examen visual podía decirle, era cómo iba a responder el sistema cuando lo conectara de verdad.

Había una manera de averiguarlo sin instalarlo del todo.

Conectó el módulo al panel de diagnóstico con un cable de prueba, lo suficiente para simular carga sin comprometer los sistemas principales, y observó las lecturas. El sistema respondió. Los números subieron, estables al principio, después con una oscilación pequeña que no debería estar ahí. Mara esperó, mirando el indicador de voltaje, viendo la oscilación crecer un decimal, dos.

Un tercer decimal asomó y dudó si era ruido o el inicio de algo peor.

Cortó la conexión antes de que el número terminara de estabilizarse.

Se quedó un momento con la mano sobre el panel. La oscilación había sido pequeña. Dentro de los márgenes, técnicamente. Pero estaba ahí, y eso significaba que el módulo necesitaba atención constante, que no podía dejarse solo, que debería no era suficiente para lo que venía.

Sus manos lo habían sabido antes que ella. Se dio cuenta de eso ahora, un poco tarde, mirando el cable de prueba todavía conectado al panel.

Lo desconectó, guardó el módulo en la caja y fue a la sala de criogenia.

El sonido era lo primero que se notaba al entrar. Un zumbido bajo y constante, casi inaudible, el tipo de sonido que desaparece cuando se lleva suficiente tiempo escuchándolo. Mara llevaba dieciocho días escuchándolo y aun así lo escuchó ahora, de manera distinta, de pie frente a las tres cápsulas con los brazos cruzados.

Reeve. Descartado. No era un problema de navegación, y había algo en su archivo de doce contratos que sugería que las situaciones sin salida clara lo ponían nervioso de una manera que no le servía ahora.

Sael. Descartada. Demasiadas preguntas sin respuesta todavía, y Sael era el tipo de persona que necesitaba las respuestas antes de poder moverse.

Davan.

Mara se quedó mirando su cápsula más tiempo del que había tardado en descartar a los otros dos. Dentro, detrás del vidrio, había una cara que reconocía de unos días antes de la criogenia, de informes que nadie había pedido y que habían resultado útiles, de ese tipo de silencio productivo que no necesita llenarse con palabras para funcionar.




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