Corvus

VI

El proceso de despertar tardó dos horas.

Mara las pasó en la sala de descanso con el café rehecho, bebiéndolo despacio, sin hacer nada que no fuera esperar. Era una sensación extraña después de dieciocho días de movimiento constante. Ahora lo único que podía hacer era escuchar los sonidos de la nave cambiar de registro mientras el sistema trabajaba, y eso la dejaba con las manos quietas y demasiado espacio en la cabeza.

Pensó en cómo explicar dieciocho días en menos de una hora.

Lo había estado pensando desde que había iniciado el protocolo, construyendo versiones del relato, ordenando los hechos de manera que tuvieran una lógica clara sin dejar demasiados huecos. El técnico jefe. El fallo. Los dieciocho días sola. Kade. Kade era el problema, no porque fuera difícil de explicar sino porque cualquier explicación honesta llevaba inevitablemente a preguntas que Mara todavía no había terminado de responder ni para sí misma.

Patrick dormía en la silla de enfrente con esa indiferencia total que tenía para los momentos donde no había nada concreto que observar.

El sistema emitió el pitido de despertar completado.

Mara dejó el café y fue a la sala de criogenia.

Davan estaba sentado en el borde de la cápsula con los codos sobre las rodillas y la cabeza inclinada, parpadeando bajo la luz blanca del pasillo. La primera vez que Mara lo había visto, en los días de briefing antes de la criogenia, estaba siempre inclinado sobre algo, paneles, documentos, el sistema de energía de la nave que había revisado por iniciativa propia sin que nadie se lo pidiera. Ahora estaba incorporado y era más alto de lo que ese recuerdo sugería, con los hombros anchos de alguien acostumbrado a trabajar en espacios donde hay que empujar cosas pesadas. La cicatriz sobre la ceja derecha, una línea fina y blanca que Mara había notado en el briefing sin prestarle atención, era más visible bajo esta luz.

Miró la sala. Miró las luces. Miró a Mara.

—¿Cuánto tiempo? —dijo. La voz todavía ronca de criogenia pero directa, sin rodeos.

—Dieciocho días desde el fallo —dijo Mara—. Tres meses y dieciocho días desde el inicio del viaje.

Davan procesó eso. Sus ojos se movieron hacia las otras dos cápsulas al fondo de la sala y se quedaron ahí un momento, con una expresión que Mara no logró clasificar del todo. No era alivio ni preocupación exactamente, sino algo entre las dos cosas, el tipo de expresión de alguien que está procesando información y todavía no ha decidido cómo sentirse.

—¿Reeve y Sael? —dijo.

—Indicadores verdes. Sueño estable. No registraron fluctuaciones.

—¿Por qué siguen dormidos?

—Porque tú eres el que necesito ahora.

Davan asintió despacio. Sus ojos volvieron a las cápsulas un segundo más, el tiempo justo para que Mara entendiera que no era evaluación técnica sino otra cosa, antes de incorporarse con el esfuerzo visible de alguien cuyo cuerpo todavía no había terminado de recordar cómo funcionar.

—Necesito agua —dijo.

Fueron a la sala de descanso. Mara le dio una botella y Davan se la bebió de pie, de espaldas a ella, mirando la pared con esa concentración vacía de alguien que no está mirando nada sino esperando a que su cabeza termine de arrancar. Patrick apareció en el umbral, evaluó la situación y entró a sentarse debajo de la mesa.

Davan lo miró.

—El gato —dijo.

—Patrick —dijo Mara.

—¿Estuvo despierto todo el tiempo?

—Sí.

Davan bajó los ojos hacia Patrick, que lo observaba desde abajo con esa atención sostenida que reservaba para las situaciones que consideraba dignas de monitoreo.

—Suerte la suya —dijo en voz baja, casi para sí mismo.

Mara no respondió. Era exactamente lo que ella había dicho dieciocho días atrás en la oscuridad de su litera y escucharlo de otra persona tenía una calidad extraña, como encontrar algo tuyo en un lugar donde no lo habías dejado.

Davan terminó el agua y se sentó. Por primera vez desde que había despertado su postura cambió, los hombros bajaron un centímetro, la tensión de las manos disminuyó levemente.

—Cuéntame —dijo.

Y Mara lo hizo.

Empezó por el principio porque no había otra manera: el panel de diagnóstico, los números que no cerraban, el fallo cardíaco del técnico jefe registrado en frío por el sistema. Lo dijo así, sin pausas innecesarias, con la misma voz plana con que había grabado el mensaje de auxilio semanas atrás.

Davan escuchó con el cuerpo quieto y los ojos fijos en un punto medio entre los dos, como si estuviera convirtiendo las palabras en imágenes mientras llegaban. No interrumpió. Cuando Mara mencionó al técnico jefe, a Ferris, Davan no cambió de expresión pero algo en la postura se asentó de manera diferente, como si el nombre hubiera ocupado un lugar específico que estaba esperando desde el principio.

—¿Cómo lo encontraste? —preguntó cuando Mara hizo una pausa.

—En su cabina —dijo Mara—. Estaba medio incorporado contra la pared. Había intentado levantarse.

Davan asintió una vez, despacio. Repitió el nombre en voz muy baja, casi sin sonido, de la manera en que la gente repite los nombres de los muertos cuando los escucha en ese contexto por primera vez. Después dijo:

—¿El comunicador?

—Lo tenía en la mano. Pantalla apagada.

—¿Intentó llamar a alguien?

—No hay registro de llamada saliente. Probablemente no llegó a tiempo.

Davan miró la mesa un momento. Era una mirada corta, de esas que no son hacia algo sino hacia adentro. Después levantó los ojos.

—Sigue —dijo.

Mara siguió. Los dieciocho sola, la baliza en bucle, el silencio del espacio respondiendo con exactamente nada durante diez días. Cuando llegó a la respuesta de nueve palabras sin identificación, Davan frunció levemente el ceño.

—¿Sin protocolo estándar? —dijo.

—Sin protocolo estándar. Sin nombre de nave, sin identificación de compañía, sin confirmación de origen.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.