Corvus

VII

El primer turno de Mara empezó a las seis horas de haber activado la propulsión y terminó sin que hubiera dormido del todo.

No fue una decisión. Fue que el cuerpo, después de dieciocho días de sueños cortos e irregulares, había olvidado cómo entrar en sueño profundo sin que algún sistema de alerta interno lo interrumpiera antes de tiempo. Se quedó en ese espacio intermedio durante las seis horas, consciente de los sonidos de la nave de una manera diferente a como lo era cuando estaba despierta, más difusa, más lenta, pero presente. El zumbido del módulo. El ciclo de ventilación. Los pasos de Davan en la sala de control, regulares, cada cierto tiempo, el sonido de alguien que camina porque quedarse quieto le resulta más difícil que moverse.

Hubo algo más, en algún momento que no supo ubicar con precisión. Una voz, o algo parecido a una voz, sin palabras, solo el tono. Metal frío. Luz blanca. Una presencia que no miraba hacia ella sino que simplemente estaba ahí, en el umbral de algo que no era exactamente un sueño.

Cuando el intercomunicador emitió el pitido de cambio de turno Mara abrió los ojos y miró el techo durante un segundo antes de levantarse. No recordaba nada concreto. Solo la sensación de que algo había estado cerca.

Lo descartó.

Fue a la sala de control. Davan estaba sentado frente al panel secundario con una taza de café a medio terminar y la expresión de alguien que llevaba seis horas mirando indicadores sin que ninguno de ellos hiciera nada interesante.

—¿Cómo estuvo? —dijo Mara.

—Estable —dijo Davan—. Demasiado estable para lo que esperaba después de la instalación. Los sistemas normalmente fluctúan más en las primeras horas.

—A veces no fluctúan.

—A veces —dijo Davan, con un tono que indicaba que esa posibilidad la había considerado y no le había resultado completamente satisfactoria.

Se fue a dormir sin elaborar más. Mara se sentó frente al panel principal y revisó los logs de las últimas seis horas. Todo dentro de los parámetros esperados. La pequeña fluctuación del sector tres que había corregido durante la instalación no había vuelto a aparecer.

Patrick saltó a la consola y se sentó a su lado.

—¿Vos también? —le dijo Mara en voz baja.

El gato parpadeó.

Mara revisó los logs una segunda vez. Después una tercera, buscando algo que no sabía exactamente qué era, y no lo encontró, y no supo si eso era bueno o si era el tipo de cosa que Davan había querido decir con demasiado estable.

Anotó la observación en la tablet y siguió monitoreando.

El segundo día Davan encontró algo.

No durante su turno sino durante el de Mara, cuando se levantó antes del pitido de cambio porque había estado dando vueltas en la litera con la misma incapacidad de sueño profundo que Mara había tenido la noche anterior, y había decidido que levantarse era más productivo que seguir mirando el techo.

Llegó a la sala de control con el pelo todavía aplastado de un lado y una expresión que combinaba el cansancio con algo más activo, y se sentó en el panel secundario sin decir nada durante varios minutos, revisando los logs con esa sistematicidad que Mara ya había aprendido a reconocer como su estado natural ante un problema que todavía no tenía forma.

—Mirá esto —dijo finalmente.

Mara se acercó. Davan había abierto la comparación entre el sensor principal y el secundario del módulo, los mismos que había confundido durante la instalación, y había superpuesto las lecturas de las últimas treinta y seis horas.

—¿Ves la diferencia? —dijo Davan.

Mara la vio. Era pequeña, un desfase de menos de un punto porcentual entre las dos lecturas, el tipo de diferencia que en condiciones normales se atribuía a la tolerancia de calibración de los sensores y no requería atención.

—Está dentro de los márgenes —dijo Mara.

—Sí —dijo Davan—. Pero no debería ser consistente. Los sensores de distintos fabricantes no tienen desfases consistentes, tienen desfases variables. Este desfase es exactamente el mismo en cada ciclo de lectura. Lleva treinta y seis horas produciendo el mismo número.

Mara miró los datos. Davan tenía razón, era un patrón demasiado regular para ser ruido de calibración.

—¿Qué significa? —dijo.

—No lo sé todavía —dijo Davan—. Puede ser que uno de los sensores esté fijo en un valor y no esté midiendo realmente. O puede ser que el módulo esté produciendo una lectura estable artificialmente.

—¿Artificialmente?

—Es la palabra incorrecta —dijo Davan, con la incomodidad específica de alguien que ha usado una palabra más grande de lo que quería—. Lo que quiero decir es que el módulo podría estar operando en un rango muy estrecho que produce lecturas consistentes por razones que no son necesariamente positivas.

Mara miró los datos durante un momento.

—¿Qué hacemos?

—Seguir monitoreando —dijo Davan—. Y añadir chequeos manuales cada dos horas además de los automáticos.

—Eso va a cortar los turnos de sueño.

—Lo sé —dijo Davan.

Patrick había aparecido en el umbral de la sala de control y los miraba desde ahí, la cola quieta, las orejas orientadas hacia el panel como si también estuviera procesando la información.

Añadieron los chequeos manuales. El resto del día dos transcurrió en una vigilancia que era técnicamente idéntica al día anterior pero que tenía una textura diferente, más tensa, más atenta a los espacios entre las lecturas que a las lecturas mismas.

El desfase siguió siendo exactamente el mismo en cada ciclo.

El tercer día el módulo seguía estable y Mara instaló mal una conexión de rutina en el sistema de ventilación secundaria.

No era una conexión crítica. Era el tipo de tarea que hacía de manera automática, sin necesidad de consultar la tablet, con los movimientos memorizados de años de trabajo técnico. La había hecho decenas de veces en distintas naves. La hizo mal de todas formas, invirtiendo el orden de dos pasos que no debían invertirse, y no lo notó de inmediato sino tres minutos después cuando el sistema emitió un warning menor que no debería haber emitido.




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