Corvus

VIII

El planeta apareció en el radar doce horas antes de que fuera visible.

Mara lo había estado monitoreando como un punto en la pantalla durante cuatro días, un dato entre otros datos, y cuando la distancia se redujo lo suficiente para que los sensores ópticos lo captaran se levantó de la silla y fue a la ventana de observación sin decírselo a Davan.

Lo vio ahí afuera por primera vez como algo real y no como un número.

Era azul. No el azul brillante que aparecía en las imágenes de colonias habitadas o en los archivos de exploración de planetas con vida activa, sino un azul más apagado, casi gris en los bordes, el tipo de color que tiene el cielo justo antes de que termine de decidir si va a llover o no. Las nubes eran finas, distribuidas de manera irregular pero sin la densidad de un sistema tormentoso. Debajo de ellas, cuando la rotación los exponía, había masas continentales de contornos poco definidos, como si alguien hubiera esbozado la geografía sin terminar de precisarla.

No había luces en el lado nocturno.

Mara lo miró durante un momento. La sensación que producía no era exactamente inquietud sino algo más parecido a un error de cálculo, la incomodidad específica de cuando un sistema responde de manera casi correcta pero no del todo. El planeta tenía el aspecto de un lugar que debería estar habitado. La escala estaba bien, la atmósfera estaba bien, el agua estaba bien.

Simplemente no había nadie.

Davan apareció a su lado sin que ella lo hubiera escuchado llegar.

Lo miró también, en silencio, durante varios segundos.

—Demasiado quieto —dijo finalmente.

No era una observación técnica. Era la misma cosa que Mara había estado pensando sin encontrar las palabras correctas, formulada con la precisión directa que Davan tenía para los datos que no sabía dónde clasificar.

—Los sensores confirman atmósfera respirable —dijo Mara—. Temperatura dentro de rango tolerable. Agua en superficie.

—Lo sé —dijo Davan—. Sigo diciéndote que está demasiado quieto.

Mara no respondió. Siguió mirando el planeta durante un momento más y después fue a la sala de control a preparar la aproximación orbital.

Davan la siguió.

Trabajaron en silencio durante la hora siguiente, configurando los parámetros de órbita, verificando los sistemas de la lanzadera, revisando el protocolo de descenso. La lanzadera era una nave pequeña, funcional, diseñada para dos personas pero operada por una sin dificultad técnica mayor. Mara la había usado dos veces en el contrato anterior, descensos rutinarios a estaciones en órbita baja, sin complicaciones.

—Hay algo —dijo Davan, sin levantar los ojos del panel.

—¿Qué?

—La instalación. Los sensores la localizaron.

Mara fue a mirar. Los sensores habían identificado una concentración de estructuras artificiales en el hemisferio norte, coordenadas que coincidían aproximadamente con las del informe de exploración de diecisiete años atrás. Davan había abierto la imagen de los sensores ópticos junto con el mapa del archivo y los había superpuesto.

Las coordenadas eran exactas. No aproximadas, no dentro de un rango razonable de error. Exactas, con una precisión que no era esperable en datos de diecisiete años de antigüedad.

—Demasiado exactas —dijo Mara.

—Sí —dijo Davan.

Ampliaron la imagen de los sensores hasta el máximo de resolución disponible desde esa distancia. La instalación era visible como un conjunto de estructuras geométricas, ángulos rectos y líneas paralelas que no existían en la geografía natural del terreno circundante. Pero no era solo la geometría lo que no cerraba. Era la distribución: los edificios estaban organizados en un patrón radial perfecto alrededor de un punto central, cada estructura a la misma distancia del centro, cada conexión entre ellas en el mismo ángulo. Era el tipo de planificación que se usaba en instalaciones diseñadas para ser observadas desde arriba, no para ser habitadas desde adentro. Las instalaciones reales crecían de manera orgánica, siguiendo la lógica del trabajo y del espacio disponible. Esta parecía haber sido trazada primero en un papel y construida después sin modificación.

—No hay daño estructural visible —dijo Davan.

—No.

—Las instalaciones de extracción no se abandonan sin daño estructural. Si hay una evacuación de emergencia siempre queda algo, una conexión cortada, una estructura parcialmente desmantelada, algo que indica que la salida fue rápida o que el cierre no fue ordenado.

—Quizás el cierre fue ordenado —dijo Mara.

—¿Un cierre ordenado que no dejó registro en ningún sistema de Orbital Dynamics excepto un archivo modificado hace tres años con el autor borrado?

Mara miró la imagen. La instalación desde arriba tenía el aspecto de algo dejado, no abandonado. La diferencia era sutil pero estaba ahí, en la manera en que las estructuras se relacionaban entre sí, en la ausencia de los signos de deterioro que acompañaban siempre al tiempo y a la falta de mantenimiento.

—Está ubicada lejos de cualquier recurso de extracción evidente —dijo Davan—. No hay vetas geológicas cercanas, no hay depósitos hídricos de escala industrial. ¿Qué estaban extrayendo?

—El informe dice minerales sin clasificar completamente —dijo Mara.

—El informe dice lo que alguien quiso que dijera —dijo Davan.

Mara lo miró.

—¿Seguimos con el plan? —dijo.

Davan miró la imagen de la instalación durante un momento largo. Después miró a Mara con esa expresión de alguien que ha terminado de calcular algo y no está satisfecho con el resultado pero tampoco tiene un resultado mejor que ofrecer.

—¿Cuánto combustible nos queda para maniobras si decidimos no bajar? —dijo.

—Suficiente para mantenernos en órbita unos días. No suficiente para ir a ningún otro lado.

—Entonces no es una pregunta real —dijo Davan.

—No.

Davan asintió una vez, despacio.




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