Los doscientos metros hasta la instalación los hizo despacio.
El terreno era firme y uniforme, gris oscuro, sin las irregularidades que correspondían a diecisiete años sin mantenimiento de superficie. No había viento perceptible. El cielo era el mismo en todas direcciones, sin gradiente, sin la variación de tono que indicaba dónde estaba el sol con precisión. Mara lo buscó y lo encontró, una mancha más clara que el resto, pero su posición no generaba sombras del ángulo que ella habría calculado.
Siguió caminando.
El objetivo era concreto. Raciones primero, combustible segundo. Todo lo demás era secundario hasta que esas dos cosas estuvieran resueltas. Era la misma lógica con que había abordado cada problema en los últimos dieciocho días y no había razón para cambiarla ahora porque el problema ocurriera en un planeta en lugar de en una nave.
A cincuenta metros se detuvo y buscó signos de deterioro de manera sistemática. Las juntas entre paneles tenían sedimento consistente con diecisiete años de exposición. Algunas superficies tenían variaciones de color que indicaban ciclos de temperatura repetidos. Todo dentro de lo esperable.
Excepto que las superficies horizontales estaban limpias. Los bordes de las ventanas, los voladizos, las pasarelas entre edificios. Sin polvo. Sin la acumulación que diecisiete años producían inevitablemente en cualquier superficie expuesta.
Lo anotó y siguió.
La puerta principal tenía un panel lateral con luz verde. Constante, sin parpadeo. Mara la empujó.
Se abrió con la suavidad de algo que no había dejado de funcionar.
El aire que salió era más cálido que el exterior. Apenas, pero perceptiblemente. Adentro había luz de emergencia naranja proyectando sombras largas sobre paredes de material oscuro. El corredor principal se bifurcaba veinte metros más adelante, con puertas a ambos lados a intervalos regulares.
Mara entró.
Sus pisadas resonaron de una manera que no correspondía del todo con el espacio que estaba pisando. No era un eco exactamente. Era más parecido a un desfase, el sonido llegando desde una distancia ligeramente mayor a la real.
No se detuvo.
La primera puerta a la izquierda estaba abierta. Era una sala de trabajo, cuatro mesas con herramientas en uso, paneles abiertos, el estado de las cosas cuando alguien las deja con la intención de volver. En la mesa del fondo había una taza.
No era lo que buscaba. Siguió.
El comunicador emitió el pitido de los veinte minutos.
—Primer chequeo —dijo Davan—. ¿Estado?
—Dentro de la estructura principal —dijo Mara—. Primer corredor. Hay signos de actividad reciente. Buscando almacenamiento.
—¿Sistemas activos?
—Luz de emergencia. Panel de entrada con luz verde. El aire interior está más cálido que el exterior. Hay suministro energético activo pero todavía no encontré la fuente.
—Eso es lo más importante junto con las raciones —dijo Davan—. Sin fuente identificada no sabés qué más está funcionando.
—Lo sé. Voy sala por sala.
—Entendido. Próximo chequeo en veinte.
Mara cerró la comunicación y siguió el corredor.
Abrió la segunda puerta. Era un baño de instalación, pequeño, funcional, sin nada relevante. La tercera puerta daba a una sala de equipamiento técnico, estantes con herramientas y repuestos, nada comestible. La cuarta era una sala de descanso con lockers metálicos a lo largo de una pared y una zona improvisada con cuatro sillas alrededor de una mesa baja.
Mara entró porque los lockers podían tener raciones de emergencia personales.
Los abrió uno por uno. Encontró ropa, objetos personales, el contenido desordenado de gente que había vivido en un espacio durante semanas o meses. En uno había una fotografía pegada en la puerta interior, dos personas en algún lugar con luz natural, sonriendo. En otro había una tableta con la pantalla apagada y sin carga. En el último locker abierto había dos barras de ración de emergencia, el tipo individual que la gente guardaba para sí misma, con fecha de vencimiento de hace nueve años.
Mara las tomó. Nueve años vencidas era demasiado incluso para una emergencia. Las dejó.
Sobre la mesa baja había un cuaderno.
No era lo que buscaba pero lo abrió de todas formas porque los cuadernos en instalaciones abandonadas contenían información sobre la distribución del espacio, sobre dónde estaban las cosas, sobre lo que no aparecía en los sistemas digitales.
Las primeras páginas eran notas técnicas, listas de verificación, el tipo de registro que alguien hacía cuando quería una copia que no dependiera de que la terminal estuviera funcionando. La letra era clara y ordenada.
Mara pasó las páginas buscando referencias a almacenamiento, a depósitos, a cualquier palabra que la orientara.
Encontró algo diferente.
Una corrección. Alguien había escrito una secuencia de pasos para restablecer el ciclo de presurización en un sistema de distribución de aire, había tachado dos de ellos y los había reescrito al margen. Mara la leyó. El procedimiento original era correcto, era el estándar para sistemas de circulación cerrada que ella conocía de memoria. La corrección reescribía esos pasos usando la lógica de un sistema de ventilación abierta, técnicamente coherente en su propio marco pero aplicada al sistema equivocado. Si alguien la ejecutaba en esta instalación apagaba la circulación en lugar de restablecerla.
Debajo de la corrección había una nota con letra más apresurada:
Revisado. Confirmado. Aplicar mañana.
Mara miró la nota durante un momento. Alguien había leído esa corrección, la había evaluado y había concluido que era válida. No por descuido. Con la convicción específica de alguien que estaba seguro de lo que estaba viendo.
Cerró el cuaderno y lo dejó donde lo había encontrado.
Salió de la sala de descanso y siguió.
Encontró el almacén cuatro puertas más adelante. Era una sala larga con estantes metálicos en ambas paredes. Las cajas de raciones de emergencia estaban en los estantes del fondo, el tipo estándar que usaban todas las instalaciones de Orbital Dynamics, selladas.