Corvus

X

Se separó de la pared.

No había decisión en eso. Era simplemente lo que seguía, de la misma manera en que lo que seguía después de encontrar al técnico jefe había sido ir a revisar el panel de diagnóstico. El hombre en la silla había estado sentado así durante mucho tiempo y no iba a cambiar eso. El combustible seguía sin estar encontrado.

Siguió el corredor secundario hasta el final.

Había una puerta que no había visto desde la intersección, parcialmente oculta por un estante de equipamiento desplazado de su lugar original. Sin panel lateral. Sin símbolo identificatorio. Mara la abrió.

Era el depósito.

No el depósito principal de una instalación de extracción, que habría sido más grande, sino un depósito auxiliar del tipo que se usaba para operaciones de superficie, para vehículos y lanzaderas, para las necesidades inmediatas que no podían esperar al suministro central. Los contenedores estaban alineados en estantes bajos, el tipo estándar con válvulas de transferencia compatibles con la lanzadera.

Mara revisó los niveles. Tres cuartos llenos la mayoría, algunos a la mitad. Calculó cuánto podía cargar sin exceder el peso de la lanzadera, calculó cuánto necesitaban para las maniobras orbitales y para el margen del módulo, calculó el diferencial.

Los números cerraban. Por poco, con el mismo margen ajustado de siempre, pero cerraban.

Empezó a transferir.

El proceso era manual y lento, el tipo de trabajo que ocupaba las manos y dejaba la cabeza libre, y Mara no quería la cabeza libre en este momento así que se concentró en los números, en los niveles, en el peso acumulado, en la secuencia de válvulas. Una tarea con pasos y solución.

El comunicador emitió el pitido de los veinte minutos.

—Tercer chequeo —dijo Davan—. ¿Estado?

—Encontré el combustible —dijo Mara—. Depósito auxiliar al fondo del corredor secundario. Estoy transfiriendo.

—¿Alcanza?

—Por poco.

—¿Cuánto tiempo necesitás?

—Veinte minutos. Quizás veinticinco.

—Entendido. —Una pausa breve—. ¿Qué más encontraste?

Mara siguió trabajando con las válvulas.

—Un hombre —dijo—. Sala pequeña al fondo del mismo corredor. Sentado. Muerto. Sin signos de violencia. Había una nota que decía que los parámetros estaban dentro de rango.

Silencio al otro lado.

—¿De la tripulación original? —dijo Davan.

—Probablemente. No tengo manera de confirmarlo.

—¿Y los otros? Si había seis sillas en la sala de operaciones —

—No lo sé —dijo Mara—. Próximo chequeo en veinte.

Cerró la comunicación antes de que Davan terminara la pregunta. No fue una decisión exactamente. Fue que la pregunta ya la conocía y no tenía respuesta que darle y seguir hablando no iba a cambiar eso.

Siguió transfiriendo.

A los quince minutos notó que el proceso le resultaba más difícil de lo que debería. No físicamente. Era la secuencia, el orden de las válvulas que había establecido al principio y que ahora tenía que reconstruir cada vez que completaba un contenedor, como si el paso anterior se borrara antes de que llegara al siguiente. Lo compensó anotando cada paso en la tablet a medida que lo completaba. Era un procedimiento que no necesitaba en condiciones normales.

Lo anotó también. Dificultad en retención de secuencia, depósito auxiliar, probable fatiga acumulada.

Probable.

Intentó recordar el nombre del técnico jefe. Lo tuvo un segundo y después no lo tuvo. Buscó en la tablet, lo encontró, lo leyó. Aldric Ferris. Lo sabía. Siempre lo había sabido.

Cerró la nota. Puso la mano en la válvula siguiente y no hizo nada con ella durante varios segundos. Después siguió.

Cuando terminó la transferencia revisó los contenedores dos veces para confirmar que había tomado lo que había calculado y no más. Los números coincidían. Cerró las válvulas, recogió el equipo, cargó los contenedores en el carrito de transporte que había encontrado apoyado contra la pared.

Fue hacia la salida.

Pasó frente a la sala de operaciones. La puerta seguía abierta, las cinco sillas con la ropa doblada visibles desde el corredor. Mara no se detuvo pero miró, de la manera automática en que se mira algo que el cerebro todavía está procesando aunque los pies no se detengan.

Las herramientas sobre la mesa.

Había algo en las herramientas que no había terminado de registrar la primera vez. Mara se detuvo en el umbral.

Las herramientas frente a cada silla eran diferentes. No el mismo conjunto repetido cinco veces sino cinco conjuntos distintos, cada uno específico para una tarea diferente. Como si cada persona hubiera estado trabajando en algo distinto en el momento en que había dejado lo que estaba haciendo y se había quitado la ropa.

Pero las tareas eran incompatibles entre sí. Los instrumentos de la primera silla correspondían a calibración de sensores. Los de la segunda a instalación de cableado. Los de la tercera a diagnóstico de sistemas de navegación. No eran tareas que se hicieran en paralelo en la misma sala. Eran tareas que se hacían en distintos lugares de una instalación.

Habían venido de distintos lugares a hacer esto.

Fuera lo que fuera esto.

Mara miró las sillas durante un momento más. Después siguió hacia la salida.

El corredor principal estaba igual que cuando había entrado. La luz naranja, las sombras largas, el silencio que no era ausencia de sonido sino otra cosa. Sus pisadas producían el mismo desfase de antes, el sonido llegando desde una distancia ligeramente mayor a la real.

Empujó la puerta principal.

Afuera el aire era más frío que adentro y eso debería haber sido un alivio y no lo fue exactamente. Mara se detuvo un segundo en el umbral, con el carrito de transporte detrás de ella y la instalación a su espalda, y miró el terreno gris oscuro hacia la lanzadera.

Doscientos metros.

El comunicador emitió el pitido de los veinte minutos.




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