Corvus

XI

La lanzadera tardó cuarenta minutos en acoplar con la Corvus.

Mara los pasó mirando los indicadores sin leerlos del todo, con esa atención difusa que no era descanso sino el estado específico de un sistema que ha procesado demasiado y necesita un intervalo antes de poder procesar más. El combustible estaba asegurado en los contenedores detrás de ella. Las raciones en la bolsa de trabajo. Afuera, el planeta azul apagado se hacía más pequeño con cada minuto, volviendo a ser lo que había sido al principio: un punto con datos.

No pensó en el hombre sentado frente a la pantalla.

O lo intentó, que no era lo mismo pero en la práctica producía resultados similares.

Cuando el sistema confirmó el acoplamiento y la escotilla se abrió, Davan estaba del otro lado. No en la sala de control sino ahí, en el pasillo junto a la escotilla, con los brazos cruzados. La miró de arriba abajo con la misma sistematicidad con que miraba los paneles. Una vez, rápido.

—¿Estás bien? —dijo.

—Sí —dijo Mara.

Davan asintió y tomó la bolsa de raciones sin preguntarle. Mara descargó los contenedores de combustible con dos viajes y los dejó en la sala de distribución. Patrick apareció en el umbral cuando terminaba el segundo viaje, la miró un segundo, y se fue a sentar en la consola más cercana como si hubiera confirmado algo que necesitaba confirmar.

—El módulo estuvo estable todo el tiempo —dijo Davan desde el pasillo—. Desfase consistente. Sin cambios.

—Bien —dijo Mara.

Fue a lavarse las manos. El agua fría le aclaró algo que no había sabido que necesitaba aclarar. Se quedó un momento con las manos apoyadas en el borde del lavabo mirando el metal, después se secó y fue a la sala de descanso.

Davan había calentado agua antes de que ella acoplara. Había dos tazas sobre la mesa.

Mara se sentó. Empezó a hablar antes de que él le preguntara, porque era más fácil así, con la voz todavía plana de alguien que está reportando y no procesando.

Le contó lo que no había podido contarle por el comunicador. No el hombre, eso ya lo sabía, sino la escala real del lugar, que era distinta a las palabras del comunicador de la misma manera en que un sistema visto desde los logs era distinto a un sistema visto con las manos adentro. Las cinco sillas con ropa doblada, cada conjunto ordenado con la precisión de alguien que seguía un procedimiento. Las herramientas sobre la mesa, cinco conjuntos diferentes para cinco tareas que no se hacen en la misma sala. La corrección incorrecta en el cuaderno, los dos pasos tachados y reescritos con la lógica equivocada, y debajo la nota con letra apresurada que decía revisado, confirmado, aplicar mañana.

Davan escuchó sin interrumpir. Cuando Mara terminó se quedó mirando la mesa durante un momento.

—La barra de progreso —dijo—. ¿En qué porcentaje estaba cuando saliste?

—No lo miré al salir —dijo Mara.

Davan asintió. Era el asentimiento de alguien que incorpora un dato que no mejora el panorama pero tampoco lo empeora de manera significativa porque el panorama general ya era lo que era.

El silencio que siguió no era incómodo. Era el silencio de dos personas procesando la misma información desde ángulos distintos. Mara bebió el café. Estaba demasiado caliente pero lo bebió igual.

Después sacó la tablet y la puso sobre la mesa sin decir nada.

Davan la giró hacia él. Leyó la entrada. La giró de vuelta.

—Una palabra —dijo.

—Con el timestamp de cuando estaba transfiriendo el combustible —dijo Mara—. Las dos manos ocupadas en las válvulas.

Davan no respondió de inmediato. Miró la pared con esa expresión de alguien que está tachando ítems de una lista mental y no está satisfecho con lo que queda.

—Las preguntas que te hice por el comunicador —dijo finalmente—. El rastro de Kade. El subsistema de registro secundario. ¿Las recordabas como conversaciones que habíamos tenido?

—Sí —dijo Mara—. Hasta que me di cuenta de que no las habíamos tenido.

—Lo formulé así para verificar —dijo Davan—. Porque había cosas que no cerraban. El desfase entre sensores llevaba tres días siendo exactamente el mismo número. La conexión de ventilación. La vibración sin registro en el sistema.

—Debería habértelo dicho antes de que bajaras —dijo—. No lo hice porque no tenía suficiente para decirte qué exactamente.

Patrick entró a la sala en algún punto sin que ninguno lo hubiera escuchado llegar y se sentó entre ellos mirando la mesa.

—Las raciones que traje no alcanzan —dijo Mara—. El módulo requiere monitoreo constante durante los tres meses de viaje de regreso y ese tiempo despierto tiene un costo calórico que lo que traje no cubre.

Davan asintió. Ya lo había calculado, se notaba.

—Pero el combustible que trajiste cambia una cosa concreta —dijo—. Ahora tenemos suficiente para volver. Eso no lo teníamos antes.

Abrió su tablet y proyectó el mapa en la pantalla lateral. Señaló un punto sin nombre, solo una designación alfanumérica.

—Lo encontré mientras estabas abajo —dijo—. Dentro del rango con lo que tenemos ahora. Sin instalaciones registradas. Sin modificaciones en el archivo. —Una pausa—. Nadie borró su nombre en los metadatos.

Mara entendió lo que no estaba diciendo.

—¿Qué tiene? —dijo.

—Vegetación densa. Atmósfera respirable. Agua en superficie. —Amplió una sección del archivo—. Y esto.

Mara se acercó a leer. Era un registro breve, el tipo de nota que alguien añade cuando no tiene tiempo para seguir el hilo pero tampoco quiere que el dato se pierda. Hacía sesenta y tres años una nave de exploración había pasado por el sistema, había confirmado cobertura vegetal extensa desde órbita y había anotado presencia probable de fauna sin bajar a verificar. No habían investigado. Solo lo habían anotado y seguido adelante.

—No bajaron —dijo Mara.

—No bajaron —confirmó Davan—. El archivo está exactamente como lo dejaron. Sin seguimiento, sin modificaciones posteriores.




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