Los cinco días de viaje al segundo planeta los pasaron en una rutina que se instaló sola, sin que nadie la propusiera, de la misma manera en que las rutinas necesarias siempre terminan instalándose cuando el espacio es pequeño y el tiempo es largo.
Turnos de seis horas frente al panel principal, chequeos manuales del módulo cada dos, comidas a horas fijas porque comer a horas fijas era una de las pocas maneras de que el cuerpo no perdiera la noción del tiempo en una nave sin ventanas orientadas al sol. Patrick supervisaba todo con la imparcialidad de alguien que no tiene preferencias sobre el resultado pero considera importante estar presente.
El módulo seguía estable. El desfase entre sensores seguía siendo exactamente el mismo número, ni más ni menos, con esa regularidad que Davan había aprendido a leer como una firma y no como una tranquilidad.
El segundo día Davan encontró una fuga menor en el sistema de circulación de aire del corredor de popa. No era crítica, el tipo de cosa que en condiciones normales se anotaba y se reparaba en el siguiente puerto. La reparó de todas formas, solo, sin decirle nada a Mara hasta que había terminado, y cuando se lo mencionó lo hizo de pasada, entre dos valores del chequeo manual, con el tono de alguien que informa un hecho consumado y no busca reconocimiento.
Mara lo miró un momento.
—¿Cuándo la encontraste?
—Ayer —dijo Davan—. Durante tu turno. No quería interrumpir.
—La próxima vez interrumpime.
—De acuerdo —dijo Davan, con el tono de alguien que registra la instrucción y evalúa internamente si va a seguirla.
El tercer día llovió dentro de la nave, o algo que se parecía a llover: una condensación en el techo de la sala de descanso que había estado acumulándose sin que ninguno de los dos lo notara y que cayó de golpe cuando Davan apoyó la mano en el panel lateral para hacer el chequeo de las dos horas. No era agua exactamente, era el vapor de dos personas respirando en un espacio cerrado durante días, condensado en el punto más frío del techo y liberado de una vez.
Davan lo miró caer con una expresión que Mara no supo clasificar del todo.
—En el contrato anterior —dijo, sin que viniera de ninguna conversación previa—, la nave tenía un problema similar en la sala de máquinas. Tres semanas antes de que alguien lo reportara.
—¿Qué pasó?
—Nada. Lo repararon. —Una pausa—. Esa vez.
Mara esperó. Davan no continuó. Fue a buscar un trapo para secar el suelo y cuando volvió el momento había pasado, cerrado, con esa naturalidad con que él cerraba las cosas que no quería abrir del todo.
Mara no preguntó. No era su manera y él lo sabía, y que lo supiera era en sí mismo información sobre el tiempo que llevaban en ese espacio pequeño.
El cuarto día Mara habló de Cal.
No fue una decisión. Fue que Davan le estaba mostrando algo en su tablet, un esquema de distribución de carga que había dibujado a mano durante su turno, y en el margen inferior había una serie de medidas anotadas con una precisión que no correspondía al esquema sino a otra cosa, el tipo de medidas que alguien toma cuando está pensando en un espacio físico real y no en un sistema abstracto. Mara las miró sin querer y algo en el orden de los números, la manera en que estaban agrupadas, le trajo el sonido del clic metálico de una cinta métrica extendiéndose.
—Cal medía así —dijo—. Por grupos. Primero los muros, después los vanos, después los ángulos. Decía que si medías en el orden equivocado tenías que volver a empezar.
Davan bajó los ojos al margen de la tablet. No dijo nada.
—Teníamos un local en Kepler —dijo Mara—. Ochenta y cuatro metros cuadrados, sistema eléctrico que necesitaba revisión completa. Mi hermano lo había encontrado, yo tenía el dinero para el equipamiento. —Una pausa—. Nunca llegamos a firmar el contrato de alquiler. Faltaban dos semanas cuando pasó.
Davan no respondió de inmediato. No estaba procesando tampoco, o no solo eso. Estaba ahí, en ese silencio, con lo que ella acababa de decir, y Mara lo notó porque era distinto a todas las otras veces que él había guardado silencio, que siempre habían sido silencios activos, silencios de alguien calculando. Este no calculaba nada. Solo duraba.
Duró más de lo cómodo.
Después Davan dijo, sin énfasis, sin el tono de alguien que cambia de tema:
—¿El taller sigue siendo el plan?
—Sí —dijo Mara.
Lo dijo sin dudar. Y eso también era información, sobre la diferencia entre las cosas que el tiempo erosiona y las que el tiempo simplemente rodea sin cambiar.
Davan asintió una vez, despacio. No como si estuviera de acuerdo ni como si estuviera evaluando. Como si el dato hubiera encontrado el lugar correcto donde guardarse.
Esa noche Mara se quedó despierta durante su turno de descanso mirando el techo.
No pensó en el descenso que se acercaba ni en el módulo ni en el planeta de señal irregular que aparecía y desaparecía en el radar. Pensó en que era la primera vez que había dicho eso en voz alta desde que había pasado. No el hecho, eso lo había dicho, en los formularios de Orbital Dynamics, en la conversación práctica con la vecina del módulo sobre la dirección de contacto. Sino eso: el local, la cinta métrica, el orden de las medidas, el sonido específico del clic metálico cuando Cal soltaba la cinta y ella ya sabía el número antes de que lo dijera.
Pensó en el silencio de Davan después. En que había durado más de lo cómodo y en que eso había sido, de alguna manera que no sabía nombrar con precisión, exactamente lo correcto.
Pensó en tres bahías y un nombre en lugar de dos, que era una frase que había escrito en una tablet semanas atrás y que todavía no sabía si era una pérdida o una promesa o las dos cosas al mismo tiempo. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo. La mayoría de las cosas importantes eran las dos cosas al mismo tiempo.
La nave hacía los sonidos de siempre. El zumbido del módulo. El ciclo de ventilación. En algún lugar del corredor, los pasos de Davan en su turno, regulares, el sonido de alguien que camina porque quedarse quieto le resulta más difícil que moverse.