La lanzadera tocó tierra con un golpe más brusco de lo habitual.
No fue fallo del sistema. Fue el terreno, que los sensores habían clasificado como firme y que en el último metro de descenso cedió levemente bajo el peso, absorbiendo el impacto de una manera que no era peligrosa pero que tampoco era lo que Mara había calculado. Lo registró, abrió la escotilla, y el aire entró antes de que ella saliera.
Era húmedo de una manera que no era temperatura sino peso. El tipo de humedad que se siente en los pulmones como algo que hay que desplazar para que el aire ocupe su lugar. Olía a vegetación viva y a agua estancada y a algo más debajo de eso, algo orgánico y denso que no tenía nombre en ningún sistema de clasificación que conociera.
Bajó los peldaños.
El suelo bajo sus botas no era sólido exactamente. Era una capa de materia vegetal comprimida sobre agua, el tipo de superficie que sostenía el peso pero que lo hacía con reluctancia perceptible, hundiéndose un centímetro, dos, antes de estabilizarse. Mara distribuyó el peso de manera uniforme y esperó. La superficie aguantó.
Miró alrededor.
La niebla era densa y baja, no el tipo que flota sobre el terreno sino el tipo que lo llena, que ocupa el mismo espacio que las cosas y las hace visibles solo hasta cierto punto antes de borrarlas. A veinte metros la vegetación era una masa oscura sin detalle. A treinta no había nada. El sonido era diferente al del primer planeta, que había sido un silencio de lugar vacío. Este era un silencio de lugar lleno, el tipo que producen muchas cosas vivas que no están haciendo ruido en este momento pero que podrían.
Activó el comunicador.
—En superficie —dijo—. Terreno más blando de lo esperado. Niebla densa, visibilidad reducida. Voy a marcar la posición antes de moverme.
Lo que llegó de vuelta no era exactamente la voz de Davan. Era un fragmento de ella, dos sílabas sin contexto suficiente para armar una palabra, y después estática.
Mara lo intentó de nuevo.
Más estática. Algo que podría haber sido entendido o podría haber sido el sonido de la interferencia encontrando una frecuencia que se parecía vagamente a una vocal.
Lo intentó una tercera vez con el canal de emergencia.
Nada.
Se quedó un momento con el comunicador en la mano, mirándolo. Después lo guardó. La interferencia atmosférica era lo que los sensores habían indicado desde órbita y no había razón para sorprenderse de que fuera exactamente eso. Marcó la posición de la lanzadera en la tablet con doble registro, activó el escáner, y empezó a caminar.
La vegetación era densa desde el primer metro. No el tipo de densidad que bloqueaba el paso sino el tipo que lo complicaba, raíces emergiendo a la superficie en ángulos irregulares, ramas bajas con hojas anchas que retenían agua y la soltaban al contacto, troncos de distintos tamaños creciendo sin lógica aparente entre ellos. Mara encontró la manera de avanzar, ajustando la ruta en tiempo real, sin apresurarse, con la eficiencia de alguien que ha trabajado en espacios físicos complicados y sabe que apresurarse en terreno desconocido es la manera más rápida de convertir un problema manejable en uno que no lo es.
El escáner procesaba cada muestra que le acercaba y devolvía resultados no concluyentes. No rojo, que era peligro confirmado. No verde, que era seguro. El gris intermedio de algo que el sistema no tenía en su base de datos y que no podía clasificar sin más información. Mara lo anotaba y seguía.
Intentó el comunicador cada quince minutos porque era el protocolo y porque era lo único que podía hacer al respecto. Cada vez recibió variaciones del mismo resultado: estática, fragmentos, silencio. En algún lugar sobre la niebla Davan estaba mirando los indicadores del módulo y probablemente intentando triangular su posición con una señal que no llegaba limpia. Mara pensó en eso brevemente y después dejó de pensarlo porque pensar en ello no cambiaba nada de lo que tenía delante.
Lo que tenía delante era el pantano.
Encontró agua abierta veinte minutos después de la lanzadera, un espacio donde la vegetación retrocedía y dejaba una superficie oscura y quieta que reflejaba la niebla desde abajo. No era grande, pero rodeaba la vegetación en ambas direcciones más allá de lo que la niebla dejaba ver. Mara siguió el borde buscando un cruce.
Lo encontró a su derecha, un punto donde las raíces formaban una red sobre el agua, suficientemente densa para sostener peso si se cruzaba despacio. Probó el primer paso. Sostuvo. El segundo. Sostuvo.
El tercero no.
No fue una caída exactamente. Fue el pie izquierdo hundiéndose hasta la rodilla mientras el cuerpo intentaba compensar hacia la derecha, y en ese movimiento el costado de la pierna derecha encontró algo bajo el agua, un ángulo que no perdonaba. Mara recuperó la postura en segundos, salió del agua, se apoyó contra el tronco más cercano.
Se quedó ahí un momento.
No porque necesitara el momento para calcular qué hacer. Lo necesitaba porque el dolor había llegado de golpe y arrancó un sonido que no había decidido hacer, algo entre un golpe de aire y una sílaba, que desapareció en la niebla sin que nadie lo escuchara. El cuerpo tenía su propia respuesta al dolor que no era racional ni eficiente sino simplemente involuntaria. Respiró. Esperó a que pasara la parte más aguda.
No pasó del todo. Se instaló en un rango constante que era manejable si no pensaba demasiado en él.
Miró hacia abajo. El traje de superficie había cedido en el costado externo del muslo derecho. Un corte limpio de unos ocho centímetros, no profundo pero consistente en su sangrado. Lo cubrió con el kit de superficie, presión, vendaje de emergencia. Sus manos trabajaron con la precisión de siempre pero más despacio de lo habitual, con esa lentitud específica que el dolor produce cuando uno intenta ignorarlo y el cuerpo decide que no va a hacer eso gratis.